EL DESPERTAR DEL HÉROE EN LA OSCURIDAD - Capítulo 32
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Capítulo 32: CAPÍTULO 32: EL PRECIO DE LA OMNISCIENCIA
📖 CAPÍTULO 32: EL PRECIO DE LA OMNISCIENCIA
El silencio en la Fortaleza de Ojo-Plata era denso, cargado con el olor metálico de la sangre y el ozono de los circuitos mágicos sobrecalentados. Hiroto Kenzaki, el ser que en otro plano podría borrar galaxias con un pensamiento, estaba ahora reducido a una figura patética y frágil. Sus piernas, envueltas en mantas de lana tosca, no eran más que peso muerto que le recordaba su humanidad cada vez que intentaba reacomodarse en su trono de fresno.
—[ADVERTENCIA: Frecuencia cardíaca inestable] —la voz del Procesador Ciel resonó en su mente, distorsionada como una radio vieja—. [El huésped está operando al 3% de su capacidad biológica. Se recomienda el cese inmediato de la sincronización con los nodos de la fortaleza.]
—Cállate… —susurró Hiroto, apretando los dientes. Intentó levantar una taza de agua que estaba en la mesa lateral, pero su mano pequeña y pálida tembló tanto que el líquido se derramó sobre su túnica negra.
No tenía fuerza ni para sostener un vaso de madera. Era la humillación total. Afuera, Kanashi estaba entrenando a mil hombres, moviéndose como un relámpago de plata, mientras él, el “Autor”, no podía ni limpiarse el sudor frío que le empapaba la frente. El esfuerzo de mantener la red de ocultamiento sobre la fortaleza le estaba consumiendo la médula ósea.
Kanashi entró al gran salón y se detuvo en seco al ver el rastro de sangre que bajaba por la barbilla de Hiroto.
—¡Amo! —corrió hacia él y lo sostuvo antes de que se deslizara del trono—. ¡Basta! ¡Corte la conexión! No necesitamos la seguridad si usted se va a morir en el proceso de dárnosla.
—Si corto la conexión… —jadeó Hiroto, apoyando su cabeza pequeña en el hombro de Kanashi—, los radares de Valerius nos encontrarán en un parpadeo. Soy el único escudo que tienen… y soy un escudo de papel que se está mojando.
Hiroto cerró los ojos. Su cuerpo de cinco años estaba rechazando violentamente el poder que su mente intentaba procesar. Era como intentar meter la potencia de un sol en una bombilla de vidrio soplado. Las costillas le dolían con cada respiración y nuevos moretones aparecían en su piel; marcas de la presión que su propia aura generaba sobre sus vasos sanguíneos.
—Dios me ayudará a superar mis límites… —murmuró Hiroto, repitiendo su mantra como un rezo desesperado—. Pero este límite… duele como si me estuvieran arrancando los nervios uno a uno.
De repente, un estruendo invisible sacudió la fortaleza. No fue un ataque físico contra los muros, fue un atentado de información. El aire se llenó de un olor a quemado y las líneas de código dorado que rodeaban el trono de Hiroto se tornaron de un rojo violento, como venas infectadas.
—[INTRUSIÓN DETECTADA] —gritó Ciel—. [El Inquisidor de la Tercera Trama ha lanzado un virus de “Fatiga Existencial”.]
Hiroto gritó, arqueando la espalda en un espasmo violento. Sintió que sus huesos se volvían de plomo fundido. El virus de Valerius no buscaba romper la piedra, buscaba que el cuerpo de Hiroto se rindiera, que sus órganos fallaran ante la duda de su propia existencia. El niño empezó a convulsionar en brazos de Kanashi, mientras sus oídos empezaban a sangrar profusamente.
—¡Hikary! ¡Shiteru! ¡Ayuda! —gritó Kanashi, viendo cómo la vida se le escapaba a su pequeño patrón entre los dedos.
Hiroto estaba en un limbo gris, viendo las 50 habilidades brillar a lo lejos como estrellas frías. Podía tomarlas, podía usarlas y borrar al Inquisidor en un segundo, pero sabía la verdad: si lo hacía, su corazón de niño estallaría al instante. Tenía que elegir entre morir como un dios o sobrevivir como un lisiado humillado.
—Todavía no… —susurró su conciencia—. Todavía soy… demasiado débil para ser eterno…
Con un último suspiro de voluntad, Hiroto no atacó. Simplemente se desconectó a la fuerza para salvar su vida. La luz dorada de la fortaleza se apagó de golpe. El trono cayó al suelo con un golpe seco.
Hiroto quedó tendido en el suelo de piedra, inmóvil, pequeño y cubierto de sangre, mientras en el horizonte, las luces de la capital empezaban a marchar hacia la fortaleza ahora visible. El “Anónimus FC” estaba fuera de combate, y su cuerpo ya no respondía.
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