El destinado y el elegido - Capítulo 11
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11: Capitulo 11 11: Capitulo 11 Iván —Casi pensé que le dirías que sí.
Quería tanto decir que sí… sonaba tan malditamente sexy.
Solo sentir su deseo nos tenía idiotas, como dos lobos necesitados.
Decidimos ir directo al lugar donde la llevaríamos: la sorpresa que le habíamos preparado a Estefi, una cabaña.
Después de hablar con sus padres y llegar a un acuerdo con nuestras manadas, construimos una cabaña justo en el límite donde colindan las tres.
Todo se entrelazaba de forma natural… como si estuviera escrito.
La cabaña era básica por ahora, pero hecha con amor.
Tenía tres habitaciones, cada una con baño propio.
La de Estefi era la más grande, diseñada según lo que nos contaron sus hermanas.
La dejamos sin pintar —nos dijeron que odiaba la pintura, por lo que barnizamos y dejamos la mayor parte de la era natural — y la llenamos de elementos naturales.
Con algunos hechizos, cubrimos el marco de su ventana con flores y enredaderas vivas.
Mandamos a hacer una cama extra grande; después de todo, nosotros somos enormes y queríamos darle espacio.
El velo era verde claro, igual que sus colchas.
Colocamos luces de hadas, una mecedora con mantas, y muchos, muchos libros.
Creamos una pequeña biblioteca en su habitación, porque sabemos que ama leer y aprender.
Su baño nos dimos el gusto de ampliarlo.
Una ducha cómoda y una tina vintage —recomendada por una de sus hermanas— la esperaban como un pequeño santuario.
Fue mucho trabajo.
Pero teníamos energía de sobra, y semanas sin tocarla ni abrazarla.
Su padre fue claro: nada de contacto más allá de lo cordial hasta hoy.
La habíamos visto, sí, pero siempre con más personas alrededor.
Hoy… hoy por fin podríamos tenerla para nosotros.
Aunque solo fuera por unas horas.
Acomode las flores que recogimos del patio trasero, una por una.
Eran silvestres, libres… como ella.
Las puse en un jarrón de vidrio frente a la ventana, donde la luz de la tarde las hacía brillar.
El living estaba casi listo.
Todo amplio, aireado, en tonos suaves: maderas claras, beige, verde musgo.
Lo hicimos así a propósito, sabiendo cuánto ama lo natural.
Nada recargado, solo lo justo: un sofá grande y cómodo —de esos que invitan a quedarse dormido sin querer—, una televisión (capricho de Aiden, que asegura que ella ama las películas románticas), y una cocina abierta con estantes de madera y frascos de especias.
Mientras preparaba el picoteo —frutas, pan, quesos, cosas simples pero de su gusto— pensé en todo lo que había cambiado.
En semanas pasamos de la incertidumbre a esto: una cabaña en el cruce de tres mundos.
Construida con nuestras manos.
Con el corazón.
Tuvimos ayuda porsupuesto nuestras familias.
Personas de todas las manadas vinieron.
Algunos trabajaron incluso de noche.
Porque no era solo un regalo para Estefi… era un símbolo.
Una promesa silenciosa.
Respiré hondo.
Cada rincón de esta casa tenía algo de ella.
Aiden se rió cuando lo dije, pero lo sabía: este lugar sería nuestro hogar.
Y aunque no teníamos idea de cómo sería vivir los tres entrelazados —como la marca en nuestros pechos—, algo sí era claro: la necesitábamos.
Aiden aún no salía de la habitación de Estefi.
Al mirar el reloj, noté que se nos hacía tarde.
Terminé de acomodar todo en la mesa, ajusté los cojines del sofá y caminé por el pasillo, guiado por el tenue brillo de las luces de hada que salían desde su puerta.
Lo encontré de rodillas sobre la alfombra, alisando la colcha por décima vez.
Su expresión concentrada, como si cada pliegue fuera una declaración de amor.
Había puesto flores frescas sobre la repisa, y la luz dorada del atardecer lo envolvía todo.
Me apoyé en el marco y carraspeé suavemente.
—Aiden… si no nos bañamos pronto, y salimos, no llegaremos a tiempo.
Y con lo ansiosa que la siento, puede que nos busque por todo el pueblo.
Se giró, visiblemente sorprendido.
—Lo sé, solo… —suspiró, mirando la habitación— quería que todo fuera perfecto.
Ella merece eso.
Más que eso.
Me acerqué y le puse una mano en el hombro.
—Ya lo es, hermano.
Míralo.
Lo hicimos.
Este lugar la va a hacer sentir en casa.
Asintió, tragando saliva.
Ambos sabíamos lo que estábamos a punto de vivir.
Y sí… estábamos igual de nerviosos.
—Vamos —le dije, dándole un leve empujón amistoso—.
Si llegamos tarde, no creo que nos lo perdone.
Y con la energía que la rodea ahora… su olor puede intensificarse y no queremos a nadie cerca cierto?.
Aiden soltó una carcajada y se levantó de un salto.
Finalmente salió de la habitación, pero no sin antes mirar una vez más el santuario que habíamos construido para ella.
Hoy solo la tendríamos por unas horas por lo que debíamos apurarnos.
Ya habíamos iniciado el viaje en el auto.
El motor rugía bajo nuestros pies, y aunque parecíamos tranquilos desde afuera, por dentro éramos un caos.
La ansiedad no era solo nuestra: también venía de ella.
Podíamos sentirla a través del vínculo, latiendo como un tambor en el pecho.
La música sonaba de fondo, pero lo que realmente vibraba era nuestro deseo, la alegría, los nervios.
Tres emociones entrelazadas en una sola corriente, unidas como la marca que brillaba tenuemente sobre nuestros pechos.
Pase mi mano por mi rostro, sudoroso.
—Mierda, Aiden… no sé cómo podremos con esto.
Los sentimientos de todos mezclados me tienen loco.
Solo de pensar cómo debe estar perfumando ahora… siento que voy a perder la cabeza.
Yo respiré profundo, tratando de controlarme, aunque me costaba.
—Hermano, estoy igual o peor que tú.
Solo… —hice una pausa, jadeando— respiro y trato de calmarme, pero me resulta imposible.
El silencio nos abrazó unos segundos, cargado de electricidad.
—Lleguemos pronto —dije al fin, con la mandíbula apretada—.
No quiero que nadie más sienta su perfume.
Iván giró apenas la cabeza, con los ojos brillando como acero encendido.
—Nadie se atrevería a hacerle daño.
Es nuestra.
Apreté con fuerza el volante y pisé el acelerador.
El auto respondió con un rugido.
—Entonces lleguemos ya.
El bosque se extendía frente a nosotros, cada metro que recorríamos era un segundo menos para verla.
Y sabíamos, sin necesidad de palabras, que al encontrarla… nada ni nadie podría apartarnos de ella.
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