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El destinado y el elegido - Capítulo 22

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22: Capitulo 22 22: Capitulo 22 Estefi El rugido del jeep acompañaba el latido acelerado de mi corazón.

A mi lado, Iván tarareaba distraído, mientras Aiden, con las manos firmes en el volante, mantenía los ojos en el camino de tierra que nos llevaba a la cabaña.

Yo intentaba sonreír, disfrutar de la emoción de ir juntos por primera vez a “nuestro lugar”, pero dentro de mí había algo, más bien dicho alguien, que no me dejaba en paz.

Quiero conocerlos… la voz de mi loba volvió una y otra vez, como un eco incesante.

Ya basta, pensé, apretando mis rodillas.

No es momento aun.

Pero ella insistió, más fuerte.

Sí es el momento.

Ya los hemos visto como hombres, pero necesito verlos como lo que realmente son.

Necesito ver a sus lobos olerlos, sentirlos, reconocerlos.

Miré por la ventana para disimular mi nerviosismo.

Ellos conversaban entre bromas, ajenos a la tormenta que hervía en mi interior.

Yo no conocía aún los nombres de sus lobos, ni la manera en que se mostrarían frente a mí.

Solo sabía que Nara ardía de deseo por encontrarlos.

Cuando la cabaña apareció al fondo, iluminada por faroles mágicos y el reflejo tenue de la luna, sentí un escalofrío recorrerme.

No era solo una casa: antes no me había fijado pero estaba construida justo en el punto de unión de las tres manadas.

El aire allí se percibía distinto, cargado de magia ancestral.

Nara continuo – Es perfecto Aquí, Estefi.

Aquí vamos a conocernos de verdad con mis compañeros.

—¡Estefi!

—la voz de Iván me atravesó como un rayo.

Un instante después sentí las manos de Iván en mis hombros, firmes, temblando apenas.

—Cariño, mírame.

¿Qué te pasa?

Abrí los ojos bruscamente, como si me arrancaran de un sueño profundo.

Ambos estaban frente a mí, con el rostro lleno de preocupación, demasiado cerca, como si hubieran temido perderme.

—Estoy… estoy bien —mentí, respirando con dificultad—.

Solo… estoy cansada.

Ha sido un día muy largo.

Ellos intercambiaron miradas, sin presionarme.

Dentro de mí, sin embargo, Nara gruñó con rabia.

Cobarde, perezosa.

Eres una cobarde, Estefi.

Si no me dejas salir, nunca conoceré a sus lobos.

Tenía razón: aunque el veneno no había acabado conmigo gracias al vínculo, aún me sentía débil.

Y ella lo sabía.

Pero Nara gritaba en mente, yo no estoy débil, dijo con orgullo*.

Tu cuerpo humano fue el que flaqueó.

Yo renací en el pico del dolor, cuando el veneno quiso arrastrarnos.

Yo sostuve el lazo, yo mantuve al lazo atados a ti.* —Cariño, ¿qué pasa?

—insistió Iván.

—Quizás aún hay algo de veneno en su cuerpo —dijo Aiden con culpa—.

Fuimos descuidados… no le dimos ninguna pócima, nada.

—Mierda, Aiden, tienes razón.

Estefi, ¿sientes dolor?

—Iván me tomó la mano con fuerza.

—No, tranquilos —negué, tragando saliva—.

Solo es Nara… mi loba.

Está desesperada por conocer a sus lobos.

Con nuestro cumpleaños número dieciocho y con lo de Cata, se volvió más fuerte… e impaciente.

Ambos se miraron, y sus ojos cambiaron.

El brillo de sus lobos apareció, vibrante.

—El mío me tiene loco —rió Iván—.

No me deja dormir, gruñe cuando alguien se te acerca.

Ayer casi me hace saltar sobre un aprendiz solo porque te saludó demasiado cerca.

Se llama Kael.

—El mío es peor —dijo Aiden con voz grave—.

Lo tengo casi enjaulado en un rincón de mi mente, porque no hace más que exigir que te reclame.

Se llama Ronan.

Nara ronroneó dentro de mí.

¿Viste, Estefi?

Te lo dije.

Me anhelan tanto como a ti.

Espera a que me vean… se volverán locos.

Dejaré que me persigan, que crean que me tienen.

Será divertido.

—Lo comprendo, Nara —cedí al fin—.

Todos necesitamos conocernos.

Te dejaré tomar el control.

—Eso es —susurró ella, satisfecha.

Respiré hondo y solté el corset, luego dejé que el vestido verde menta cayera al suelo como agua.

Mis mejillas ardían.

—¿Aquí?

—preguntó Iván, incrédulo.

—¿Y si alguien…?

—dijo Aiden, mirando alrededor.

—No hay nadie —aseguré.

Retiré la ropa interior con lentitud.

Cuando me giré hacia ellos, Nara tomó el mando por completo.

El cambio fue rápido, abrasador.

Donde antes estaba yo, ahora estaba ella: blanca como la nieve, con las patas marrones y los ojos dorados resplandeciendo bajo la luna.

—Dioses… —susurró Iván, embelesado.

—Es… hermosa —dijo Aiden.

Nara se dejó acariciar, coqueta y atrevida.

Frotó su cabeza contra Iván, luego contra Aiden.

Sus colas golpeaban el aire, juguetonas.

Entonces se apartó y corrió hacia el claro.

Ellos se despojaron de sus ropas con prisa, y en un destello de magia, sus cuerpos se transformaron: Kael, con los ojos celestes brillando como hielo, y Ronan, oscuro y poderoso, con los ojos marrones encendidos.

Los tres se rodearon en círculo, olfateándose, reconociéndose.

Nara permaneció erguida, observándolos con descaro.

Obedientes… murmuró con deleite.

Me encanta.

Estefi, sus olores me tienen loca.

Admiro que aún no hayas saltado sobre ellos para que nos marquen.

Jugó con ellos, mordiendo suavemente, rozándolos con la cabeza.

Pero entonces, una oleada de energía nos atravesó.

Nara no dudó.

Esto será interesante.

Salió disparada hacia el bosque.

Yo apenas si alcanzaba a seguir lo que ella veía.

Tenías razón, le dije.

Pareces más fuerte ahora.

Claro que lo soy.

A los diecisiete no estaba lista.

Ahora sí.

Kael fue el primero en alcanzarnos.

Nara saltó sobre él y jugaron con mordiscos y choques de colas.

Ya llegará nuestro momento, Kael —le dijo—.

Ahora debemos esperar.

Luego apareció Ronan, y la danza se repitió.

Se mordían, se empujaban, giraban felices en una espiral salvaje.

Aún no, Ronan, lo advirtió.

Será en nuestra forma humana.

Me dolía el corazón: parecían un amor imposible, y yo, la villana que lo impedía.

No, Estefi.

Somos el centro.

Ellos son nuestros.

Entonces Nara lanzó un aullido que partió el aire y llamó a Kael.

Los tres se reunieron y comenzaron a jugar como cachorros, hasta que ella se plantó firme y dijo: Ahora, una carrera.

Quiero demostrarles que puedo ganarles.

Acepté su entusiasmo.

—Por mí, perfecto.

La carrera fue brutal.

Los tres corrían como un solo latido, pero Nara era veloz, precisa.

Estamos llegando.

Siento el olor de nuestro jardín, de la magia.

Afírmate, Estefi.

Llegamos tres segundos antes que ellos.

Ellos, en lugar de molestarse, parecían felices.

Gracias por dejarme conocer a mis compañeros, dijo Nara, satisfecha.

Ahora puedes descansar.

Cedió el mando y volví a mi forma humana, desnuda bajo la luna.

Toqué los hocicos de Kael y Ronan, acariciándolos con reverencia.

—Son hermosos.

Kael, Ronan… un placer, conocerlos.

Nara tenía razón: eran perfectos.

Ellos comenzaron a rodearme, a olerme con devoción.

De pronto, sus aullidos se unieron en perfecta sincronía, haciendo vibrar el bosque entero.

Pude ver el deseo en ellos, no solo en Kael y Ronan, sino también en Iván y Aiden: eran los mismos, unidos, inevitables.

Entonces sucedió: mi marca y la de ellos comenzaron a iluminarse, brillando en un dorado palpitante que nos unía en un solo latido.

Sentí el calor recorrerme desde el pecho hasta la piel, una promesa que ardía demasiado fuerte para ignorarla.

Lo siento también, diosa… pensé con el corazón en llamas.

¿Cómo podré aguantar hasta la ceremonia de apareamiento?

Me juré en silencio: hablaría con mamá, pediría que la hicieran lo antes posible.

No podía soportar mucho más.

Ellos se transformaron de nuevo frente a mí, regresando a sus formas humanas.

Sus ojos seguían encendidos, fijos en mí, y entendí que compartían mi pensamiento.

“Sí… hablaré con mamá”, me dije a mí misma, apretando los labios.

“Necesito esa ceremonia para ayer.” —Cariño… eres tan hermosa —susurró Iván, con los ojos brillando.

—Perfecta —añadió Aiden, sin apartar la mirada de mí.

Si supieran que los perfectos eran ellos… Diosa, pensé, el cuerpo de Aiden, de piel trigueña, marcado por cicatrices que lo hacen más atractivo.

Y luego Iván, con su piel clara, esos oblicuos definidos… ¿Hace calor o es mi idea?

Mis ojos se detuvieron en sus piernas firmes, listas para sostener todo mi peso.

Carraspeé suavemente, intentando recuperar el control.

—Estoy algo cansada… creo que debería tomar algo por el veneno y deberíamos entrar de todas formas.

Nara resopló dentro de mí, divertida.

No lo necesitas, Estefi.

Pero te entiendo… si no dices algo, se lanzarán sobre nosotras.

Y podríamos hacer, por fin, lo que los tres deseamos… —Claro —dijo Aiden, levantándose de inmediato—.

Te prepararé una esenci, añadiré algo para contrarrestar el aconito, para que descanses mejor.

—Y yo pondré la tina para que te bañes —añadió Iván, dirigiéndose hacia el baño.

Sonreí, aún con el corazón desbocado.

—Me gusta la idea de una ducha… —dije, dejando que mis ojos viajaran de Iván a Aiden—.

¿Qué tal si vamos los tres a darnos una?

Después podremos tomar esa infusión.

Extendí la mano hacia ellos, invitándolos con un gesto.

—Vengan… vamos.

— La ducha fue más tranquila de lo que esperaba.

Cada uno se lavó en silencio, sin la tensión sexual que habíamos traído al entrar a la cabaña.

En lugar de eso, sentí paz.

Esa sensación cálida de llegar a casa, de pertenecer.

Ya tendida en el sillón, estaba terminando mi infusión, dejé escapar un suspiro largo.

Iván y Aiden se sentaron a mi lado, atentos, y colocaron una manta sobre nosotros.

Sus gestos sencillos me envolvían más que cualquier palabra.

De a poco, mis ojos comenzaron a pesarme.

El cansancio, la calma, el amor, todo me arrullaba.

Caí en un sueño tranquilo, rodeada de ellos, con el corazón ligero y la certeza de que ya no estaba sola.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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