El destinado y el elegido - Capítulo 3
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3: Capitulo 3 3: Capitulo 3 Estaba en sus ojos.
En su expresión.
Me miraba como si yo le hubiera hecho daño… y no al revés.
Y entonces, se rompió.
Cata empezó a llorar, temblando, sin poder detenerse.
Lágrimas desbordadas, silenciosas al principio, luego como un río incontenible.
El bosque nos envolvía con su calma, pero ella… era todo lo contrario.
Era un grito de emociones sin salida.
Pasaron minutos.
Minutos en los que no supe qué hacer, salvo quedarme a su lado.
No podía hablar, no podía consolarla del todo… porque ¿cómo se consuela a alguien cuando tú también estás rota?
Pero yo lo sabía: ellos eran compañeros destinados.
Marcados por la luna.
Y en esa historia, yo no tenía lugar.
No tenía derecho a pedir.
Ni a cuestionar.
Y aun así, una parte de mí… dolía.
Era extraño lo que sentía.
Una mezcla punzante de tristeza y, al mismo tiempo, de alegría.
Porque si alguien merecía un amor de esos, de los que lo cambian todo, era ella.
Mi Cata.
Me acerqué y la abracé con fuerza, como si mis brazos pudieran protegerla del dolor que ni siquiera entendía.
Se aferró a mí como si su vida dependiera de ese contacto.
Lloró en mi cuello, con los hombros sacudidos.
Yo no lloré.
Me sentía hueca, como si mi corazón hubiera hecho un nudo demasiado apretado para romperse.
La separé un poco, la miré a los ojos y dejé que hablara mi alma.
—Cata, te quiero más allá de cualquier decisión que tomes.
Que hayas encontrado a tu compañero me hace feliz, aunque me duela.
Tenía un enamoramiento infantil con Iván, sí… pero nunca pasó de eso.
Quizás la diosa Lewen quiso advertírmelo desde el principio.
Quizás… nunca fue para mí.
Ella respiró hondo, todavía con lágrimas en las mejillas.
Su expresión era un torbellino de culpa y miedo.
—No sé qué hacer —murmuró—.
En el fondo… yo quería a Aiden.
Lo quise desde antes.
Si pudiera elegir, lo elegiría a él como compañero.
Siempre me lo imaginé así.
Sus palabras me atravesaron con un frío que no supe dónde colocar.
El miedo apareció de golpe, crudo, con una claridad que me dejó sin aire: existía una alta posibilidad de quedarme sin ninguno de los dos.
Sin Iván.
Sin Aiden.
Sin Cata, quizá, tal como la conocía.
El simple hecho de imaginarlo me destrozaba.
Aun así, tragué mi propio dolor y la sostuve por los hombros.
—Lo primero es hablar con Iván —dije despacio, para no quebrarme—.
Si Lewen los destinó, debe ser por algo.
Dale la oportunidad de explicarse.
Estoy segura de que quiere conversar.
Lo vi… cómo te miró.
Cata apretó el pañuelo que le había pasado—nuestro viejo “pañuelo de los mocos”—y lo acercó a la nariz con una sonrisa mínima, más un reflejo que una alegría.
—Siempre puedo rechazarlo —susurró—.
Recuerda que el destino es incierto.
¿Te acuerdas cuando le pasó a Carlos?
Claro que recuerdo,no se hablaba de nada más en semanas Tamara había cumplido dieciocho y, con lágrimas de emoción, declaró que Carlos era su compañero destinado.
Pero él… nunca lo sintió.
Esperaron hasta que él cumpliera los dieciocho y nada cambió.
El vínculo simplemente no existía para él.
Carlos lo rompió de inmediato, a pesar de la insistencia de Tamara en que podían elegirse como compañeros.
Ella lo intentó durante semanas, hasta que se cansó.
Desde entonces se ignoraban en clases, como si nunca hubiera existido nada y el desprecio de Tamara hacia Carlos era casi palpable.
Sacudí la cabeza, volviendo al presente.
—No sé si sea lo mismo, Cata.
Cada historia es distinta —respondí con un hilo de voz—.
Lo primero es hablar con él.
Después… después ven lo demás.
Como si mis palabras marcaran el fin de nuestra conversación, un escalofrío me recorrió la espalda.
Sentí que alguien nos observaba.
Cata también lo sintió: su respiración cambió, más corta, más alerta.
Nos giramos casi al mismo tiempo.
A pocos metros, entre los troncos, estaban ellos.
Aiden e Iván.
No hablaban.
Esperaban.
La luz que se filtraba entre las ramas les dibujaba el contorno de los hombros y la línea tensa de las mandíbulas.
Iván tenía las manos en los bolsillos, la mirada fija en Cata, como si contuviera palabras que aún no sabía ordenar.
Aiden, un paso más atrás, observaba en silencio; sus ojos verdes pasaron fugaces por mí antes de volver a posarse en ella.
El bosque pareció contener la respiración.
Noté el temblor en los dedos de Cata.
Le apreté la mano una vez, breve, como quien pasa una antorcha antes de entrar a la oscuridad.
No dije nada.
No podía.
Todo lo que debía decir estaba dicho.
Di un paso hacia un lado para dejarles el camino libre.
Sentí el corazón golpearme en las costillas, el miedo convertir mis huesos en vidrio, pero me mantuve en pie.
Aiden e Iván seguían allí, a pocos metros, esperando.
Y supe que ese instante… lo cambiaría todo.
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