El destinado y el elegido - Capítulo 5
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5: Capitulo 5 5: Capitulo 5 Llegamos al salón principal tomadas del brazo, las tres juntas.
Lira a un lado, Lila al otro, como si quisieran asegurarse de que yo no me escapara.
La música ya vibraba en el aire, acompañada de luces cálidas y risas.
El lugar estaba lleno: lobos, brujas, híbridos… todos mezclados en un bullicio alegre que me mareaba un poco.
—Por fin sales, hermanita —dijo Lira con una sonrisa traviesa—.
Ya era hora de que dejaras de esconderte en los libros.
—Sí —añadió Lila, dándome un suave empujón con el hombro—.
Aprovecha ahora que eres joven y bonita.
Nosotras ya casi somos viejas para estas cosas.
Las miré con el ceño fruncido, aunque no pude evitar reírme.
—Viejas… por favor.
Tienen apenas unos años más que yo.
—Lo suficiente —respondió Lira, arqueando las cejas con dramatismo—.
Créeme, pronto desearás tener otra vez dieciocho.
_ 17 recuerden tengo 17 aún Rodé los ojos, pero sentí calor en el pecho.
Ellas siempre sabían cómo hacerme sonreír, incluso en los momentos más raros.
El salón estaba decorado con guirnaldas brillantes, flores frescas y mesas repletas de comida.
Los músicos tocaban con energía, y la pista estaba iluminada por destellos que parecían seguir el ritmo del corazón de cada persona ahí dentro.
Respiré hondo, intentando que los nervios no me vencieran.
No sabía por qué, pero sentía que esa noche… algo cambiaría para siempre.
Miraba a todos lados, buscando un rincón tranquilo entre tanto bullicio.
Entonces lo vi: un hermoso espacio decorado con flores frescas, resplandecientes como si estuvieran bajo un hechizo.
Parecía un arco formado por ramas invisibles, sostenido por nada más que magia.
Me acerqué fascinada y me senté en la banca que lo acompañaba.
Desde cerca era aún más lindo que de lejos; el aroma de las flores mezclado con la música de la fiesta me hizo cerrar los ojos un segundo.
—Hola… pensé que no vendrías —dijo una voz grave detrás de mí.
Me giré.
Aiden.
Se veía varonil, guapo, más que de costumbre.
Llevaba una chaqueta clara que resaltaba su piel morena, y su olor me envolvió de inmediato: madera, chocolate y algo cálido que no podía identificar pero que me hizo estremecer.
Me reí nerviosa.
—Claro que iba a venir.
En eso quedamos cuando me invitaste… ¿o pensaste que te fallaría?
Aiden sonrió.
Una sonrisa amplia, auténtica, que lo transformaba por completo.
—Vaya… nunca te había visto sonreír así.
—Las palabras se me escaparon antes de pensarlas—.
Tu sonrisa es linda.
Diosa, ¿qué estoy haciendo?
¿Acaso estaba coqueteando con Aiden?
Él no pareció notarlo, o sí, pero no se inmutó.
Solo me sostuvo la mirada, y su voz salió más suave de lo normal: —Tú te ves hermosa hoy, Estefi.
Radiante.
Sentí el calor subirme a las mejillas.
—O-oh… gracias.
—Me mordí el labio y desvié la mirada—.
¿Cómo va todo?
¿Ya está todo listo para soplar las velas?
—Sí, eso creo —respondió, relajando los hombros—.
Mamá no deja nada al azar, ya sabes.
Es una luna bastante persuasiva y cuando supo que la celebración no sería en nuestra manada… casi me mata.
Pero bueno, tenía que ser aquí.
—Se detuvo un segundo, bajando la voz—.
Siento que hoy pasará algo especial.
Lo miré sorprendida.
Nunca pensé que Aiden pudiera hablar tanto.
Siempre habíamos tratado lo justo y necesario, pero pocas veces habíamos sostenido una conversación tan larga.
Y, sin darme cuenta, me gustaba escucharlo.
—Entonces… ¿te gusta?
—preguntó de pronto.
—¿Qué cosa?
—Este lugar.
Miré alrededor: las flores brillando con magia sutil, el arco invisible, la música que llegaba atenuada desde el salón.
—Oh, es maravilloso, Aiden.
Es… perfecto.
Él sonrió con esa calma que parecía envolverlo todo.
—¿Puedo sentarme a tu lado un momento?
—Claro.
Cuando se acomodó junto a mí, nuestros brazos se rozaron apenas.
Una descarga eléctrica me recorrió el costado, como chispas invisibles bajo la piel.
Diosa Lewen… ¿qué está pasando?
—Yo quería hablar contigo… —empezó Aiden, mirándome con una intensidad que me erizó la piel.
Pero una voz interrumpió el momento.
—Qué bueno encontrarlos aquí.
Iván.
Se acercaba con pasos seguros, una media sonrisa en los labios.
—Hola, Aiden.
Estefi… —sus ojos se clavaron en mí—.
Te ves hermosa hoy.
¿Qué?
Quizás estoy soñando.
No… quizás me voy a desmayar.
—¿Estás bien?
—preguntó Iván al verme inmóvil.
—¿Me… me hablas a mí?
Él soltó una risa suave.
—Claro que te hablo a ti.
Estefi, siempre tan… tú.
Se inclinó apenas y, con una naturalidad que me robó el aliento, tomó un mechón de mi cabello para colocarlo detrás de mi oreja.
El roce fue mínimo, pero otra oleada de chispas me sacudió de pies a cabeza.
Su olor me envolvió de inmediato: pino fresco, con un toque cítrico y dulce que me confundió todavía más.
¿Qué me pasa?
Ambos me miraban.
Aiden, expectante; Iván, con esa seguridad que desarmaba a cualquiera.
Yo no sabía qué hacer, atrapada entre los dos.
Entonces escuché una voz a mi espalda: —¡Estefi!
Te estaba buscando.
Era Cata.
—Amiga, quiero bailar.
¡Me lo debes!
Nunca vienes a las fiestas conmigo.
Por favor, por favor.
—Claro… —respondí casi en un suspiro.
Sentía que debía salir de ahí cuanto antes.
Estar entre Iván y Aiden me hacía sentir atraída, necesitada, como si la piel no me alcanzara para contener lo que vibraba dentro de mí.
Pero no podía.
No debía.
Iván era de Cata.
Y Aiden… bueno, Aiden era el amor que ella siempre había deseado.
La seguí hasta la pista y nos metimos entre la multitud.
Los primeros pasos fueron torpes.
No por falta de ritmo, sino por todo lo que no se decía.
Pero poco a poco, como si ambas entendiéramos que el cuerpo necesitaba moverse, que había que expulsar lo que dolía, nos dejamos llevar.
Cata giraba con gracia, como si su vestido estuviera hecho de viento.
Yo solo intentaba seguirle el paso sin pensar demasiado.
La miré.
Sus ojos estaban cargados.
De rabia, sí, pero también de dolor.
Su sonrisa era pura máscara.
Y, en un gesto casi automático, me sujetó de la cintura, girando hacia mí.
—¿Estás bien?
—preguntó, sin detenerse.
—¿Tú lo estás?
No respondió.
Solo rió, una risa breve, rota.
—No te lo había contado porque quería que fuera una sorpresa hoy… pero creo que Iván siente algo por ti.
Sentí que el aire se me quedaba corto.
—¿Qué cosa?
—No lo sé exactamente… pero siente algo.
Estoy segura.
El mundo me dio vueltas por un segundo.
Todo lo que acababa de sentir con Aiden y con Iván regresó de golpe, como si mis propias emociones fueran una traición.
—Bailemos mejor… —dije casi sin aliento, obligando mis pies a seguir el ritmo de la música—.
No quiero pensar en eso ahora.
Lo que recién había sentido con ambos me daba esperanzas que no debía tener.
Y entonces, mientras girábamos en la pista, lo sentí.
Un escalofrío recorrió mi piel y se me erizó entera.
Mis sentidos se agudizaron de golpe.
Cuando Cata me giró otra vez, mis ojos se encontraron con ellos.
Aiden e Iván.
Los dos estaban mirándome.
Directamente.
El aire se me atascó en la garganta.
Mis manos temblaron un poco, y sentí el corazón golpear con fuerza, tan rápido que pensé que todos podían escucharlo.
De pronto noté que se decían algo entre ellos, sus labios moviéndose con tensión.
Estaban discutiendo.
Y, para mi horror, Iván me señaló brevemente con un gesto casi imperceptible.
—¿Qué pasa?
—la voz de Cata me sacudió.
—¿Qué?
—Estás rara.
—No… nada, estoy bien.
—No parece que lo estés.
Ven, vamos al baño.
Asentí sin fuerzas y la seguí.
Necesitaba un respiro.
Cuando volvimos al salón, las luces habían cambiado y un murmullo general nos rodeaba.
Era el momento.
Las familias de ambos se habían reunido al frente.
Dos tortas esperaban en la mesa principal, decoradas con frutos y velas brillantes.
Aiden estaba con los suyos, Iván con los suyos, ambos rodeados de risas y orgullo.
El canto comenzó: —¡Cumpleaños feliz…!
Las voces llenaron el salón, y yo me quedé atrás, en un rincón, con las manos apretadas contra mi pecho.
—¡Cinco!
—gritaron todos.
—¡Cuatro!
—¡Tres!
—¡Dos!
—¡Uno!
—¡Feliz cumpleaños!
Las velas se apagaron al mismo tiempo, y en ese instante algo cambió.
Un estallido invisible me recorrió la piel, haciéndome jadear.
El olor de Aiden y de Iván se volvió abrumador, tan intenso que me nubló la vista.
Madera y chocolate, pino y cítrico.
Dos fragancias que reconocía… y que, juntas, me envolvieron con una fuerza imposible de resistir.
Tuve que aferrarme a la mesa más cercana.
Todo giraba.
El salón, la música, las voces, todo se desvanecía a mi alrededor.
Lo único real eran ellos dos.
Aiden.
Iván.
Ambos empezaron a caminar hacia mí con pasos seguros, como si nada más existiera en el salón.
El ruido de la fiesta se desvaneció.
La música, las risas, los aplausos… todo se volvió un murmullo lejano.
Yo no sabía dónde mirar.
Mis manos temblaban, mis piernas parecían de cristal a punto de quebrarse.
Busqué a mis hermanas entre la multitud.
Lira y Lila me observaban desde una mesa, con los ojos muy abiertos, sin comprender del todo lo que pasaba pero sintiéndolo igual que yo.
Giré la cabeza y encontré a Cata en un rincón.
Su rostro estaba desencajado, la sonrisa muerta en sus labios.
—Es una broma… ¿cierto?
—susurró, pero incluso a la distancia pude escucharla.
Mi pecho se cerró.
Entonces, ellos llegaron frente a mí.
Y lo dijeron.
—Mi compañera.
Las dos voces se fundieron en una sola, en un eco imposible de negar.
Sentí que el mundo se rompía y se rehacía al mismo tiempo.
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