EL DEVOTO - Capítulo 10
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10: EL GUARDIÁN DE SETH – ZIGGUR 10: EL GUARDIÁN DE SETH – ZIGGUR Los dioses saben que todo lo que llegó ya existía, aunque en planos distintos y en sus propias medidas.
El mundo no recordaba la Primera Era, el Cataclismo ni nada de lo que hubo antes de ellos.
Por aquel entonces la mayoría de los dioses dormían, olvidados, en las sombras.
Dicen que la Segunda Era fue la del esplendor de la tecnología: una nueva fe sin dioses, donde las máquinas parecían capaces de responder a cualquier pregunta.
Su sociedad no se dividía por panteones, sino entre creyentes y no creyentes.
La fe era una elección, y las divinidades habían quedado relegadas a mitos y leyendas.
Así fue hasta que un grupo de estudiosos se enfrentó a la más antigua de todas las preguntas: ¿Existe dios?
Hoy nos parece absurdo imaginar un mundo sin dioses.
Pero entonces, las divinidades guardaban silencio.
Los detalles que han llegado hasta nosotras están profundamente fragmentados.
Se habla de “tecnologías cuánticas”, aunque de ese pueblo apenas quedaron restos más allá de algunos de sus estudios y máquinas.
Tras décadas de diseño y pruebas, lograron crear su “Gran Ordenador”.
No era una máquina como las demás.
Aquella nueva tecnología desarrolló un diseño que permitiría comprender otras realidades.
Otros planos.
Lo que se ocultaba detrás del velo.
Durante generaciones se trabajó en su construcción, bajo la guía de aquella máquina pensante.
Para entonces, pocos de los investigadores originales seguían vivos, pero su investigación había encendido la mente de nuevas generaciones: más curiosas, más ambiciosas, más deseosas de asombro y reconocimiento.
El objetivo inicial era simple: abrir una ventana hacia lo desconocido.
Una mirilla que permitiera ver más allá.
Aquella nueva máquina, construida tras décadas de trabajo, confirmó lo que ya señalaban los cálculos: la realidad no era única, sino múltiple, formada por ramificaciones entrecruzadas.
Pero saberlo no les bastó.
Quisieron verlo.
“Sobre el origen de la Cuarta Era” Año 15346 de la Cuarta Era.
Registro 0102 de la Matriarca Mairead del clan Gleann Uaine.
Tras lo que pareció una eternidad de dudas, preguntas y discusiones, Magda convenció a Wyatt de que aquel pozo “imaginario” era nuestra mejor oportunidad de supervivencia.
Lo cierto es que no teníamos demasiadas opciones, así que finalmente nos encaminamos hacia el suroeste.
Al cambiar de dirección el aire se volvió aún más duro y seco.
Pequeñas corrientes de arena nos golpeaban con fuerza a cada paso, hasta el punto de que caminar en línea recta se convirtió en toda una hazaña.
A diferencia de los terrenos firmes que habíamos atravesado días atrás, las dunas de Anhur parecían montañas eternas de arena suelta, interminables, devorando nuestras reservas de energía con el esfuerzo que conllevaba cada uno de nuestros pasos.
—¿Cómo es que entiendes una lengua que debe llevar más de dos mil años muerta, Ziggur?
— me preguntó Hellen con curiosidad, mientras los demás agudizaban el oído para escuchar mi respuesta.
La miré confuso, y ella señaló hacia la piedra que ya habíamos dejado atrás.
—Solo la leí —respondí con una sonrisa.
Eso logró sacarle una fuerte carcajada.
—Pues vaya cajita de sorpresas nos hemos encontrado.
Solo espero que de verdad dijese eso, y que no se te haya ido la cabeza… De verdad que lo espero —añadió, y en su voz había más miedo que auténtica esperanza.
Wyatt me observaba con suspicacia, como si intentara desentrañarme.
Su mirada me quemaba, provocando una molestia persistente.
Casi no me di cuenta de que el resto del grupo se había detenido de golpe.
De un momento a otro dejaron de moverse, rígidos y completamente pálidos.
Al mirar al frente lo vi.
Allí, frente a nosotros, se alzaba una figura de más de tres metros de altura.
Su cuerpo parecía sólido y musculoso, pero los bordes del mismo se deshacían y recomponían en un flujo constante de granos de arena que se arrastraban como si respiraran con él.
Cada movimiento levantaba remolinos de arenisca que prolongaban sus extremidades, haciéndolo parecer aún más vasto.
Su cabeza, en forma de chacal, era un rostro afilado y cambiante: un hocico tallado en sombras que no parecía asentarse del todo, como si las grietas que lo surcaban se abriesen y cerraran tras cada uno de sus movimientos.
Sus ojos, como dos carbones al rojo vivo, ardían con un brillo sobrenatural.
Entre sus manos sostenía una larga y muy afilada lanza, oscura como la medianoche, con partículas de arena negra que goteaban de la hoja y desaparecían antes de tocar el suelo.
Cuando habló, su voz no fue solo un sonido, sino un rumor grave y vibrante, como el viento al golpear contra la arena de las dunas: —¿Quién osa cruzar estas tierras protegidas por Seth, señor del desierto y padre de la batalla?
—Un humilde devoto —respondí en la misma lengua, antes de añadir—.
¿Podrías indicarme el camino hasta el pozo?
Estamos sedientos.
—Ah, sí —respondió la criatura, volviendo a colocar su lanza en posición vertical, antes de mover su otra garra en la dirección que seguíamos y señalar—.
Sigue este camino, joven Atum de alto linaje, y pronto llegarás a tu destino.
—Que Seth te aguarde, noble vigilante —respondí entonces.
La criatura asintió y volvió su mirada al frente con el hocico en alto, exhibiendo con orgullo lo bien que protegía aquellas tierras.
Me giré hacia mis acompañantes y les anuncié con una sonrisa: —Ya estamos muy cerca.
Los encontré pálidos como el papel, con la boca abierta de par en par.
Esa reacción empezaba a resultarme un tanto repetitiva y pesada, así que simplemente seguí adelante, seguido muy de cerca por Anne.
Y pronto el resto del grupo se unió a nosotros.
—¿Acaba de hablar… con una bestia de Seth?
—preguntó Hellen, entre sorprendida y confusa.
—Eso parece —respondió Magda, que parecía perdida en sus propios pensamientos.
—Pero esas criaturas hablan en… ¿ en qué lengua hablan, si se puede saber?
Nunca he visto a nadie comunicarse con ellas —añadió Hellen en voz baja, intentando que no la escuchase.
Obviamente, no funcionó, pues podía oír cada palabra.
Empaticé con Anne: así debía sentirse la niña la mayor parte del tiempo.
—Yo sí.
A un sacerdote de Seth, durante el tiempo que serví en la coalición y acompañamos al ejército del Imperio del sur.
Y fue mucho más parco en palabras que él —intervino Wyatt, aunque con un claro deje de asombro—.
No es solo un Atum.
Tiene la educación de un de un mago, o de un sacerdote… y uno muy formado.
Esa es la única explicación posible.
—No sabía que hubiese túnicas rojas estacionados en Thamur, o sacerdotes de Seth, para el caso —señaló Magda—.
Nos habría venido bien contar con una de sus guarniciones estos últimos tres meses, la verdad.
—Es que no los hay, al menos hasta donde yo sé.
Además, los Atum no ejercen el sacerdocio —respondió Wyatt, sin apartar los ojos de mí, con un brillo difícil de interpretar—.
Pero me encantaría saber cómo es que ha llegado hasta aquí… y por qué no hemos visto a tropas, o a otros magos, si es que es uno de los magos de pirámide de Thoth, buscándolo.
Eso último me dolió.
No la parte de las tropas, sino el hecho de asumiese que nadie me estaba buscando.
Quizás nadie me quería, ni me extrañaba.
Y eso era triste.
La pequeña mano de Anne rodeó entonces la mía y, en un susurro de verdad —destinado a que sólo yo la escuchase—, me dijo con una inocente y abierta sonrisa infantil: —Yo sí que te buscaría, Ziggur.
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