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EL DEVOTO - Capítulo 11

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  4. Capítulo 11 - 11 NOVENA DAMA GROBBER - LA PALOMA ROJA
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11: NOVENA DAMA GROBBER – LA  PALOMA ROJA 11: NOVENA DAMA GROBBER – LA  PALOMA ROJA Me desperté en un charco de mi propio sudor, con la respiración agitada y un temblor en el brazo derecho, resultado del mal hábito de dormir apoyada sobre ese lado de mi cuerpo.

Me incorporé con pesadez.

Un vistazo hacia la ventana me bastó para comprobar que aún no había amanecido, aunque sabía que no sería capaz de volver a conciliar el sueño.

No era la primera vez que me pasaba, y no sería la última.

—Enciende las luces —ordené al sistema domótico.

De inmediato, el dormitorio se iluminó por completo.

Daba igual cuánto tiempo pasara allí: me resultaba imposible considerar aquel lugar mi casa.

Solo era una casa, un espacio de paso donde viviría unos cuantos meses más antes de poder dar por finalizada aquella “misión” y regresar al sur.

Solo tenía que terminar el trabajo.

Entré en el baño contiguo, desnudándome antes de abrir la ducha.

Estaba tan cansada, tan harta, tan aburrida… tan sola.

A pesar de ser huérfana y no conocer a mi familia biológica, no la echaba de menos; nunca habían sido realmente familia.

Solo él lo fue: alguien, sin lazos de sangre, que se convirtió en mi hermano.

Habían pasado dos años ya.

Dos años desde aquella promesa.

Dos años desde su muerte.

Dejé que el agua caliente recorriese cada uno de los nervios de mi cuerpo, mientras mi mente se perdía en cálculos, medidas y previsiones sobre cada uni de mis próximos pasos.

Cuando recuperé la calma, salí de la ducha y me envolví en una bata blanca, la única prenda de ese color que nadie me vería usar jamás.

Todo mi guardarropa estaba compuesto por tonos rojos: el color de la sangre, de la venganza, y de aquella casilla del tablero, la mía.

Era improbable que volviese a jugar a aquello, con solo ver ese tablero de juego me entraban ganas de llorar, pero esa ficha siempre me pertenecería:  La Paloma Roja.

El espejo del baño seguía empañado, aunque entre las franjas de vapor resultaba fácil distinguirme.

En aquellos dos años había cambiado mucho.

El cabello, empapado, me llegaba ya por debajo de los hombros en mechones rebeldes que se pegaban a la tela blanca de la bata.

Su tono, un castaño oscuro – cuyo tinte empezaba a perder intensidad- brillaba con un reflejo cobrizo bajo la luz cálida del baño, y algunas hebras más claras se adherían a mis mejillas, completamente pálidas.

Tenía los ojos, de color avellana, completamente hinchados, y mis ojeras parecían dibujadas a carbón, hundidas, casi violáceas.

La piel, demasiado clara, dejaba entrever un cansancio que ninguna ducha, o siesta, sería capaz de disimular.

Me incliné un poco hacia adelante.

Las gotas me resbalaban desde la clavícula hasta el borde de la bata, dejando pequeñas manchas de humedad.

El rostro que me devolvía la mirada conservaba aquellas facciones dulces, casi infantiles, que tanto me habían molestado siempre; la contradicción entre mi aspecto, y mi alma, era la razón de que muchos me hubiesen considerado débil, manejable o manipulable.

Mi mandíbula no dejaba de temblar, aunque no a causa de la falta de sueño.

Ya no podía distinguir si aquellos ligeros espasmos se debían al frío que anidaba en mi interior, o a la costumbre de contener la inagotable ira que ardía en mis venas.

Respiré hondo.

Ni el vapor, ni el silencio, ni el agua caliente habían servido de nada.

Seguía ahí, frente a mí, aquella imitación de una persona, tan desgastada, que se esforzaba en parecer entera cada mañana.

Sin querer esperar a que uno de los asistentes viniera a vestirme —algo que siempre me había parecido absurdo—, entré en el vestidor y tomé una de mis túnicas rojas.

Era de satén, con bordados en hilo de oro y pequeñas monedas ornamentales, todas de oro puro, que tintineaban a cada uno de mis pasos.

Me encantaba aquel sonido, suave y etéreo.

Quienes no me conocían oirían en él dulzura y sensualidad; pero quienes esperasen mi llegada tendrían la posibilidad de temerme, mientras el suave choque de aquellas monedas de oro les alertaba de que, poco a poco, me acercaba a ellos.

Una vez hube ajustado los cierres de la prenda, me senté frente al escritorio y desplegué la última carta de la Golondrina Azul.

Al parecer, el emperador Nassor había hecho llamar a más de un centenar de médicos, sanadores y magos, pero el estado del heredero de la Llama seguía siendo el mismo: coma, aparentemente irreversible.

En aquel instante de silencio y soledad absoluta, simplemente sonreí.

Una tiene que permitirse disfrutar de las pocas cosas que salen bien, incluso de aquellas en las que no ha hecho falta intervenir directamente.

El emperador y la difunta emperatriz solo habían tenido un hijo, algo que Nassor Sethkhem no estuvo dispuesto a cambiar cuando contrajo matrimonio con su segunda esposa.

Se trataba únicamente de una alianza política, destinada a reforzar la imagen de equilibrio y poder del Imperio Sethkhem, la fuerza militar más temida del continente de Akharam.

En unos años, cuando el Emperador muriera y dejara únicamente a su hijo comatoso como heredero, el continente se fracturaría de forma irreversible.

Los fanáticos del Imperio de Ra tomarían el sur; el Gran Estado Solar caería, privado del apoyo militar de Sethkhem; y todas aquellas familias nobles —las mismas que vieron caer a mi hermano— no serían más que polvo al viento.

Al parecer, la familia me buscaba, aunque la Golondrina Azul había hecho lo necesario para despistarlos.

Bien.

No podía destapar a todos los responsables de aquella tragedia, pero estaba completamente convencida de que Mattias Elam, de la casa Shizzef —ese sucio Atum—, había estado implicado.

También sospechaba de la joven Emeranta, de la casa Xherchos, aunque por ahora prefería seguir sembrando el miedo en ella.

Que fuese testigo de la caída del resto de sus cómplices, uno a uno, sin saber cuándo llegaría su turno.

Dejé a un lado la carta y me concentré en los informes económicos de la fortuna del señor Grobber.

El señor Grobber, que finalmente se encontraba completamente bajo mi mando, era uno de los mayores comerciantes de armamento de la Confederación de Zharim.

Y eso no era poca cosa, teniendo en cuenta que Zharim era una nación de vendedores.

Mi título actual —Novena Dama Grobber— respondía a la posición que ocupaba: la de su novena amante.

Aunque no era, ni de lejos, la primera de aquella lista, aunque sí sería la última.

Nuestro buen Grobber, conocido por abusar de Omegas sin conexiones y por violar a Atums pobres en los circuitos del mercado negro, era, curiosamente, el único hermano de la madre de Mattias Elam, de la casa Shizzef, y el principal patrocinador de todos sus gastos y caprichos.

Abrí el cajón del escritorio y saqué mi mazo de cartas, el Libro de Thot: una herramienta de adivinación que mi hermano me había enseñado a usar años atrás, y cuya lectura yo había perfeccionado hasta poder prever cualquier contingencia inmediata en mi camino.

El oráculo tenía sus limitaciones, claro.

Si el mundo fuese un suelo de cuadrados, como un tablero de ajedrez, aquellas cartas —con sus arcanos mayores y menores— solo me permitirían calcular el efecto de pasos concretos: el resultado directo de avanzar dos casillas al frente.

Cualquier variación, o imprevisto, alteraraba por completo el desenlace de mi movimiento.

Saqué tres cartas, con una duda muy clara en mente.

“Lo esencial siempre es la pregunta.” Su voz resonó en mi cabeza, era imposible recordar cuántas veces me había repetido esas mismas palabras.

Antes solía tener problemas para recordar mis propias preguntas, o para entender la importancia de su formulación.

Mi mente iba siempre a la carrera, intentando descifrar el sentido de la respuesta y olvidando, en ese proceso, que era la pregunta la que daba forma y sentido a las cartas.

Esta vez el resultado fue claro: éxito, caos y fuego.

Justo aquello que más deseaba en aquel momento.

Dos golpes secos resonaron en la puerta de mi dormitorio.

—Adelante —indiqué, sin molestarme en ocultar la baraja.

No era un objeto prohibido, aunque pocas personas sabían cuánto la usaba, incluidos los gemelos Khaffiar, mi guardia personal.

Mucha gente se sorprendía al saber que viajaba sin soldados, ni de Seth ni de Osiris, y que mi protección recaía únicamente en dos gemelos Atum.

Pero no eran dos jóvenes corrientes.

En primer lugar, seguían vivos gracias a mí, lo que garantizaba una lealtad inquebrantable —especialmente entre quienes, como nosotros, eran supervivientes de la oscuridad que envolvía este mundo.

En segundo lugar, poseían una serie de… habilidades interesantes, además de un profundo gusto por la violencia que nos hacía sumamente compatibles.

—Hoy es el día —anuncié, sin necesidad de mirarles directamente, tendiéndole la carta de la Golondrina Azul al hermano pequeño, Amran.

Sin decir palabra, él le prendió fuego en la palma de su mano, dejó caer las cenizas en el lavamanos y abrió el grifo de agua corriente.

Mis secretos seguirían protegidos, al menos durante un día mas.

Amran y su hermana, Erexas, asintieron al unísono.

Ella —la más audaz y deslenguada— fue la primera en hablar: —Entonces, ¿esto acabará pronto?

El verano está terminando y desearía que nos largásemos del norte cuanto antes.

Ante la mirada molesta de su hermano, Erexas rectificó, bajando la vista al suelo: —Quiero decir… mi señora.

Aquello me hizo soltar una carcajada seca, sin un atisbo de felicidad, mientras guardaba de nuevo el mazo de cartas en el cajón.

—Pronto —respondí—, aunque no hay ninguna prisa.

Pero puedo prometerte, Erexas, que te llevaré a un buen restaurante, de esos que tanto te gustan, en cuanto hayamos terminado con este pequeño grupo de bastardos.

Eso les hizo sonreír a ambos.

Erexas, con una mueca de satisfacción, añadió: —Nada como la promesa de un buen bistec para motivarme, mi señora.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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