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EL DEVOTO - Capítulo 12

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  4. Capítulo 12 - 12 UNA NUEVA VIDA - KHER
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12: UNA NUEVA VIDA – KHER 12: UNA NUEVA VIDA – KHER Me condujeron por uno de los amplios pasillos del ala izquierda hasta un gran salón.

El espacio tenía las paredes más altas que hubiese visto en mi vida, pintadas en tonos pastel y adornadas con relieves dorados que parecían resplandecer contra el suelo de madera oscura.

En el centro, sobre una enorme alfombra, descansaban dos sofás tapizados en terciopelo azul claro.

Allí vi a Ezra, sentada junto a otras dos personas, alrededor de una mesa sobre la que reposaba un juego de té de plata.

Todos vestían túnicas negras con ribetes plateados.

Pero lo que captaba realmente su atención no era la bebida, sino una cuarta figura que ocupaba el segundo diván de aquel salón, de espaldas a mí.

—Podemos pedirle ayuda al señorito Amón… —sugirió uno de los acompañantes de Ezra, un joven rubio con los ojos azules más intensos que hubiese visto jamás.

Ezra rodó los ojos con fastidio.

—No —tronó la voz desde el diván.

Sonaba más joven de lo que habría esperado de alguien con semejante séquito de sirvientes—.

No vamos a molestar a ninguno de ellos con esto.

Yo me encargaré.

Aunque… quizás le haga pronto una visita al Sumo Sacerdote.

Ya sabes que la información es poder, Rhe, un poder que el protector de Seth en la tierra sabe agradecer especialmente bien.

El tono se volvió casi juguetón.

—De hecho, pensándolo mejor, creo que tengo muchas ganas de visitar el templo esta misma semana.

En ese momento, las sonrisas de los tres se transformaron: depredadoras, casi expectantes.

¿Acababa de interrumpirlos en plena confabulación?

El mayordomo que me había acompañado hasta allí, con una postura firme y estoica, carraspeó.

El sonido bastó para silenciar a los presentes, que se giraron en nuestra dirección como halcones al acecho.

Entonces Ezra se levantó, sonriente, y avanzó hacia mí.

—Te esperábamos, Kher —dijo con una sonrisa tranquilizadora.

Apoyó una mano en mi espalda y, con la otra, despidió al mayordomo con un gesto, sin tan si quiera dedicarle una sola palabra.

¿Una criada ninguneando al mayordomo?

Aquello era cada vez más extraño.

Me condujo hasta el sofá, y allí vi por primera vez a su… ¿señor?

¿señorito?

Se trataba de un joven, por su aspecto diría que un Atum.

No tendría más de catorce años.

Vestía una túnica verde bosque, del mismo tono que sus ojos, que contrastaban con una piel clara y un cabello casi blanco, que le caía hasta la altura de los hombros.

Me miró fijamente antes de sonreír y alzar una taza de té.

Pero no era la sonrisa de un muchacho de su edad: era la expresión analítica de un anciano atrapado en el cuerpo de un adolescente.

—Tú debes de ser Kher.

Ezra me ha hablado mucho de ti —dijo, todavía sonriendo—.

Siéntate, por favor.

El sirviente al que se habñia referido como “Rhe” se levantó, cerró la puerta del salón y se posicionó detrás del diván en el que se sentaba el joven, rígido y en postura protectora.

Todos parecían observar cada uno de mis movimientos, como esperando el más mínimo error para abalanzarse.

Todos, excepto Ezra y el joven Atum, que se mantenían en completa calma.

Me senté, sin saber qué decir.

—Yo… sí, conozco a Ezra de… la casa… donde trabajábamos.

Solo pensar en aquella casa bastó para que los ojos se me nublasen con lágrimas.

No podía, no debía llorar frente a aquel niño.

No iba a dejar que ese recuerdo me robara la primera oportunidad de trabajo que tenía en meses.

Entonces vi los ojos de Ezra: igual de nublados que los míos, cargados de ira, tristeza y odio.

Pero lo más sorprendente fue descubrir aquella misma emoción reflejada en el rostro de aquel adolescente bajito.

—Algo he oído al respecto —respondió él con voz dura, sin mirarme directamente a los ojos.

¿Sería que había escuchado esas malditas mentiras?

¿También me tomaría por un ladrón?

El miedo a que todo terminara antes de empezar me desbordó.

Hice algo que nunca habría imaginado: defenderme.

—Yo no… —murmuré, al borde de las lágrimas—.

Yo nunca robaría.

Su reacción me desconcertó.

Pareció sorprendido.

Desvió la mirada hacia Ezra, como si le pidiera una confirmación muda.

Ella negó con fuerza, visiblemente enfadada.

¿Acababa de arruinarlo todo por abrir la boca?

Si de verdad eran súbditos de Seth, era muy probable que no tuvieran trato con la casa Jharká.

Tal vez acabara de ser yo quien les había transmitido, sin querer, los rumores que Eremda había hecho correr sobre mi.

Pero los guardias de fuera eran soldados de Osiris… Toda la situación en aquella casa me resultaba extraña y confusa.

Suspiré y bajé la cabeza.

Lo había estropeado todo.

No estaba preparado.

Si me hubiera callado… si no hubiese abierto el pico, como siempre.

—¿Así que esa fue la mentira que se inventó esa arpía de Eremda Jharká para librarse de ti?

Levanté los ojos de golpe.

Esperaba encontrar engaño, desconfianza… pero solo hallé una extraña comprensión.

—Aquí nadie te pondrá un solo dedo encima, Kher —dijo, sin apartar la vista de la taza de té que sostenía.

Luego levantó la mirada: esos ojos verdes que parecían guardar la furia de mil tormentas—.

Porque tocarte a ti es tocarme a mí, y eso es algo que —por desgracia para ellos— ahora mismo no tienen el poder de hacer.

Su comentario arrancó risitas de los tres acompañantes.

Ezra y dos jóvenes más, que apostaría eran omegas como yo, parecían perfectamente conscientes del poder que, por algún motivo, emanaba de aquel chiquillo.

—Quizás en un par de años, o tres, la cosa cambie —continuó—.

Pero te aseguro que te lo notificaré antes de mi caída, para que puedas hacer tus propios planes.

Hasta entonces, te prometo que aquí, conmigo, estarás a salvo.

Sonrió.

—Por cierto, creo que no me he presentado.

Mi nombre es Atenhamadi.

Y si quieres trabajar para mí, las puertas de mi casa están abiertas.

Asentí, con las lágrimas a punto de traicionarme pero me obligué a no derramar ni una sola gota.

Ese momento cambiaría mi vida: fue el primer día de mi nueva existencia como integrante del séquito de Atenhamadi.

Una hora después, Idaria —una joven omega, la tercera del séquito— me acompañó hasta la tercera planta.

—Este ala de la casa está separada por sus propias escaleras y accesos.

Solo se puede subir a las tres plantas superiores a través de este camino —me explicó.

La segunda planta, donde me habían recibido, estaba compuesta por varios salones y una biblioteca.

En la tercera se encontraban los dormitorios.

Entramos en un pasillo largo, flanqueado por enormes puertas de madera con incrustaciones doradas.

—Los integrantes del séquito personal dormimos en la misma planta que Atenhamadi.

Me giré hacia ella con los ojos como platos.

Idaria se encogió de hombros y, con una sonrisita cómplice, añadió: —Órdenes del señorito Amón, el hijo mayor de Khalid, señor de la casa.

Una de las muchas ventajas de este trabajo.

Señaló entonces las puertas dobles al final del pasillo.

—Ese es el dormitorio de Atenhamadi.

A la izquierda está la habitación de Rhemtiar, a la derecha la mía, la siguiente a la de Rhe es de Ezra… y esta es la tuya.

Abrió la puerta y me mostró mi cuarto.

Era tan grande como el de la señora a la que había servido meses atrás.

—Esto es increíble —murmuré, incapaz de ocultar mi asombro ante el hecho de que los empleados de Atenhamadi viviésemos casi como señores.

—Y lo único que tienes que hacer es ser leal —dijo Idaria, con un tono distinto, más solemne y a la vez ligeramente amenazante.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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