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EL DEVOTO - Capítulo 13

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  4. Capítulo 13 - 13 EL POZO DEL DESIERTO - ZIGGUR
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13: EL POZO DEL DESIERTO – ZIGGUR 13: EL POZO DEL DESIERTO – ZIGGUR Poco después llegamos al lugar indicado.

Era una gran roca, aunque no una común.

Se alzaba en medio de las dunas como un bloque, erosionado por siglos de viento, aunque aún firme e imponente.

Su superficie estaba cubierta de grabados que la cruzaban de arriba abajo, símbolos gastados pero aún legibles, como si el desierto los hubiese protegido de ser borrados.

La arena se acumulaba en su base, casi como si aquella piedra hubiese emergido directamente del vientre del desierto.

El procedimiento era sencillo, pero justo en el momento en que alcé la mano para comenzar, Wyatt decidió intervenir, otra vez: —Un callejón sin salida.

Sabía que no podíamos fiarnos de esa criatura.

Todo esto es una trampa.

Ahora querrán que viajemos aún más lejos, en dirección al interior de las dunas, con la esperanza de encontrar una fuente imaginaria… Estamos más lejos que antes de… Los rostros de Magda y Hellen empezaron a hundirse, como si la negatividad de Wyatt tuviese un carácter casi contagioso.

Entonces, harto de aquel hereje grosero, carraspeé fuerte antes de preguntar: —¿Te importaría callarte un poquito?

Mi respuesta lo sobresaltó.

Al fin y al cabo, yo casi nunca contestaba.

Pero también tenía sed, y estaba agotado de su pesimismo constante.

Volví a alzar la mano y recité las instrucciones: —Oh, gran padre del desierto, abre las puertas a tu santuario en la arena para este devoto hijo de tus arenas.

Las palabras salieron de mi boca sin pensarlo, como si siempre hubieran estado ahí.

Esperando, a que alguien como yo las pronunciase ante aquella roca.

Los símbolos tallados comenzaron a brillar con un resplandor tenue, como brasas doradas.

La piedra entera vibró y un rumor sordo recorrió su superficie, hasta que la parte frental de la roca se fragmentó.

No se abrió como una puerta, sino que la puerta se deshizo en millones de granos que comenzaron a descender lentamente, como una cascada de arena suspendida en el aire.

No llegaban a tocar el suelo: flotaban, giraban y se arremolinaban como si obedecieran a una voluntad invisible.

Aquel muro, simplemente dejó de ser sólido y se transformó en un velo ondulante, casi translúcido, que dejaba entrever la penumbra del otro lado.

Sin ningún miedo crucé el velo, seguido por el resto.

Dentro nos encontramos una caverna de una amplitud sobrecogedora.

El techo, alto y rugoso, estaba cubierto de pequeños insectos que irradiaban luz propia: diminutas luciérnagas del desierto, que convertían la oscuridad de la caverna en un pequeño cielo estrellado.

Frente a nosotros se extendía una laguna de aguas claras, tan quieta que reflejaba la bóveda luminiscente, como si allí, en su interior, brillasen las constelaciones de un firmamento completamente distinto.

En el extremo opuesto a nosotros, una catarata caía desde una grieta en la roca, fina pero constante, llenando el espacio con el murmullo fresco de las corrientes de agua subterránea.

El aire estaba impregnado de humedad, algo casi irreal después de tantos días de arena y sequedad.

Aquel frescor ligero me recorrió la piel como si de un bálsamo se tratase.

Los cuatro soltaron grititos de alegría al ver la laguna y corrieron en su dirección, hasta que yo intervine, agitado: —¡No!

Se quedaron quietos, más confiados en mi palabra de lo que lo habían estado minutos antes, cuando caminábamos a ciegas por el desierto.

—Antes de tocar el agua, hay que agradecer —aclaré.

Magda y Hellen asintieron enseguida, mientras Wyatt volvía a mostrar dudas.

Me giré hacia él y añadí: —El señor de las arenas no soporta a los herejes como tú, así que será mejor que hagas un esfuerzo por disimular, o pasar desapercibido.

Ahora haz el favor de escuchar, o asume las consecuencias cuando el agua se torne arena en tu garganta.

La advertencia pareció asustarlo lo suficiente: levantó las manos extendidas y retrocedió un paso.

—Repetid conmigo.

Recité entonces el agradecimiento al dios, que debían pronunciar antes de acercarse a aquel don de Seth.

Lo hicieron correctamente, y solo entonces los invité a beber.

Una emocionada Anne se lanzó a la laguna y empezó a beber a largos tragos, mientras Magda llenaba las cantimploras con lágrimas en los ojos y me dedicaba un casi susurrado: —Gracias, otra vez.

Cuando estuvimos abastecidos, nos mojamos el rostro y empapamos los pañuelos antes de partir.

El sol ya estaba bajo en el horizonte, así que aprovechamos para volver sobre nuestros pasos e intentar recuperar parte del tiempo perdido durante aquella parada en el pozo de Seth.

Mientras avanzábamos de nuevo, entre las dunas, noté que Wyatt me observaba con una intensidad distinta.

Ya no era solo sospecha: había algo más en sus ojos, una mezcla incómoda de desconfianza y fascinación, como si no supiera si temerme o… algo distinto.

Su mirada me incomodaba, fija, demasiado fija, y agradecí en silencio el momento en que Magda, acercándose lo justo para creer que solo él podía oírla, le susurró con un deje de fastidio: —Para ya, Wyatt… si lo sigues mirando así lo vas a desgastar.

Él apartó la vista, visiblemente avergonzado, y masculló una queja en voz baja, lo bastante baja para que no pudiera entenderle del todo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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