EL DEVOTO - Capítulo 14
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- Capítulo 14 - 14 SOMBRAS EN LA MEMORIA - ZIGGUR
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14: SOMBRAS EN LA MEMORIA – ZIGGUR 14: SOMBRAS EN LA MEMORIA – ZIGGUR Al estar de nuevo hidratado, y con suficiente agua para el resto del camino, tuve la oportunidad de relajarme y reflexionar sobre los últimos sucesos, mientras una extraña ansiedad empezaba a recorrerme el estómago.
¿Cómo es que aquella lengua antigua me resultaba tan natural?
¿Tenía razón Wyatt?
¿Había estudiado magia?
¿O era simplemente un ferviente devoto de los dioses?
Lo único claro era que mi reacción – casi instintiva- a cada posible ofensa que Wyatt lanzaba contra mis deidades dejaba claro que en mi vida anterior les había rendido algún tipo culto.
No tenía del todo claro el significado de palabras como “mago”, “Atum” u “omega”, pero en el momento en que intentaba hallar sus raíces, en mi memoria, el peso de aquellos recuerdos olvidados parecía capaz de arrastrarme: la sensación de que un torrente de granos de arena intentaba colarse en mi cráneo, deslizándose por mi mente como una tormenta del desierto, golpeando con la fuerza de una espada hasta desgarrarme por dentro.
Dejar de pensar era la única cura fiable para aquel temible dolor de cabeza.
Aquella noche acampamos cerca de la gran piedra que nos había conducido hasta el pozo del desierto.
El ambiente era mucho más animado, casi festivo.
Magda, Anne, e incluso Wyatt, entonaban nuevas canciones de viaje, y yo absorbía cada nota, cada sonido, como una esponja.
La música parecía tener la capacidad de calmar las arenas que rugían, furibundas, desde el interior de mi cabeza.
Hellen me enseñó a preparar lo que llamaban un “guiso”: agua, verduras deshidratadas, especias y algo de carne seca.
Me mostró cómo remover despacio, para que las especias se mezclasen bien, y cómo esperar el momento justo para añadir la carne.
El olor empezó a expandirse en torno al fuego, silenciando incluso las conversaciones, Tenía un aroma cálido, especiado, que me hizo cerrar los ojos al tiempo que la saliva empezaba a acumularse en mi boca.
Tal era nuestro excedente de agua, que -por primera vez- pude probar un plato caliente.
El calor del guiso recorrió mi garganta, descendió hasta mi estómago y allí se expandió, como si encendiera un pequeño sol en mi interior.
Cada bocado traía consigo una calma nueva.
Sentí que mi tripa, que hasta hacía pocos días se resistía a aceptar casi nada, se iba rindiendo poco a poco al sabor de aquel alimento.
Por un instante, una imagen fugaz me asaltó: una mesa distinta, cubierta de platos humeantes, risas que no reconocía y manos que se alargaban hacia mí, ofreciéndome comida.
Desapareció enseguida, pero me dejó con la certeza de que aquello no era del todo nuevo.
Como si mi alma hubiese recordado, por un instante, aquella sensación de plenitud, alegría y gozo, que mi mente parecía incapaz de procesar.
Aquella noche, bajo el cielo estrellado y la calma del desierto, dormí con una placidez extraña, y en ese instante, mientras perdía la conciencia, tuve la sensación de que aquellos insistentes granos de arena, finalmente, lograban abrirse paso hasta el interior de mi mente.
—El niño es un desastre en matemáticas y aritmética, por no hablar de sus inexistentes habilidades de combate —dijo una voz áspera, anciana, impregnada de un deje de amargura.
No me caía bien ese hombre.
No recordaba su nombre ni el motivo exacto, pero algo en mí sabía de que él siempre era desagradable conmigo.
Era familiar de uno de los consortes del hombre que se sentaba frente a mí.
Cada vez que nos reuníamos con él señor el tono del hombre malo se cargaba de superioridad.
Todos ellos me parecían malos y egoístas.
No era sólo por las cosas que me hacían y decían, era por la mirada en sus ojos: cuyo brillo sólo se hacía visible cuando estaban a punto de conseguir algo que pertenecía a otra persona.
Aquellas sonrisas torcidas y codiciosas me habrían dado miedo, de no ser porque nunca me encontraba solo.
Otra voz, más cálida y reconfortante, respondió entonces, llenando el aire con un alivio momentáneo: —Puede que no sean sus puntos fuertes, pero es un prodigio en magia y lenguas muertas… El anciano bufó, y su voz volvió a resonar, erizando mi piel con un regusto oleoso: —Si se me permitiese aplicar un poco más de disciplina… La tenue luz de las lámparas iluminó entonces el rostro del señor de la casa, sentado tras un gran escritorio de madera oscura.
La habitación olía a tabaco y a licor, unos aromas que siempre me resultaban pesados, como sombras intentando colarse en mi garganta.
Los ojos del señor, fijos en mí, empezaron a brillar.
Destilaban odio frío.
Por algún motivo que nunca logré entender, parecía desear verme herido.
No podía entenderlo, después de todo fue el quien me compró.
—No tengo ningún problema en que hagas lo necesario, siempre y cuando no lo estropees demasiado —dijo, fingiendo despreocupación—.
Ya sabes que no podrá cumplir su función si acaba medio cojo… o con demasiadas marcas en el rostro.
El anciano asintió con un nuevo destello de satisfacción en su mirada.
Una oleada de miedo me atenazó el pecho.
¿Finalmente llegarían los castigos físicos?
Estaba habituado a los insultos, las palabras feas y las miradas, pero no a los golpes.
La sola idea me hizo apretar las manos con fuerza, ocultando el temblor que me atravesaba.
Mis profesores decían que era inteligente; pasaba la mayor parte del día estudiando, memorizando fórmulas, traduciendo textos antiguos.
Uno de ellos dijo que, de haber sido entregado a uno de los templos, en lugar de comprado por aquel hombre, ya sería asistente de un túnica roja.
Otro afirmaba que, dada mi devoción, podría haber llegado a ser Sumosacerdote de Seth.
Pero nada de eso eran opciones para mí.
Yo no era un alumno de la Pirámide Roja, ni un devoto residente en el templo, era solo una propiedad.
Una inversión en la que habían gastado demasiado dinero para dejarme ir, como se encargaban de recordarme – cada día de mi vida- los esposos del señor.
Entonces lo noté.
Estaban allí.
Habían llegado.
La voz de un niño, grave y baja, incluso para su edad, y mucho más fuerte que la del propio señor, resonó desde la puerta: —Tocad un solo cabello suyo y quemaré esta casa entera, con todos vosotros dentro.
La amenaza fue pronunciada con calma, pero su sola presencia bastó para que el aire en la sala se volviera pesado.
La chimenea sóltó un chisporroteo, dando la impresión de que hasta las llamas de las chimenea le tenían cierto miedo, no al señor: a ellos.
Los presentes se sobresaltaron.
Incluso el señor, sentado tras el escritorio, palideció un poco, moviéndose más rígido en su asiento.
—Lo has malinterpretado, hijo —dijo el señor, con tono quebrado y más blanco que el papel—.
¿No es así, profesor?
El tutor que me caía bien sonrió entonces, con un alivio idéntico al mío.
En cambio, el otro maestro —el que se había propuesto herirme ,siguiendo los consejos del segundo esposo— estaba paralizado.
El sudor perlaba su frente.
Bien.
Debería estarlo.
El niño, mayor que yo y casi de la misma altura que el tutor pese a su juventud, avanzó hacia el maestro.
Su sonrisa no concordaba con la furia que ardía en sus ojos.
—Si alguna vez —dijo con calma—, ya sea por error, convicción, o consejo de alguno de esos amargados….se te ocurriese ponerle un dedo encima a nuestro cachorro… Entonces su sonrisa se transformó.
Dejó de ser una mueca controlada y se volvió real, afilada, feroz y vengativa: —No serás despedido.
Yo mismo te abriré con mi khopesh desde el ombligo hasta la garganta y daré de comer tus entrañas a las bestias de Seth, asegurándome de que aún respires mientras devoran tu carne mugrienta.
El anciano empezó a temblar, sus rodillas apenas sosteniéndolo.
Retrocedió, buscando refugio con la mirada, como si esperara que el señor lo salvara.
—Mi señor… esto… yo solo soy un docente… esos son los métodos… —balbuceó, con la voz rota.
Otra voz, más joven pero firme, resonó también desde la puerta: —¿Los métodos recomendados por ese monstruo al que me veo obligado a llamar madre?
Era el segundo niño.
Algo menor que el primero, pero con la misma seguridad en la mirada.
Entró en la sala con paso decidido.
—Ya has sido advertido, anciano.
Pero yo añadiré algo más.
Te he investigado.
Sé de tus hijos y de tus nietos.
Así que la próxima vez que se te pase por la cabeza hacerle daño a nuestro Atum, recuerda esto: mientras él —señaló a su hermano mayor— te usa para alimentar a las bestias del señor de las arenas, nosotros dos viajaremos hasta la casa de tu familia… y daremos buena cuenta de toda tu estirpe.
Un tercer sonido emergió desde el umbral: una risa ligera, burlona, con la que el tercer hijo mostraba su conformidad ante las palabras de sus dos hermanos mayores.
No podía ver sus rostros.
Solo sus voces llegaban a mi, claras y protectoras, envolviéndome con su calidez.
El efecto que causaron fue rápido y demoledor: el maestro bueno, sonreía satisfecho; el anciano, se quedó completamente quieto, temblando, petrificado por el miedo; y el señor, se quedó en silencio, tras su escritorio, con el ceño contraído y los labios apretados.
Su molestia era palpable: otra ocasión perdida para hacerme daño a través de un tercero.
No era la primera vez que lo intentaba.
Y yo sabía que tampoco sería la última.
Intenté fijarme más, distinguir algún rasgo de aquellos niños que habían acudido a protegerme.
Pero cuanto más me esforzaba, más difusos se volvían sus cuerpos, hasta que, con un suspiro, sus siluetas se deshicieron, transformándose en una corriente de arena blanca arrastrada por el viento.
En ese momento, con un gran sobresalto y lágrimas cubriéndome los ojos, me desperté atrapado en una sensación de ahogo.
El aire me golpeó en los pulmones, áspero, como si la arena de mis sueños me hubiese seguido hasta allí.
Me incorporé, no estaba en aquel despacho, sino en el desierto, junto a aquella familia que conocí en el oasis.
Todos dormían a mi alrededor, excepto Perrito, que permanecía inquieto, con las orejas erguidas y la respiración acelerada, mirándome comprensivo, casi como si sintiera mi dolor.
Me apoyé en sus duras escamas y acaricié su hocico.
Ese contacto me reconfortó, aunque las lágrimas siguieron resbalando por mi rostro mientras hacía un esfuerzo por recuperar el control de mi respiración en medio de la calma de la noche.
Me costó conciliar el sueño.
Aun así, junto a la calidez de Perrito encontré algo de paz.
Aquella noche estuvo plagada de nuevos sueños que volvieron a perseguirme.
Me resultaba imposible distinguir qué parte de aquellos era un recuerdo real y cuál se trataba únicamente de los miedos de un niño, mezclados con el agotamiento de aquel día.
La mañana siguiente la pasé atrapado en pensamientos sobre las visiones de la noche anterior.
Caminaba en silencio, casi incapaz de reaccionar mientras Anne me hablaba de los temas más aleatorios imaginables con su entusiasmo habitual.
Yo apenas asentía, incapaz de prestarle verdadera atención.
Hellen, que debió de notar mi estado de ánimo, me dedicó una suave sonrisa antes de distraer a la niña con nuevas historias y juegos, dándome así un espacio de silencio que agradecí.
Lo necesitaba para pensar, o quizás para dejar de hacerlo.
Las preguntas se agolpaban en mi mente, pesadas como piedras: ¿había sido yo un esclavo?
¿Servía en la casa de aquel señor que me observaba con odio?
¿Había estudiado de verdad magia, o todo lo que recordaba era apenas un espejismo creado por mi imaginación y por los hechos recientes?
Mi cabeza era un caos.
Y, en medio de ese torbellino, volvían siempre ellos: esas tres figuras misteriosas, las que me habían protegido.
Sus rostros me resultaban invisibles, difusos, como si se negaran a ser revelados.
No pude dejar de pensar en aquellos supuestos guardianes, cuyo rostros parecían sombras sin facciones.
¿Eran reales?
¿O solo un sueño?
Al llegar la noche, las dudas no habían hecho más que multiplicarse.
La presión en mi cráneo se volvió insoportable, como si alguien intentase abrir mi cabeza con sus propias manos desde el interior.
El dolor me obligó a hacer lo único que ya parecía funcionar: forzar a mi mente a quedarse en blanco, apartar todas las imágenes, las voces, las preguntas.
Olvidar, algo que cada día parecía constarme un poco más.
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