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EL DEVOTO - Capítulo 15

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  4. Capítulo 15 - 15 EL PASO - ZIGGUR
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15: EL PASO – ZIGGUR 15: EL PASO – ZIGGUR Los primeros investigadores temieron el impacto de su creación.

Sus sucesores temían más al fracaso.

Por eso retiraron los frenos y dispositivos de seguridad del diseño original.

Entonces pusieron en marcha la gran máquina.

Aún se conservan registros fotográficos y fragmentos de video del instante en que se intentó abrir aquella ventana.

No mostró una imagen, o una distorsión: sin aviso, el dispositivo provocó un desgarro que atravesó más de mil mundos y los arrastró a uno sólo.

El evento conocido como la unificación.

Los supervivientes se encontraron en un mundo que era el mismo y, a la vez, completamente distinto.

Los continentes cambiaron de forma.

Grandes mares fragmentaron los territorios.

La realidad se multiplicó sobre sí misma.

Pueblos enteros quedaron atrapados en un espacio de convergencia.

Una realidad duplicada, triplicada y fracturada, hasta que finalmente aquella realidad se estabilizó.

Así dio comienzo la Tercera Era.

“Sobre el origen de la Cuarta Era” Año 15346 de la Cuarta Era.

Registro 0103 de la Matriarca Mairead del clan Gleann Uaine.

Un día después llegamos, finalmente, al paso de Ziggur.

El ascenso por las montañas de Zaggurath no fue demasiado complicado, pues el trayecto atravesaba una zona poco escarpada, con grandes llanuras que suavizaban el camino.

La primera noche acampamos en lo alto de una ladera.

Allí, el aire frío me arrulló como una nana, mientras la altura me permitía apreciar, por primera vez, la verdadera belleza de aquella región llamada Thamur.

Ante mí se extendía un mar de dunas que parecía infinito, teñido por distintos tonos de naranja y rojo que el sol poniente derramaba sobre la arena.

El desierto de Anhur se desplegaba como un océano salvaje e interminable.

La visión me robó el aliento como nada lo había hecho antes: era hermoso, lo más bello que recordase haber visto nunca.

Seis días después —aunque Wyatt insistía en que lo habríamos logrado en cinco si nos hubiésemos esforzado más— alcanzamos, por fin, la ciudad de Per-Shedet.

Lo primero que vi fueron los grandes cultivos que rodeaban sus murallas.

Una planta alta y esbelta dominaba el paisaje: tallos resecos, quebradizos, con hojas largas y estrechas de un color amarillento apagado, casi marchito.

A primera vista, los campos parecían moribundos, como si el sol del desierto hubiese consumido aquellas plantas hasta dejarlas en nada.

Pero, por lo que me contaron después, aquella apariencia era engañosa.

Se trataba de plantas resistentes, fuertes, adaptadas a un entorno donde casi nada más podía sobrevivir.

Me explicaron que aquellos cultivos, de una planta llamada Frejilna, eran el principal sustento económico de la ciudad.

La planta, alimentada únicamente por la humedad nocturna y el rocío, guardaba en su interior un jugo oscuro, amargo y tóxico capaz de matar a quien lo bebiera.

Sin embargo, al cocinarse, ese mismo líquido se transformaba en una melaza espesa y dulce, conocida entre los lugareños como miel del desierto.

Lo que a mis ojos parecían tallos secos y sin valor eran, en realidad, uno de los mayores tesoros agrícolas de Thamur: un alimento que sostenía la economía local y a todo un pueblo que había aprendido a sobrevivir en medio de la aridez.

Tras varias horas de atravesar aquellos extraños cultivos, finalmente llegamos a la ciudad.

Per-Shedet era un enclave antiguo.

Desde fuera, todas las casas parecían del mismo tono, un color casi idéntico al de la arena.

En las afueras predominaban las construcciones de una sola planta, rectangulares y sencillas, que se volvían más altas y complejas cuanto más nos adentrábamos en la ciudad.

Vi animales extrañamente grandes y dóciles, de mirada tranquila y movimientos pausados.

Me explicaron que se llamaban camellos, criaturas esenciales para la siembra, la recolección y los largos viajes entre ciudades.

Eran la opción intermedia: usados por quienes no podían costearse un transporte —la mayoría— pero tampoco se resignaban a recorrer el desierto a pie.

Cerca de la ciudad vi algunos vehículos enormes, levitando a pocos centímetros del suelo, sobre la arena.

Eran de aspecto rectangular y metálico, se movían muy deprisa, levantando nubes de polvo a su paso.

Su nombre vino a mi cabeza, los había visto antes: aerodeslizadores.

Me llegó de golpe, como si siempre hubiese estado ahí, escondida en mi memoria.

Hellen me contó, con cierta envidia en la mirada, que solo las familias más ricas de la ciudad podían permitirse uno de esos.

Parte de Per-Shedet reposaba directamente sobre las arenas, contenidas por muros bajos que parecían mantener el desierto al otro lado.

Pero lo más impresionante era la parte interior de la urbe, excavada directamente en la roca de las montañas de Zaggurath.

Las laderas habían sido talladas durante siglos hasta formar un espectáculo inimaginable.

Relieves antiguos se entrelazaban en sus muros exteriores, figuras que parecían moverse bajo la luz cambiante.

De los suelos de piedra brotaban fuentes públicas que perfumaban el aire con una humedad fresca, llenando el aire de un frescor casi milagroso, especialmente tras tantos días de sequedad.

Las calles, estrechas y en pendiente, habían sido diseñadas con precisión para ofrecer sombra la mayor parte del día.

Entre las callejuelas, y caminos se alzaban grandes edificios: el solemne templo de Bastet, el edificio de la asamblea, un gran mercado y numerosos palacetes, alineados – en su mayoría- en la ladera de la montaña, con imponentes frontales tallados en roca.

El centro bullía de vida.

Niños corrían en todas direcciones, lanzando gritos alegres que resonaban contra las paredes de las plazas y calles.

Las casas, adosadas unas a otras, se erguían como bloques rectangulares con puertas de madera oscura que se abrían hacia patios interiores descubiertos, algunos adornados con floridos jardines verticales y pequeñas fuentes.

La ciudad respiraba antigüedad.

El tiempo y la escasez de recursos habían dejado marcas en sus muros y calles, un desgaste visible, pero no descuido.

Era una urbe levantada y cuidada durante generaciones, seguramente a lo largo de más de un milenio.

El camino central nos llevó a través de varios mercados, cruzamos un laberinto de callejuelas cubiertas con toldos de colores desvaídos que filtraban la luz del sol con destellos rojizos y dorados.

A cada paso nos envolvía un torbellino de estímulos: voces de vendedores pregonando sus mercancías, el tintinear metálico de pulseras y amuletos colgados en hileras, el aroma intenso de especias que se mezclaba con el dulce olor de la miel del desierto y el humo de la carne asada en braseros improvisados.

Las gentes, de piel curtida y ropas ligeras, se abrían paso entre nosotros, cargando cestos rebosantes de dátiles, telas teñidas en tonos vivos, pequeñas vasijas de barro y cántaros de agua fresca.

Anne iba con los ojos abiertos de par en par, señalando cada cosa con la emoción de quien lo quiere abarcar todo.

Perrito, curioso, olfateaba las montañas de frutos secos que los comerciantes guardaban en sacos.

Aunque había vida y bullicio, también noté algo extraño: un vacío palpable, espacios sin puestos donde la arena había reclamado el suelo, huecos que antes habrían estado llenos de mercaderes nómadas.

Magda me explicó que los ataques de los súbditos de Apofis habían interrumpido las rutas comerciales del oeste, dejando muchos puestos vacíos y a familias enteras en la ruina.

Finalmente llegamos a una gran plaza.

En su centro se alzaba una fuente de piedra, cuyos chorros refrescaban la zona y llenaban el aire de un murmullo constante.

Otras dos fuentes, más pequeñas, adornaban dos de las esquinas, rodeadas de plantas y jarrones con flores que creaban un inesperado estallido de color en medio del tono uniforme de aquella plaza.

Junto a ella, en uno de los extremos, se encontraba la propiedad a la que nos dirigíamos.

Tras cruzar la pesada puerta de madera, entramos en un amplio patio interior.

A diferencia de muchas casas que habíamos visto, esta parecía haber sido olvidada por el tiempo: las paredes estaban atravesadas por grietas y el polvo se acumulaba en cada rincón, como si nadie hubiese cuidado de ella en años.

La casa, de tres plantas, se abría al patio mediante pasillos exteriores, visibles desde abajo, que conectaban las distintas estancias.

En el centro del patio, una fuente seca y cubierta de arena descansaba como un esqueleto olvidado de lo que alguna vez debió ser un rincón fresco y vivo.

—Hogar, dulce hogar —dijo Wyatt, dejando caer su pesada mochila en el suelo y estirando los brazos, como si el lugar fuese un palacio y no una residencia quebrada por años de abandono.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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