EL DEVOTO - Capítulo 16
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16: LA CASA SETHKHEM – KHER 16: LA CASA SETHKHEM – KHER Durante mis primeras semanas en la casa Sethkhem aprendí muchas cosas.
A pesar de tener el tamaño de un palacio, aquella residencia parecía demasiado pequeña para contener la batalla campal que se libraba en sus pasillos y salones.
Nosotros no salíamos de nuestro propio ala, allí pasábamos la mayor parte del tiempo en la segunda y la tercera planta.
La cuarta y la quinta apenas se utilizaban, salvo para algunas de las clases privadas de Atenhamadi, a las que nunca se nos permitía asistir.
Pronto confirmé mis sospechas: en la casa convivían soldados devotos tanto de Osiris como de Seth.
Aquel edificio era el hogar de Khalid Sethkhem y sus cuatro consortes —dos esposos y dos esposas—, tres de ellos Atum, el cuarto omega.
Khalid era el segundo de los cinco hijos de la casa Sethkhem, hermano menor del emperador Nassor y patriarca de la familia en el Gran Estado Solar de Nueva Heliópolis.
Tenía tres descendientes, y los tres eran Khepri: seres que, en mi tierra, habríamos comparado con alfas dominantes, aunque no lo eran.
La gran diferencia entre un alfa, y un Khepri, es que estos últimos portaban los dones de Amón-Ra y se decía que su poder superaba con mucho al de cualquier otro mortal.
Nunca vi a ninguno de ellos luchar en persona, pero las historias que circulaban entre los sirvientes me bastaban para saber que no era algo de lo que quisiese ser testigo.
Khalid y sus consortes habitaban el ala derecha de la casa; Atenhamadi, en cambio, ocupaba él solo el ala izquierda.
Que un Atum – soltero y no considerado hijo de la familia- disfrutase de tanto espacio ya era extraño, aunque más inquietante todavía era el modo en que los soldados devotos de Seth parecían gravitar en torno a él.
Los guardias de la propiedad estaban divididos en dos bandos: los de Osiris, al servicio de Khalid y sus consortes, y los de Seth, que custodiaban con ojos de halcón a nuestro señor: Atenhamadi.
Por lo que escuché, Khalid había cometido un delito imperdonable hacía casi una década: había renunciado a Seth en favor de Osiris.
No entendía del todo la política del continente, pero sí sabía algo: aquellas dos facciones estaban enfrentadas de raíz.
La dinastía Sethkhem, que daba nombre al imperio vecino, había rendido culto al dios del desierto durante milenios.
No sólo eso, se decía incluso que dicha familia descendía directamente del dios de la batalla, el caso, y el desierto, lo que aumentaba considerablemente la gravedad de reemplazar a su dios por otro.
—Fue influencia de los consortes —me explicó Ezra una mañana, mientras íbamos al mercado—.
Dos de ellos proceden de familias seguidoras de Osiris.
Rhe me contó que, al parecer, le prometieron beneficios comerciales si se unía a su facción.
Hizo una pausa y añadió: —Cualquier otro habría sido ejecutado por algo así, pero él es un Sethkhem.
Le permitieron mantener su poder y estatus a cambio de que sus tres hijos siguieran el legado familiar y se mantuvieran en el camino de Seth.
Intentó evitarlo, pero no tiene poder para enfrentarse al Emperador de las Llamas ni a Amsu, otro de sus hermanos.
Si hubiese intentado convertir a sus hijos… —negó con la cabeza—.
Ni él ni ninguno de sus consortes seguirían vivos.
Me miró con seriedad.
—Ten cuidado y no te fíes de nadie fuera de nuestro círculo en esta casa.
Si aceptas cualquier regalo de los consortes, o dejas que te líen de cualquier modo… Rhe o Ida acabarán contigo.
Atenhamadi espera la traición y no la castiga como debería, pero Rhemtiar e Idaria… —se le escapó una sonrisa— nunca permitirían que nadie hiciera el más mínimo daño a Aten.
Después de todo, él los salvó.
En contraste con los demás sirvientes de la casa, que vestían túnicas blancas en honor a Osiris, los integrantes del séquito de Atenhamadi , así como todos sus guardias, llevábamos negro y plata, : el sello de los devotos de Seth.
Rhemtiar, que al igual que Idaria y yo era omega, parecía estar a cargo de nuestra parte de la casa y ejercía un papel casi de mayordomo personal de Atenhamadi.
Idaria, Ezra… y ahora yo nos dividíamos el resto de tareas.
—Ten cuidado, Kher —me advirtió de nuevo Ezra, con una seriedad, que rozaba el miedo, inundando sus ojos marrones—.
Sé que eres de fiar, pero los consortes son peligrosos.
Te ofrecerán cosas, pero no vale la pena pactar con ninguno de esos demonios.
No terminé de entender su advertencia, pero Atenhamadi me había concedido protección en el momento en que más solo y desamparado estaba.
Eso bastaba para mí: me aseguraría de no traicionar la confianza depositada en mi.
Aunque todavía no comprendía del todo la posición de Atenhamadi en aquella casa, pronto descubrí algo inquietante: sus sirvientes parecíamos vivir incluso mejor que él, contábamos con más tiempo de ocio, de sueño e incluso para comer.
El Atum pasaba más de doce horas al día con sus tutores y, durante una hora diaria, se reunía con uno de los consortes.
Cada día uno distinto, durante cuarenta minutos exactos, en lo que llamaban el té diario.
El nombre engañaba.
Pronto entendí que no era un evento social al uso.
En mi quinto día en la casa me tocó acompañar a Atenhamadi, ya que había enviado a sus otros tres acompañantes a alguna tarea de la que no quisieron, o pudieron, contarme nada.
Antes de entrar, me dedicó una sonrisa y susurró: —Kher, hazme el favor de no mirar a los ojos al consorte.
Podría molestarse y empeorarlo.
Y digan lo que digan, haz como si nada.
Por favor.
Ah, y nunca cuentes a nadie lo que escuches aquí.
Yo solo asentí, sin querer confesarle que ya había recibido esas mismas instrucciones de parte de Ezra y de Rhemtiar.
Poco después entró en la sala Maibé.
Me había sorprendido mucho verla, la primera vez que me crucé con ella, hacía un par de días: se trataba de una de las mejores amigas de mi antigua jefa, Eremda, aunque solo las había visto juntas durante algunas comidas informales celebradas en la casa Jharká.
Siempre me había parecido una persona extraordinariamente educada y simpática, al contrario que mi antigua jefa.
Una dama con voz dulce y melodiosa capaz de calmar cualquier angustia.
Lo que, en mi mente, debían ser realmente los súbditos de Osiris: paz y serenidad en un mundo turbulento.
Maibé entró acompañada por dos sirvientas vestidas de blanco, con velos cubriendo sus rostros, algo bastante común en las familias ricas más tradicionales, que preferían ocultar los rostros de sus criados.
Me puse serio de inmediato, temeroso de que me reconociera.
Sin embargo, apenas dejó que su mirada se posara brevemente sobre mí antes de sentarse en el sofá frente a Atenhamadi.
Entonces comprendí por qué había tanta precaución y tanto miedo alrededor de ella.
Todo cobró sentido en el momento en que abrió la boca y comenzó a hablar.
—Querido Atenhamadi —saludó Maibé mientras se servía una taza de té—, veo que aún sigues vivo, por desgracia para toda esta casa.
Lo dijo con una sonrisa dulce que chocaba profundamente con la dureza de sus palabras.
Las criadas clavaron la mirada en mí, así que bajé los ojos al suelo para que mi expresión no me traicionase.
Maibé prosiguió: —¿Sabes?
El otro día vi a un hombre golpear a un sirviente desobediente con su látigo.
Tenía varias colas recubiertas de hierro para dejar mejores marcas, y me acordé mucho de ti.
Dio un sorbo y continuó, como si hablara de algo trivial: —Pensé en lo bueno que sería darte unos latigazos cada mañana, hasta que esa estúpida cabeza tuya entre en razón, o tu piel se caiga a tiras, lo que llegue antes.
Rió y añadió: —Pronto comprometeré a mi Seti.
Estoy segura de que en cuanto tenga a un buen Atum que caliente su cama se le pasará toda esta tontería de cuidarte.
Su sonrisa se afiló.
—En el momento en que se te acabe la suerte, serás nuestro, pequeño; el juguete roto que eres en realidad.
No sabes las ganas que tenemos de desmontarte por piezas, querido.
Ah, si hubiese aprovechado aquel día que te acercaste tanto a las escaleras… un pequeñito empujón y estoy segura de que te habrías roto el cuello con la caída.
Habría sido tan bonito, Aten, verte ahí tumbadito, muerto, listo para ser un fantástico abono para mis rosales.
No pude evitarlo: mis ojos se dispararon hacia ella.
Maibé miraba al horizonte con aire soñador, como si imaginara el placer de ver muerto a Atenhamadi.
Él, por su parte, la observaba fijamente, bebiendo el té como si le hablaran del tiempo, casi como si aquello fuese lo más normal del mundo.
Aquella no era la Maibé que yo recordaba.
Su voz suave y sus gestos cuidados escondían algo profundamente perturbador y cruel.
Siempre había pensado que los súbditos de Osiris eran luz frente a la oscuridad de los de Seth; pero en esta casa, aquí, todo aquello parecía invertido.
Mi mirada se cruzó con la de los guardias de Atenhamadi.
Sus expresiones eran fieras, llenas de odio contenido; sus manos apretaban las armas como si estuviesen a segundos de desenvainarlas.
Rápidamente volví a bajar la vista.
El monólogo continuó casi cuarenta minutos.
Cuando por fin Maibé se levantó, lo hizo con una sonrisa cariñosa: —Si cambias de idea, avisa a cualquiera de mis sirvientes.
Tienen órdenes de abastecerte con todos los venenos que te hagan falta para acabar con esa sucia existencia tuya.
Que tengas buena tarde, querido.
Y se retiró.
Me quedé sin palabras, mirando a Atenhamadi.
En aquel momento él dejó su taza de té sobre la mesa, se levantó, me dedicó una sonrisa y dijo: —Ahora tengo clase con el maestro Haqueb; será mejor que vayamos cuanto antes a la biblioteca.
Mientras caminábamos hacia la biblioteca, vi cómo Aten hacía lo posible por sacudirse la pegajosa violencia de Maibé de encima.
Lo consiguió poco a poco, hasta que, con una sonrisa renovada, me preguntó: —Kher, ¿has jugado alguna vez al Vuelo de las Aves?
Ahora que somos cinco, me encantaría jugar en quinta posición.
Antes no podía… ya sabes, ese juego de mesa tiene unas normas muy estrictas, pero finalmente somos cinco.
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