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EL DEVOTO - Capítulo 17

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  4. Capítulo 17 - 17 PER-SHEDET - ZIGGUR
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17: PER-SHEDET – ZIGGUR 17: PER-SHEDET – ZIGGUR —Voy a avisar a Aaliya de que hemos llegado y a ver cómo está la Yaya —anunció Magda.

Después, dirigiéndose a Hellen y a Wyatt, añadió con una sonrisa cansada—: descansad un poco hasta la cena, tenéis que dormir bien si mañana vais a salir en dirección a Thamret para vender los dátiles.

Ambos soltaron un suspiro pesado antes de asentir.

—¿Puedo ir yo también a Thamret?

¡Porfa, porfa!

—empezó a pedir Anne, girando en torno a Magda como un torbellino, con los morritos apretados en un gesto calculado.

La niña tenía muy claro quién mandaba en aquella casa.

—No —sentenció Magda.

Su tono, firme y sereno, no dejaba espacio a la réplica—.

En tres días empieza la escuela, así que tú y yo tenemos mucho que hacer hasta entonces.

Anne bajó los hombros y asintió con un suspiro resignado.

—Ve a avisar a Aaliya.

Yo le enseñaré su dormitorio a Ziggur —intervino Hellen, inclinándose para dar un beso suave en la frente de Magda, que asintió antes de cruzar un gran arco cubierto por cortinas claras que llevaban al interior de la casa.

—Por aquí —me indicó Hellen.

La seguí por las escaleras de piedra hasta la tercera planta, donde un pasillo estrecho, abierto a la brisa del desierto, nos condujo a una de las estancias del extremo.

—La puerta de al lado es otro dormitorio, pero no se usa.

Este es mejor: tienes un pequeño balcón con buenas vistas.

La siguiente puerta da al baño.

El horario de baño en la ciudad es de seis de la tarde a nueve de la noche, así que probablemente no salga agua si intentas ducharte en otro momento.

Señaló una escalera lateral que subía hacia arriba.

—Si subes por ahí llegas a la azotea.

Es una terraza muy grande, pero te aconsejo subir solo después de que baje el sol.

A mí me dijeron lo mismo cuando llegué y no hice caso: me creí resistente, por no ser tan blanquita como el resto de gente en esta casa.

Tres horas después estaba desmayada por insolación.

Así que a ti no te daría ni veinte minutos ahí arriba antes de caer redondo.

Lo dijo con una expresión amigable, que me arrancó una sonrisa sincera.

—Aprovecha para descansar un poco, el viaje ha sido agotador —añadió.

—Gracias, Hellen.

De verdad, eso haré —respondí, esperando que pudiese ver en mis ojos lo agradecido que estaba.

Aquellas personas, a las que apenas conocía, me habían acogido en su hogar.

Ese gesto nunca lo olvidaría… o al menos eso esperaba, dado mi historial de amnesia.

Entré en el dormitorio.

La estancia olía a polvo viejo y madera reseca, como si hubiese pasado demasiado tiempo cerrada, pero los muebles, y el tamaño de la estancia, lograban que fuese un espacio acogedor.

Había una cama, antigua pero amplia, con el marco de hierro ligeramente oxidado y un colchón hundido en el centro, que aun así parecía cómodo.

Una alfombra de tonos terrosos, con mosaicos geométricos desvaídos por el uso, cubría gran parte del suelo.

En una esquina, un pequeño tocador de madera, coronado por un espejo manchado por el paso de los años, completaba la parca decoración.

Lo mejor, sin embargo, era el balcón del que Hellen me había hablado.

La ventana, cerrada con contraventanas de madera astillada, se abría hacia un balconcito angosto que sobresalía como si colgara del borde de la casa.

La balaustrada, de piedra clara y lisa, me llegaba a la altura de los codos.

Desde allí, la ciudad se desplegaba en capas: las calles más cercanas, llenas de voces y pasos; más allá, las casas apretadas del centro, con patios de sombra; y al fondo, el mar de arena del desierto, extendiéndose infinito y bañando el enclave con su resplandor anaranjado.

Me quedé mucho tiempo apoyado en aquella barandilla, respirando el aire limpio de la tarde que entraba en ráfagas frescas, cruzando la estancia.

Sentí que la ciudad respiraba conmigo, cada grito lejano de un mercader, cada carcajada infantil que rebotaba contra las paredes de piedra, parecía recordarme que estaba vivo, que estaba lejos del silencio opresivo en el que viví durante mi tiempo a solas en el desierto.

Un repiqueteo suave interrumpió mis pensamientos: dos toques en la puerta.

—Adelante —dije.

Wyatt entró cargando un pequeño montón de sábanas y algunas prendas dobladas.

Vestía unos pantalones sueltos que le caían peligrosamente en la cadera, y nada más.

Su torso desnudo dejaba ver un físico trabajado: hombros anchos y definidos, pecho firme, abdomen marcado en líneas rectas que parecían esculpidas en piedra.

La piel, ligeramente bronceada, mostraba alguna cicatriz fina, recuerdo de viejas peleas o entrenamientos.

Su altura dominaba la estancia, y al cruzar la puerta tuvo que inclinar un poco la cabeza, como si aquel marco fuese demasiado pequeño para él.

—Yo… eh —balbuceó mientras dejaba las sábanas sobre la cama—, te he traído esto: sábanas, y un par de túnicas y pantalones cortos.

Son de cuando era más joven, pero aún así seguro que te quedan muy grandes.

Mientras hablaba, sus ojos se deslizaron por mi cuerpo, mucho más bajo y delgado que el suyo.

No intentó disimularlo.

—Ya sabes… vosotros los omegas podéis ser muy… pues eso, bajitos —remató con un tono ambiguo, entre la broma y la condescendencia.

Contuve la necesidad de corregirle.

Yo no era un omega, sino un Atum.

No entendía la razón, pero algo en mi interior era hiperconsciente de que ambas categorías eran muy distintas.

Alcé una ceja, sin entender del todo a dónde pretendía llegar con aquella conversación, en la que realmente no estaba diciendo absolutamente nada.

Cuando finalmente no dijo nada más, quedándose en silencio, le dediqué una sonrisa de agradecimiento: —Muchas gracias, Wyatt, espero que todo os vaya bien durante el viaje de mañana.

—Sí… —contestó, rascándose la nuca, como si no quisiese irse o intentase alargar el momento—.

Bueno, nos vemos a la vuelta.

Cuídate, Ziggur.

Y salió de la habitación.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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