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EL DEVOTO - Capítulo 18

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  4. Capítulo 18 - 18 MERMELADA DE HIGOS - ZIGGUR
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18: MERMELADA DE HIGOS – ZIGGUR 18: MERMELADA DE HIGOS – ZIGGUR Fue entonces cuando el Gran Ordenador respondió al fin a la pregunta hecha décadas atrás, el día de su conexión: “¿existe dios?” Los relatos cuentan que fue el nieto de aquel primer investigador quien se sentó ante la máquina en aquel momento.

Y fue él quien leyó en voz alta la respuesta dada por aquella computadora: “Muchos.” El destino final del Gran Ordenador nunca quedó del todo claro.

Los pocos registros que tenemos sugieren que sigue en manos del pueblo que lo creó, en las tierras monoteístas, donde aún hoy sigue operativo.

El único registro real de lo que aconteció durante aquella era.

“Sobre el origen de la Cuarta Era” Año 15346 de la Cuarta Era.

Registro 0104 de la Matriarca Mairead del clan Gleann Uaine.

Después de hacer la cama con aquellas sábanas limpias, y de desvestirme, me dejé caer sobre el colchón.

Perrito me siguió de inmediato, como si entendiese que aquel también sería su nuevo lugar de reposo.

Pronto, el suave ritmo de su respiración, acompasado y cálido, me arrulló.

Sentí las arenas de los recuerdos jugueteando en mi mente.

Sé que aquella noche soñé, aunque —por algún motivo— no pude recordar nada al despertar al día siguiente.

Era duro no saber quién era ni cómo había llegado hasta allí, pero el dolor de intentar recordar se volvía más pesado con el paso de los días.

Aquella punzada extrema, como si cada nuevo recuerdo bordease mi cráneo con miles de agujas, me hacía temer —cada vez más— la llegada de esas insípidas pistas del pasado que nunca llevaban a nada.

Solo a fragmentos vagos: posibles recuerdos de una vida de esclavitud y miedo.

Quizás no recordar no fuese tan malo.

Posiblemente había vivido de la compasión de alguno de los hijos de ese “señor” de mis sueños, temiendo el próximo ataque de uno de sus esposos, hasta que, por algún motivo, acabé enterrado en las arenas de aquella inhóspita cueva en medio del desierto de Thamur.

Si esa había sido mi vida —dolor, miedo y soledad, hasta quedar medio muerto— ¿sería tan terrible no recordar?

Los haces duros de la luz del mediodía atravesaban la estancia desde el balcón, que había dejado abierto la noche anterior para que el aire fresco limpiara, aunque fuese un poco, el olor a polvo acumulado en mi dormitorio provisional.

El murmullo de la ciudad subía en ráfagas hasta allí: voces lejanas, un martillo contra la piedra, el balido de algún animal.

El mundo seguía vivo, aunque yo aún no conociera del todo mi papel en él.

Me levanté dispuesto a ayudar en todo lo que fuese posible.

Después de vestirme con una de las túnicas de Wyatt, de color azul oscuro —cuyas mangas tuve que envolver varias veces para que no me arrastrasen— y unos pantalones cortos de tono similar, que en mí resultaban tan largos que me llegaban hasta los tobillos, fui en busca de mi anfitriona para ofrecerme a echar una mano.

Magda, con el gesto cansado pero amable de alguien acostumbrada a tener siempre tareas pendientes, aceptó al instante.

Según me contó, Hellen y Wyatt habían salido al amanecer rumbo a Thamret y no se esperaba que regresasen hasta dentro de cinco o seis días.

Thamret era una ciudad comercial, cercana a la frontera con la Confederación de Zharim, el gran estado al norte del desierto de Thamur.

Allí podrían vender los dátiles a mejor precio y, con lo obtenido, comprar el medicamento que permitía que su “Yaya” mantuviese algunas de sus funciones motoras: respirar sin asfixiarse y comer —aunque con ayuda— pese al avanzado estado de la enfermedad que la consumía.

Arethea, como descubrí que se llamaba la Yaya, apenas recordaba a nadie.

Pasaba la mayor parte del tiempo en la segunda planta, sentada en su habitación.

Anne, Magda o la vecina Aaliya le hacían compañía leyéndole libros en voz alta o relatándole los pequeños sucesos de cada jornada.

Magda me confesó que probablemente no las reconocía, pero la compañía y el calor de una voz cercana, eran lo único que aún podían darle a cambio de todo el amor con el que ella les había cuidado en el pasado.

Ese día hervimos agua en grandes ollas, el vapor empañaba las ventanas y dejaba un aroma húmedo en el ambiente.

Pelamos higos hasta que las manos se nos quedaron pegajosas y comenzamos el lento proceso de preparar la mermelada.

Anne correteaba por el patio interior, y de vez en cuando subía las escaleras para contarle a la Yaya su última gran aventura, con la impaciencia alegre de la infancia.

En un momento, la niña me propuso subir con ella a saludar a su Yaya, pero le di largas.

Sentía que no era correcto que un extraño como yo la viera en un momento de tanta fragilidad.

La idea me pesaba en el pecho: me parecía casi un acto vergonzoso, como observar una herida abierta sin haber recibido permiso.

Había algo en ello que me resultó profundamente incorrecto.

La rutina de la casa se sostenía en suplir necesidades básicas, sin lujos.

La cocina era el corazón de aquel lugar, siempre impregnada de el olor terroso de las especias, mezclado con el leve aroma a humo de la leña húmeda que ardía despacio.

Los utensilios eran viejos, con mangos astillados y cazos abollados que habían pasado de mano en mano durante generaciones, pero seguían cumpliendo su función a pesar del paso de los años.

El calor de las ollas encendidas se mezclaba con el murmullo de las voces, con risas ocasionales de Anne y el golpeteo de nuestros cuchillos contra las tablas de madera.

Había algo en esa cotidianeidad que me resultaba extraño y, a la vez, tranquilizador.

El simple gesto de pelar higos, o cortarlos, y de remover con una cuchara de hierro la pulpa que se espesaba lentamente, parecía tan ensayado como una fórmula mágica.

Me descubrí apreciando esos detalles mínimos, como si fuesen el ritual ancestral capaz de mantener la vida en aquel rincón del desierto.

Debido al alto coste de la electricidad, la casa sólo contaba con suministro estable en la primera planta, donde estaban los dos grandes salones, el comedor, la cocina y un aseo de cortesía, así como algunas pequeñas habitaciones donde se almacenaban muebles antiguos, productos de limpieza y herramientas que en algún momento debieron usarse para el mantenimiento del lugar.

La familia de la anciana Arethea llevaba siglos en aquella propiedad.

Todo el pueblo repartía a partes iguales las ganancias generadas por la miel del desierto, pero además de ello solían tener sus propios negocios familiares o individuales.

En el caso de Arethea, contaba con una tienda de remedios medicinales, cuyo local se encontraba en la parte trasera de la casa.

Pero la demencia llegó sin aviso, antes de que pudiese pasar la mayoría de sus recetas —transmitidas por tradición oral de hijos a nietos— a Magda, que en aquel momento la ayudaba en el negocio mientras criaban a Anne.

Por aquel entonces Wyatt estaba en el ejército, y cuando Arethea enfermó no hubo nadie que pudiese tomar el testigo.

Se vieron obligados a cerrar la tienda.

Al principio, Magda hizo todo lo posible por mantenerla abierta, pero las famosas recetas de Arethea fueron una de las primeras cosas en desaparecer junto a su memoria.

Era algo con lo que no me costó empatizar: Arethea debió sufrir mucho al perder, de aquel horrible modo, el legado heredado de sus ancestros.

Cuando cayó la tarde, mientras buscaba los últimos frascos para la mermelada de higos de Magda, encontré una escoba apoyada en una de las paredes junto al patio interior.

Decidí aprovechar y barrer la arena acumulada en el suelo, ahora que no había mucho más que pudiese hacer en la cocina.

El patio, abierto al cielo, estaba teñido por la luz rojiza del crepúsculo.

Cada ráfaga de viento traía consigo un susurro de arena que se colaba entre las grietas de las paredes y caía desde las azoteas, acumulándose en montoncitos contra las esquinas.

La fuente central seguía seca, con su cuenco lleno de polvo y hojas secas que parecían haberse quedado atrapadas allí hacía semanas.

El aire olía a piedra caliente y a cal, y de fondo llegaba un tenue aroma dulce desde la cocina, donde todavía hervían los higos.

Me puse a trabajar con la escoba, aunque la arena volvía a deslizarse apenas un instante después de apartarla.

En ese momento Magda salió al patio y, al verme, se rió suavemente.

La luz del sol poniente resaltaba sus facciones y, aunque sus hombros cargaban con un pesado agotamiento, sus ojos brillaron con cierta picardía.

—Por el modo en que pasas la escoba, estoy bastante segura de que es tu primera vez.

Así que, al menos, ya sabemos que no eras un sirviente —dijo divertida, antes de palmearme el hombro con un gesto cariñoso y volver hacia la cocina.

Desde allí, su voz resonó de nuevo—: Tendré la cena en cosa de una hora.

Podemos comer aquí fuera, en la terraza, si quieres.

Asentí distraído, con la escoba aún en la mano, mientras daba vueltas a sus palabras.

Si mi sueño era un recuerdo, no estaba tan seguro de que tuviese razón.

No quise compartirlo con nadie, pero la idea me quemaba por dentro: por la forma en que aquel señor y sus esposos me hablaban, y por cómo yo mismo me había definido en mis sueños como “propiedad”, estaba convencido de que había sido algún tipo de esclavo.

Puede que nunca hubiese pasado una escoba en mi vida anterior, pero todo en mis recuerdos apuntaba a que tampoco había sido un ser humano libre.

Aquella noche cenamos en el patio, alrededor de una mesa de madera desgastada, marcada por años de uso.

Las sillas eran sencillas, de caña tejida, y crujían suavemente al apoyarnos.

Sobre la mesa reposaba un pollo especiado, humeante, que Magda había preparado con hierbas del desierto, cuyo aroma se mezclaba con el dulzor de los higos ahora descansaban en frascos cerrados, esperando a ser almacenados.

El aire del desierto, ahora mucho más fresco que durante el día, corría libre por el patio abierto, acariciando nuestra piel con una brisa ligera que hacía bailar las cortinas que colgaban en los arcos.

Desde el exterior llegaban sonidos dispersos: el murmullo de conversaciones de vecinos que charlaban a esas horas, carcajadas de niños jugando todavía en las calles, el golpe seco de algún objeto arrastrado por el viento.

Todo ello componía un fondo vivo y cotidiano que que me ayudó a realajarme y – una vez más- olvidar.

Anne hablaba sin parar, relatando con entusiasmo cómo uno de sus amigos había empujado accidentalmente a otro contra un muro mientras jugaban al pilla pilla.

Entre bocado y bocado, gesticulaba como si reviviese la escena, con Perrito echado a sus pies, atento al menor movimiento de comida que pudiese caer al suelo.

En un momento, Magda me observó fijamente y, tras unos segundos de silencio, declaró con firmeza: —Estás demasiado delgado.

Vale, sé que los omegas soléis ser más pequeños, tú ya me entiendes, pero lo tuyo no es normal.

Apenas comes y hoy no has parado.

Así que mañana nada de madrugar, necesitas algunos días de descanso.

Me quedé sorprendido por el tono.

No lo había usado antes conmigo.

Intenté sonreír mientras respondía: —No te preocupes, de verdad, estoy bien.

Y ya que estoy recibiendo alojamiento sin pagaros nada a cambio, creo que lo mínimo que puedo hacer es colaborar en las tareas.

Magda entrecerró los ojos y negó suavemente con la cabeza.

—Nos has salvado la vida dos veces.

No diría yo que eso es recibir alojamiento sin dar nada a cambio.

No habríamos vuelto de no ser por tu ayuda, así que hazme caso.

Si quieres ayudar, vale, pero mañana bajamos el ritmo.

¿Entendido?

No volverás a estar en plena forma si no descansas, y ya tenemos lista la mermelada.

Me limité a asentir, casi obediente, mientras volvía a mi plato.

La brisa fresca me ayudaba a tragar mejor, aunque seguía sintiendo que mi estómago se llenaba demasiado rápido.

Anne, completamente indiferente a aquella conversación, siguió con su relato.

Pasó de hablar del incidente del muro a narrar, con todo lujo de detalles, cómo su entrada triunfal en la plaza, montada sobre el lomo de Perrito, había cambiado, según ella, la jerarquía social entre los niños de la ciudad.

La pequeña acariciaba al chacal con orgullo, mientras él, como si entendiese cada palabra, agitaba su cola satisfecho.

Yo los observé en silencio.

Era imposible no sonreír al ver esa complicidad entre la niña y el cachorro, como si ambos se hubiesen estado esperando toda la vida para encontrarse.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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