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EL DEVOTO - Capítulo 19

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  4. Capítulo 19 - 19 LOBA CON PIEL DE RATA - LA PALOMA ROJA
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19: LOBA CON PIEL DE RATA – LA PALOMA ROJA 19: LOBA CON PIEL DE RATA – LA PALOMA ROJA —¿Está todo listo?

—pregunté al tiempo que cruzaba la puerta de la antigua vinoteca subterránea de la casa.

Erexas y Amran asintieron al unísono.

Era algo que solían hacer, cosa de gemelos, supongo.

Me dolía observar esa especie de sincronía que compartían, el modo en que ambos parecían hablar sin necesidad de palabras: él y yo, a pesar de no compartir sangre, habíamos tenido una conexión muy similar a la de aquellos gemelos.

Caminé hasta el centro de la sala.

Justo en medio, una gran tela blanca —similar a una alfombra— se extendía en el suelo, cubriendo más de la mitad de la estancia.

Se trataba de un tapiz que, en su interior, albergaba la estructura y los símbolos de un círculo mágico doble.

Los Atum con capacidad para ejecutar ese tipo de rituales, como Erexas, solían emplearlos para concentrarse sin la obligación de dibujar a mano los engorrosos y complejos trazados mágicos necesarios para cada conjuro.

Mi hermano nunca necesitó de aquel tipo de “ayudas”, aunque él fue un genio como ninguno.

Aunque tanto los gemelos como yo éramos Atums, Amran y yo solo poseíamos el eco de Thot: insuficiente para ejecutar magia.

Amran, sin embargo, contaba con el extraño don del beso de Heka —el poder de la hechicería—, que le otorgaba cierto control sobre los elementos: fuego, aire, o incluso la tierra.

En una ocasión, llegó a hacer caer un rayo directamente sobre el cráneo de un atacante originario del imperio de Ra.

Aquel día confirmé que alguien capaz de semejante muestra de violencia debía estar a mi servicio.

Dentro del tapiz se ilustraban dos grandes círculos, conectados por una serpiente que servía de hilo entre ambos.

En el círculo más lejano se encontraba sentada, enfundada en uno de sus trajes oscuros, la figura inconsciente de nuestro queridísimo señor Grobber.

En el otro aguardaba una segunda silla vacía: la mía.

Ocupé mi asiento, lista para la asquerosa experiencia que me aguardaba, y traté de relajarme en la medida de lo posible.

Amran me entregó el té con una mirada de ánimo, y di un largo sorbo a aquella mezcla amarga antes de dejar que el humo de la estancia nublara mis sentidos.

Fuera de los círculos del tapiz, los gemelos comenzaron el ritual.

Mientras su hermano sostenía el grimorio, abierto frente a ella por la página indicada, Erexas empezó a recitar el antiguo conjuro.

Poco después, su voz comenzó a reverberar entre las paredes, hasta que aquella vibración sacudió todo mi cuerpo, casi como si millones de hormigas trepasen por mi piel, buscando, abriéndose hueco hasta el interior de mi carne.

Mi visión se nubló.

El entorno empezó a transformarse: primero se volvió difuso, luego un torbellino azul y púrpura me obligó a cerrar los ojos para no llorar.

Finalmente, la realidad pareció volver a asentarse y la vibración se detuvo.

Solo que yo ya no estaba en mi cuerpo, ahora me encontraba en un cuerpo extraño, y a la vez conocido.

Seguía siendo yo misma, solo que en la piel de aquel venerado violador conocido como señor Grobber.

Alcé una de sus rollizas y peludas manos, y toqué con desprecio la piel grasienta de su rostro.

Empecé a reír.

El intercambio de cuerpos había funcionado sin problemas.

—Bien —dije, probando el peso de aquella voz ronca—, parece que ha llegado el momento de alterar el rumbo de este continente, queridos.

Una sonrisa oscura se dibujó en mis labios, correspondida de inmediato por las de los gemelos.

Poco después salí, acompañada por la guardia personal de Grobber, rumbo a la reunión que llevaba semanas esperando con los delegados comerciales del Imperio de Ra.

El aerodeslizador abandonó el distrito del Valle, junto a la costa, donde se alzaba la mansión del señor Grobber, y se dirigió hacia el área comercial, donde tendría lugar el encuentro.

Odiaba aquella ciudad.

Nebrea, capital de la Confederación de Zharim, era un lugar insoportable.

No solo por el ruido constante o las aglomeraciones interminables: era todo.

Su gente, sus dirigentes, su pretenciosa arquitectura…

todo en ella olía a imitación.

Una mísera copia de la capital del Gran Estado Solar, al sur.

En el sur, la capital no se limitaba a una única urbe, sino a cuatro: la Costa de Heliópolis y las ciudades de Alto Heliópolis, Medio Heliópolis y Bajo Heliópolis.

La costa servía de residencia y campo de juego a las familias nobles, a los ricos y a los poderosos.

Las otras tres eran su granero, su fábrica y su fuente de comercio.

A los dirigentes de Zharim les fascinó aquella idea: mantener a los ricos bien lejos de los trabajadores.

De ahí surgió su propia división por distritos, una réplica torpe y chapucera del lugar que, durante muchos años, fue mi hogar.

En Nebrea, el dinero era causa, efecto y razón única del estatus.

Aquello atraía a cualquiera con la ambición suficiente para levantar su propio negocio.

Muchos de ellos, cargados con la misma violencia que habían aprendido de sus antiguos patrones, replicaron ese modelo hasta el extremo, dando forma a un Estado gobernado por nuevos ricos: individuos con tendencias sociopáticas y un ansioso deseo de tener siempre a alguien debajo, a otra persona a la que poder pisar.

Si mi información no era errónea —y nunca lo era—, el nuevo gobernador Amirells estaba a punto de aprobar un proyecto legislativo que haría precisamente eso: legalizar la esclavitud en Zharim.

Lo llamaban “trabajo con cuidados”.

Eran muy buenos con las palabras, con la parte del discurso; pero cualquiera capaz de mirar un poco más allá del decorado sabría la verdad: era un intento de convertir a los Omegas, e incluso a algunos Atums, en esclavos sexuales de aquellos mal llamados señores.

Me daban asco.

Pero, por desgracia, ese era un terreno de juego al que ya no me atrevería a aventurarme.

No sin él a mi lado para comandarme.

Poco después, el vehículo aparcó frente al Gran Hotel de Vermail, uno de los mejores de aquella insípida ciudad, no muy lejos de la embajada del Imperio de Ra.

Al dar una decena de pasos comprendí que imitar el modo de andar de Grobber no me costaría demasiado.

Su rodilla izquierda estaba completamente destrozada, igual que el tobillo derecho.

Aquella forma de caminar que, al principio, me había recordado a la de un pato, de pronto cobró sentido.

Entré en el bar del hotel, seguida de cerca por su guardia personal, y me senté en el reservado que solía ocupar cada vez que celebraba allí una de sus reuniones.

Tal vez no dominara todas sus expresiones faciales ni sus gestos, pero, en esa situación concreta, aquello jugaría a mi favor: aquellos adversarios no tendrían la menor idea de lo que estaba pensando.

Era fácil reconocer a ese tipo de fanáticos.

Iban vestidos por completo de blanco, con pequeños detalles dorados repartidos estratégicamente en sus trajes de tres piezas.

Contuve el desprecio y les dediqué esa sonrisa servil con la que Grobber solía agasajar a cualquiera capaz de proporcionarle una nueva fuente de ingresos.

—Es un placer volver a verles —dije, sin perder ni un ápice de aquella sonrisa.

—Señor Grobber —respondió el que parecía al mando, inclinando levemente la cabeza antes de sentarse.

Con un movimiento calculado —el mismo que le había visto repetir decenas de veces antes del día en que encerré su espíritu, su esencia y su identidad en aquel frasco que guardaba en el armario—, llamé a uno de los empleados para que nos trajera una botella de Rhemmer, esa basura que él solía considerar su licor favorito.

El encargado de adquisiciones me miró con una seriedad impostada antes de comenzar a hablar.

—Señor Grobber… sabe que lo que nos trae hoy aquí… Le interrumpí con una sonrisa radiante, imitando de nuevo ese gesto tan propio de la rata cuya piel habitaba en aquel momento.

—Por favor, señores, nada de trabajo hasta que hayamos probado este excelente licor.

Ambos se miraron, brevemente, antes de asentir.

Yo, por mi parte, me recosté en el asiento.

Empezaba el juego.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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