EL DEVOTO - Capítulo 2
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
2: OSCURIDAD – SIN NOMBRE 2: OSCURIDAD – SIN NOMBRE Según los escritos y testimonios que llegaron hasta nosotras, todo empezó con una pregunta sin respuesta.
La naturaleza humana —en cualquier plano de existencia— siempre compartió un mismo rasgo: la curiosidad.
La búsqueda constante del asombro ante un nuevo descubrimiento.
Ese asombro, esa sed de verdad, fue lo que, a fin de cuentas, produjo la unificación de los mundos.
Es difícil juzgarles por sus decisiones.
En todas las eras hemos cometido imprudencias similares.
Quizás todo se resuma en eso: la curiosidad desmedida de los hombres.
“Sobre el origen de la Cuarta Era” Año 15346 de la Cuarta Era.
Registro 0101 de la Matriarca Mairead del clan Gleann Uaine.
Todo empezó en la oscuridad.
Antes de abrir los ojos, antes siquiera de comprender dónde estaba, sentí un cálido roce que me hizo tragar con fuerza.
—Amor mío… es hora de despertar.
La voz se desvaneció como un eco, un susurro que habría dado cualquier cosa por recuperar.
Me esforcé en encontrarle, buscarlo en aquel vacío, pero lo único que encontré fue el áspero contacto de las sombras.
La oscuridad era el principio, el fin, y todo lo que habitaba entre ambos.
Pero en algún momento dejó de ser silenciosa, dejó de ser apacible.
La misma sombra que me había cuidado durante tanto tiempo comenzó a volverse opresiva.
Y ahí empezó todo.
Ahí fue cuando llegó el movimiento.
Mis extremidades empujaban una y otra vez, golpeando con más fuerza contra la resistencia de esa negrura inmensa.
Hasta que lo sentí.
Algo.
Otro lado.
Mi cuerpo salió expulsado de la negrura, y una nueva palabra apareció en mi mente: respirar.
Lo intenté, pero al principio solo tosí.
Miles de granos finos de esa oscuridad, que ahora – bajo la luz- se había vuelto clara, se colaron en mi garganta.
Mis extremidades, pesadas, apenas conseguían incorporarse.
Agua corría por mi rostro, descendiendo hacia esa parte de mi cuerpo que, sedienta, intentaba atrapar el nutriente del cielo: un poco de… no recordaba la palabra, pero sabía que era aquello que se respiraba.
Cuando dejé de toser, pasé una de mis extremidades superiores sobre aquella oscuridad clara que ya no era un muro compacto a mi alrededor, sino millones de partículas.
La palabra vino a mi cabeza como un trueno: arena.
La arena era importante para mí.
¿Era yo arena?
Abrí los cinco filos que componían mi extremidad superior y los hundí en los granos suaves.
A lo mejor yo también era arena.
Aunque no conseguía recordarlo.
Pero no era pequeño.
Miré mis extremidades, superiores e inferiores: no era claro como la arena.
Todo mi ser parecía cubierto de una capa negra, mate, apelmazada y adherida a mi, como si mi piel cargara con algo pesado.
O quizá sí era arena, y pesaba demasiado para sostener aquel extraño cuerpo que respiraba.
Me giré hacia arriba, lejos de la arena, hacia donde era más difícil respirar, y cerré la parte de mí que captaba todos aquellos colores.
Había demasiada luz.
Demasiado color.
Y entonces, una nueva palabra apareció en mi interior: ver.
Intenté recuperar la paz, el silencio y la oscuridad, pero cada vez había más ruidos y más luces.
En el cielo brillaban dos orbes distintos: uno hacía que todo brillase demasiado, pero debajo de la segunda había mucho más silencio y calma.
La primera luz me obligaba a hacerme un ovillo sobre mí mismo, para protegerme de su fulgor; la otra era más suave, con un brillo blanco que no dolía ni quemaba, solo ofrecía una claridad apacible.
Entonces recordé su nombre: Luna.
Cuando la luna se hubo ido y vuelto cuatro veces, empecé a incorporarme poco a poco.
Tardé otros dos ciclos más en lograr quedarme completamente de pie.
Entonces comencé a mirar más allá de ese agujero por el que veía la luna, y que al mismo tiempo me obligaba a esconderme del otro orbe, el que quemaba y me hacía tanto daño.
Estaba en un lugar cubierto, del color de la arena.
Al fondo había luz, así que la seguí.
Poco a poco, las luces me llevaron hasta fuera de la oscuridad, donde todo era arena clara y el hermano cálido de la luna ascendía en el cielo.
Avancé sin mirar atrás ni hacia arriba, sin saber si la luna había vuelto o si el que quemaba seguía en lo alto.
Al principio intenté pensar, pero un crujido me atravesó entero y recordé otra palabra: dolor.
Pensar dolía, así que solo me moví sobre la arena.
Hasta que un ruido me hizo cambiar de dirección.
Lo reconocía: no las palabras, pero sí el sonido del dolor y de eso otro que aún no lograba nombrar.
Llegué a una explanada donde un ser más pequeño que yo, agazapado, avisaba a cuatro figuras de que no debían acercarse.
Tres de ellas llevaban ropas largas… túnicas, recordé.
La cuarta iba del mismo color que la arena.
—¿En serio te vas a asustar ahora por ese cachorro?
—dijo una de las túnicas negras—.
Acabas de matar a su madre, no seas cobarde y clávale ya la aguja.
Tenemos que irnos antes de que anochezca, o puede que otros de su manada nos olfateen.
Los dichosos chacales de Anubis tienen muy buen olfato.
—¿Que lo haga él, no?
—preguntó la segunda túnica negra, señalando al hombre vestido del color de la arena—.
Para eso le hemos pagado.
—Me habéis pagado para que os traiga, no para haceros el trabajo sucio.
Además, no sabía que ahora os dedicabais a la venta de especies exóticas.
Pensaba que lo vuestro eran los no-muertos y todo eso —respondió él, rascándose la nuca.
—De algo hay que sacar dinero.
Aunque no sería mala idea llevarnos también el cadáver de la madre, llevo tiempo queriendo probar un par de experimentos —comentó la tercera figura.
Al verlos, allí a los cuatro, una palabra emergió de entre el dolor.
Una palabra que no quería recordar: miedo.
Entonces, sin pensar, una de mis extremidades se movió hacia el hombre del color de la arena, el más cercano.
No llegué a tocarlo, pero con el movimiento de mi extremidad todo su cuerpo se contorsión con un chasquido seco, y entonces cayó al suelo.
Su parte superior ya no estaba erguida, sino doblada de forma imposible junto al resto de sus extremidades.
Y recordé una nueva palabra: muerto.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com