EL DEVOTO - Capítulo 20
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- Capítulo 20 - 20 LA BIBLIOTECA DE ARETHEA - ZIGGUR
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20: LA BIBLIOTECA DE ARETHEA – ZIGGUR 20: LA BIBLIOTECA DE ARETHEA – ZIGGUR El mundo estaba a oscuras; sombras de arena me envolvían, no veía nada.
Tampoco necesitaba ver en aquel momento, porque él estaba conmigo.
Sentí el calor de su respiración contra la parte trasera de mi cuello.
Sus labios, tan cerca y a la vez tan lejos, empezaron a descender por el arco que conducía a la parte alta de mi nuca, provocando ligeros escalofríos a su paso.
Entonces, aquel pulso de aire caliente volvió a descender, casi como si jugase conmigo, como si me provocase para que, de nuevo, me derritiese ante él, bajo su cuerpo.
Él era tan grande que yo sabía que, en ese conocido baile sin palabras, repetía todos aquellos preliminares y juegos previos para no dañarme; nunca me haría daño.
Su boca finalmente encontró su hogar en la parte más tierna de mi cuello, donde empezó a desplegar suaves besos, al tiempo que su cálida y gigantesca mano descendía por el arco de mi espalda desnuda, cada vez más hacia abajo, hasta donde la humedad natural de mi cuerpo se concentraba, preparándome para acoger a mi Khepri, una vez más.
Mi cuerpo parecía insaciable, incapaz de vivir sin su tacto, sin su cercanía, sin la sensación de que, finalmente, éramos uno de nuevo.
Con un sobresalto y la respiración agitada, desperté de aquel sueño sujetando ambos lados de las sábanas con fuerza, buscando un sostén que me permitiese volver a la realidad.
Una capa de sudor pegaba la camisa a mi cuerpo; mi respiración ardía con las sensaciones fantasma que había traído el sueño.
¿Imaginación o recuerdo?
No lo tenía claro.
Lo único que supe fue que, al volver del mundo onírico, me invadió una profunda sensación de soledad y tristeza.
El dolor de la pérdida me apretaba el pecho; sentí el corazón hecho un puño y unas ganas terribles de llorar por haber despertado antes de poder darle un último beso, un abrazo final, un adiós a aquella sombra sin nombre, sin voz ni rostro, a la que, por algún motivo, añoraba con todo mi alma.
Tras aquel sueño pasé lo que me parecieron horas dando vueltas en la cama, incapaz de descansar de nuevo, asaltado por todas aquellas sensaciones: la dominación, el pulso de su piel contra la mía… Hundí el rostro en la almohada y dejé escapar un suspiro.
Poco a poco, mi respiración se fue calmando y los pensamientos y sensaciones dejaron de agolparse en mi mente drenada.
No fui consciente de mi propio agotamiento hasta que desperté al día siguiente, mucho después del amanecer.
El aire cálido ya se colaba por el balcón, acompañado del rumor lejano de la ciudad que se desperezaba.
Era como si las últimas dos semanas las hubiese pasado en un constante estado de supervivencia, siempre alerta, siempre a punto de caer.
Ahora, con el estómago lleno y el cuerpo finalmente pagando aquella deuda mental y física, me preguntaba cómo había sido siquiera capaz de sobrevivir a la travesía por el desierto.
Me sentía pesado; cada movimiento exigía un gran esfuerzo, como si, ahora que había llegado la calma, mi cuerpo reclamase el tiempo necesario para recomponerse.
Y, aun así, algo en mí decía que me encontraba mejor de lo que debería.
Especialmente teniendo en cuenta que la mitad del trayecto desde el oasis apenas probé agua, entregando casi todas mis raciones a la niña.
Era sorprendente que las arenas del desierto no me hubiesen engullido ya a esas alturas.
Solo podía dar las gracias a los dioses.
Tardé mucho más que el día anterior en vestirme.
Esta vez opté por una túnica larga de color blanco, ligera y algo áspera al tacto, cuyo tejido dejaba escapar el aire para aliviar, aligerando el sofocante calor de Per-Shedet.
Me puse mi segundo par de pantalones: de un tono oscuro, cercano al marrón, cuyo color se había suavizado, bajo el efecto del sol, hasta darle un aspecto apagado y curtido por el desgaste.
Aquella mañana no tenía ninguna tarea, por lo que aproveché para explorar las zonas comunes de la primera planta de la casa.
Tras horas pelando higos en la inmensa cocina, el día anterior, me podía permitir conocer algo más aquella casa.
El primer salón contaba con varios asientos de aspecto gastado, colocados en círculo alrededor de un gran fragmento del suelo que parecía más pulido que el resto.
En el centro, una mesita, de baja altura y con marcas de uso, dejaba claro que aquella estancia estaba pensada como un espacio de reunión.
La sala, cerrada y un tanto cavernosa, se mantenía fresca pese al calor exterior.
El aire allí olía a polvo antiguo y a madera seca, como si el tiempo se hubiese detenido en su interior.
A lo largo de los muros se alzaban estanterías con fotografías enmarcadas y pequeños objetos decorativos que me llamaron la atención: tazas de cerámica con bordes mellados, una lámpara de aceite cubierta de hollín, figuras talladas en piedra.
Eran recuerdos, fragmentos de otras vidas que parecían habitar la casa tanto como las personas que aún vivían en ella.
Una parte de mí sintió que estaba husmeando en algo demasiado íntimo, como si me asomara a la memoria de una familia casi borrada por el paso del tiempo.
Aquello no estaba bien.
Retrocedí en silencio y salí, en dirección al segundo salón del que me había hablado Magda.
Aquella segunda estancia parecía menos privada y familiar, más un espacio pensado para recibir invitados.
Contaba con sofás altos, de tapicería desgastada por el uso, y un par de mesas de aspecto cobrizo, sobre las que reposaban varios jarrones de cristal vacíos, pintados con tonos verdes, azules y rojizos.
En el centro del techo colgaba una gran lámpara del mismo tono cobrizo, de brazos curvos, que seguramente había conocido tiempos mejores.
Sin embargo, lo que realmente atrajo mi atención fueron las estanterías que cubrían desde el suelo al techo toda la pared izquierda.
Estaban abarrotadas de libros.
La sala no transmitía esa sensación de encierro que percibí en el primer salón.
A ambos lados de la puerta, dos ventanas abiertas daban al patio interior y dejaban entrar una suave brisa junto a la luz clara de la mañana, que se reflejaba en el cobre de la lámpara y en los cristales de colores, dándole al espacio un aspecto más cálido y vivo.
Desde allí se escuchaban voces apagadas, risas de niños y algún que otro rumor de conversación.
El aire que circulaba hacía que las motas de polvo parecieran brillar alrededor de las estanterías.
Me acerqué despacio, pasando un dedo sobre las cubiertas.
El polvo se pegaba a la yema de mis manos, dejando trazos en la superficie, como si estuviese desenterrando recuerdos.
Había historias de todo tipo: cuentos, novelas, relatos antiguos que parecían llevar allí generaciones y otros volúmenes más recientes, con lomos apenas marcados por el uso.
Mi mano se detuvo en uno en particular.
Su cubierta gastada, de un cuero rojizo y suave, estaba menos cubierta de polvo que el resto.
Las letras brillaban en dorado, resaltando sobre el lomo.
Lo extraje del estante con cuidado, con temor a dañarlo, y leí en silencio el título: —La historia de amor de Paolo y Francesca, una historia reescrita.
Ese era uno de los libros favoritos de la Yaya —escuché entonces decir a Magda, que me observaba desde la puerta, con una pequeña sonrisa y voz cargada de nostalgia—.
Antes de enfermar, quiero decir… Guardó silencio un instante, con la mirada perdida en el lomo del ejemplar.
Luego suspiró y negó ligeramente con la cabeza, como si se desprendiese de un pesado recuerdo: —Tengo que ir a comprar algunas cosas para Anne.
Pasado mañana vuelve a la escuela y todavía no he podido comprar los cuadernos y materiales escolares que necesita… Si su madre siguiese viva… me odiaría por haberla obligado a atravesar el desierto hasta el oasis tantas veces.
Pero… esta vida es dura, ¿sabes, Ziggur?
—se apartó un mechón de cabello de la frente con un ligero temblor en la mano, antes de desviar la mirada hacia la ventana—.
No quiero que, si me pasa algo, esté indefensa o no sepa qué hacer.
Hellen me convenció: no puedo criarla como nos criaron a nosotras, para ser tan cándida en un mundo que la devorará a la primera de cambio.
—Lo entiendo, Magda… —respondí mirándola a los ojos, notando cómo cada palabra se me clavaba—.
Sí, Anne es una niña, pero es fuerte.
Entiende mucho más de lo que se le dice y, sabiendo cómo ha sido vuestra vida… comprendo que quieras que tenga las herramientas para salir adelante sola si algo os sucediese.
Magda me sostuvo la mirada durante unos segundos, como si calibrara si aquellas palabras eran sinceras.
Luego, muy despacio, esbozó una media sonrisa cansada y asintió en silencio, dejando que un atisbo de alivio suavizara por un momento el peso de sus preocupaciones.
Ella, emocionada y más cargada por la culpa de lo que había pensado, me dijo simplemente: —Gracias.
Luego volvió la vista al libro entre mis manos y, con un leve titubeo, añadió: —Por cierto, siento pedirte esto después de decirte que debías descansar, pero el hijo de Aaliya se encuentra mal hoy y ella no podrá venir a pasar tiempo con la Yaya.
¿Crees que podrías sentarte un rato con ella mientras no estoy… y leerle un poco?
—Sin ningún problema —respondí recogiendo el libro con cuidado—.
Le leeré todo el tiempo que haga falta.
El gesto de Magda se suavizó, como si aquella respuesta le hubiese quitado un peso más de los hombros.
Me sonrió con cansancio, pero también con un brillo sincero en los ojos.
—Gracias, Ziggur, eres un sol.
Me alegro mucho de que los dioses te mandasen a nosotros.
Con esas palabras salió del salón, aunque apenas dio unos pasos antes de girarse y añadir: —Ah, su dormitorio es el tercero de la segunda planta.
Intentaré volver lo antes posible.
Se despidió de nuevo con un gesto de la mano y, desde el patio, llamó a Anne, que jugaba entre risas con Perrito.
La niña corrió hacia ella, todavía con las mejillas encendidas por la emoción, y juntas salieron en dirección al mercado, donde podrían encontrar los materiales escolares que Anne necesitaría para los próximos meses de clase.
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