EL DEVOTO - Capítulo 21
- Inicio
- Todas las novelas
- EL DEVOTO
- Capítulo 21 - 21 AMISTADES SILENCIOSAS - ZIGGUR
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
21: AMISTADES SILENCIOSAS – ZIGGUR 21: AMISTADES SILENCIOSAS – ZIGGUR Poco después de hablar con Magda subí, por primera vez, a la segunda planta de la casa.
Caminaba descalzo —pues no podía arrastrar por aquel suelo las mismas botas con las que había atravesado el desierto— y mis pasos apenas hacían ruido sobre la piedra.
Una parte de mí se relajó ante aquella sensación, pues seguía añorando el silencio, esa paz que solo había sentido bajo tierra durante los… No tenía idea de cuánto tiempo había pasado allí.
Aunque sabía que no era humanamente posible que hubiese sido demasiado, algo en mi cuerpo me decía lo contrario: como si hubiese dormido más de lo debido, dejando al mundo seguir su curso durante mi reposo.
La segunda planta de la propiedad —donde se encontraban el dormitorio de Anne y el que compartían Hellen y Magda— parecía más cuidada que la tercera.
La madera del pasamanos de los pasillos abiertos, con vistas al patio interior, estaba limpia, como si alguien se ocupara personalmente de pasar el polvo cada día.
Nada que ver con el abandono de la planta superior.
Me prometí que de ahora en adelante me encargaría de mantener los pasillos de mi planta.
Era evidente que el cuidado del hogar no estaba entre las prioridades de Wyatt, mi único compañero en la tercera planta.
Me dirigí al dormitorio de Arethea, con el libro entre las manos y una extraña sensación de nervios.
Al abrir la puerta, me encontré con una estancia pintada en cálidos tonos tierra, la habitación más limpia y cuidada de toda la casa.
En el centro se extendía una gran cama cubierta por sábanas claras.
Una ventana que iba del suelo al techo, con vistas al patio interior, bañaba el lugar de luz suave.
La pared de la derecha estaba cubierta de armarios empotrados.
A la izquierda, sentada en una butaca, descansaba la famosa yaya, con la mirada perdida en el horizonte.
Arethea era una mujer de presencia imponente incluso en su actual fragilidad.
Su rostro, surcado por líneas suaves y profundas, transmitía la dignidad de toda una dama del desierto.
La piel clara, marcada por el paso del tiempo, parecía casi traslúcida bajo la luz que entraba desde el patio.
Sus ojos, de un azul acerado que alguna vez debió de ser deslumbrante, miraban a lo lejos, lechosos, con la calma inquietante de quien se encuentra a medias entre este mundo y otro.
El largo cabello blanco le caía suelto sobre los hombros y la espalda, una cascada nívea del mismo color que la túnica blanca que vestía.
Sobre ella llevaba una bata ligera de color azul, rematada con ribetes plateados que brillaban sutilmente cada vez que la luz se movía por la estancia.
Sentada en su butaca, recta a pesar del cansancio, parecía una reina en exilio, detenida en un su propio tiempo, y en el silencio de aquella estancia.
Toqué suavemente la puerta dos veces con los nudillos antes de entrar con pasos lentos.
—Buenos días, señora Arethea.
Mi nombre es… bueno, me llaman Ziggur.
Es un placer conocerla.
Magda me ha pedido que la acompañe esta mañana.
He pasado por la biblioteca y… bueno, estaba pensando en leer un rato, en voz alta, si a usted le parece bien.
La mujer tardó casi un minuto entero en girar la vista en mi dirección.
Cuando lo hizo, me di cuenta de que no parecía estar del todo allí: su mente fragmentada apenas alcanzaba a registrar el movimiento, la vida misma que la rodeaba.
Con un suave suspiro, me senté en la silla vacía frente a ella.
—¿Sabe?
—dije, con un hilo de voz—.
Mi mente también está confusa la mayor parte del tiempo.
Aunque creo que lo mío es distinto a lo que le sucede a usted… A mí también me cuesta recordar las cosas.
Ni siquiera recuerdo mi propio nombre, así que ya puede imaginarse.
La señora entonces pareció fijar la atención en mí, apenas un destello, mientras alzaba una ceja con un gesto leve que interpreté como un asentimiento.
—Pero bueno —añadí, al darme cuenta de que me estaba desahogando más que animándola—.
Usted tiene a su familia, así que no tiene que preocuparse por olvidar algunos detalles.
Ellos siempre estarán ahí para recordárselos… Yo… ojalá tuviese también algo así.
Debe sentirse honrada de tener tanto amor, señora Arethea.
Ella soltó un pequeño suspiro.
Quizás todo aquel intercambio no fuese más que imaginaciones mías, pero sentí que aquella mujer seguía ahí, atrapada bajo las telarañas del silencio y la enfermedad.
—Si le parece bien, empezaré por el principio de la historia —dije, acomodando el libro entre mis manos—.
Magda ha tenido que ir a comprar cosas para el nuevo curso de Anne, aunque antes de salir me dijo que esta historia es una de sus preferidas.
Abrí el ejemplar despacio, como si cada página encerrase algo sagrado, y añadí en voz baja: —Solo espero que acabe bien.
Me gustan los finales felices… o eso creo.
Pero, por algún motivo, me entristece mucho la idea de pensar que otra historia más acabe mal.
Creo que nunca había expresado tantos pensamientos en voz alta, al menos no frente a ninguno de mis compañeros de viaje.
Pero con Arethea era distinto.
No tenía miedo de ser juzgado por ella: estaba tan atrapada en su propia mente como yo lo estaba en mi propia vida.
Entonces, con una voz tan suave que incluso dudé haberla escuchado realmente, la anciana respondió: —No es el final, joven… solo el principio.
Tras aquella declaración —que no supe bien si había sido real, o producto de mi propia necesidad de respuestas— abrí el libro de nuevo.
Leí en voz alta, casi sin pausa, hasta que noté que el sol se había desplazado y los haces de luz entraban en la habitación desde un ángulo distinto.
Debían de haber pasado tres, o quizá cuatro horas.
—¿Quiere usted algo de beber?
—pregunté, estirando las rodillas y desperezándome.
Una punzada de culpa me recorrió al añadir—: Ha sido una descortesía no preguntarle antes.
Me disculpo; creo que la historia me ha absorbido más de lo que pensé que lo haría.
La anciana soltó un suspiro breve y, con lo que pareció una ligera negación de cabeza, rechazó la oferta.
Fue entonces cuando lo vi.
Bajo su piel, como si algo se moviese por debajo de la superficie, surgieron haces oscuros que se extendieron en delgados filamentos a través de su cabeza.
Era como si una telaraña de sombras palpitase al ritmo de su corazón y de su mente, pulsando con cada nuevo latido.
Algo en mi interior se agitó.
Mis dedos ardían con la necesidad de posarse en su frente, de hacer algo que aún no comprendía.
Me levanté, casi en trance, con pasos lentos, guiados por una fuerza invisible.
La distancia se fue cerrando: unos centímetros, apenas un suspiro entre mi piel y aquella maraña de oscuridad que vibraba bajo la piel de Arethea.
Y justo entonces, cuando mis manos estaban a punto de rozarla, un sonido interrumpió el hechizo: alguien se aproximaba a la puerta.
Una mujer joven, de aspecto alegre, entró con una sonrisa.
Cargaba una bandeja de bronce tan grande que debía pesarle en los brazos, llena de fruta fresca y platos de barro humeantes que inundaron la estancia con un aroma delicioso.
—Hola, tú debes ser Ziggur.
Yo soy Aaliya —se presentó con naturalidad—.
Me he pasado para ver si todo estaba bien y, de paso, traer algo de comida.
Magda me dijo que hoy cuidarías de Arethea, pero pensé que seguramente no sabrías cómo usar la cocina, especialmente cuando… ya sabes.
No necesitó decir más.
Su rostro, avergonzado, completó la frase: especialmente cuando no recuerdas ni tu propio nombre.
Asentí agradecido y regresé a mi asiento, pasándome las manos por los pantalones en un intento de disipar el calor extraño que aún irradiaba de mis dedos.
La sensación me había dejado inquieto, como si algo hubiese estado a punto de suceder.
Aaliya, sin darle importancia, se encargó de dar de comer a Arethea, mientras yo picaba con ella algo de la comida de la bandeja y acompañábamos todo con una bebida fresca y chispeante que me dijo se llamaba limonada.
Se quedó con nosotros hasta que Magda y Anne regresaron cargadas de bolsas tras su día de compras, seguidas de Perrito, que entró en el patio arrastrando las patas y se dejó caer en el suelo como una alfombra.
Aquel lugar empezaba a sentirse justo como había dicho Wyatt nada más llegar: hogar, dulce hogar.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com