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EL DEVOTO - Capítulo 22

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Capítulo 22: UNA JAULA DE ORO – KHER

Aquella sesión de tortura psicológica, así como la absoluta inacción de Atenhamadi, me dejaron completamente perdido. No entendía nada. Tardé pocos días en descubrir que el té diario consistía en que uno de los cuatro consortes insultara y minara poco a poco su mente. Los improperios se alternaban con sugerencias de suicidio y amenazas veladas; era horrible, algo que no lograba comprender.

Esa primera tarde le pregunté a Ezra, incapaz de contener mi curiosidad al respecto. Ella, con expresión triste, me explicó:

—Los consortes le odian. Atenhamadi lleva toda la vida soportándolo, pero nunca dice nada; cree que quejarse podría traerle problemas aún mayores con los hijos de Khalid.

Negó con la cabeza y continuó:

—Amsu sabe algo, aunque Atenhamadi nos ha prohibido hacer nada. Todo empeoró hace tres o cuatro años, cuando se fue de la casa Seti, el hijo pequeño.

—No lo entiendo, Ezra —dije—. ¿Entonces sus hermanos le protegían de sus propios padres o algo así?

Los ojos de Ezra se abrieron como platos. Apoyó las manos en mis hombros y me obligó a mirarla a los ojos.

—Nunca, absolutamente nunca, vuelvas a decir eso. Atenhamadi no es hijo de esta casa; es un protegido de los Sethkhem. Una vez, un joven se refirió a él como su “hermano” y los tres herederos de la casa le dieron tal paliza que lo dejaron irreconocible.

Eso sí que me asustó. Ella movió la cabeza de un lado a otro, comprobando que nadie nos hubiese escuchado, antes de añadir, en tono aún más bajo:

—Lo único que debes saber es que Atenhamadi no está solo ni desprotegido. El té es horrible, pero es todo lo que esas hienas pueden hacerle. No pueden tocarle ni un pelo, al menos por ahora.

—Solo destrozarle la mente —repliqué, poco convencido.

Ella simplemente asintió.

Salimos al pasillo y entonces llegó el tercer guardia de Atenhamadi. Aquella fue la primera vez que lo vi y, desde ese momento, me resultó absolutamente imposible apartar la mirada. Su nombre, breve y cortante, resonaría en mi cabeza durante mucho, mucho tiempo: Qebem.

Los días dieron paso a las semanas y, antes de que me diese cuenta, había pasado más de un mes desde que empecé a trabajar en aquella casa. Los tres guardias personales de Atenhamadi, según me contaron más tarde, no tenían permitido hablar directamente con nuestro señor. Los herederos de la casa Sethkhem dejaron claro que su deber era proteger, no socializar, por lo que se les ordenó que, siempre que debiesen comunicarle algo, lo hiciesen a través de uno de los integrantes del séquito. Pese a mi vergüenza y rechazo inicial, aquello terminó acercándome a Qebem con más frecuencia y en más aspectos de los que nunca hubiese creído posible.

Los primeros días nuestras interacciones fueron de lo más formales: “el señorito Atenhamadi debe ir al comedor principal” o “el profesor le espera en la sala de prácticas”, pero, conforme pasaban los días, las miradas empezaron a dar lugar a las palabras; las palabras, al interés; y dicho interés a que empezáramos a vernos después de nuestra jornada de trabajo. Antes de entender siquiera lo que estaba sucediendo, caí profundamente enamorado de Qebem.

Una mañana recogía los libros del estudio —volúmenes con cubiertas llenas de símbolos mágicos— cuando una risita a mis espaldas me provocó un pequeño escalofrío de excitación. Reconocería aquella risa en cualquier lugar. Me giré despacio y lo vi: Qebem estaba apoyado en el dintel, observándome con los brazos cruzados sobre el pecho. Volví la vista a la estantería y escuché sus pasos sobre la madera del suelo: lentos, calculados, cada vez más cerca. Sus simples movimientos parecían alterar más y más el ritmo de mi respiración, de un modo que no había sentido nunca antes, en toda mi vida. Qebem era muy cuidadoso en todo lo relativo al contacto físico. Conocía mis traumas y mis miedos, y sabía que ese lento acercamiento, quizá un tanto depredador, pero principalmente cortés y cuidadoso, era necesario para que no saltase, gritando por el pánico, ante cualquier forma de contacto inesperado.

Finalmente, su cálido torso rozó mi espalda. Posó una mano en mi cadera con su palma caliente y firme. La otra pasó por mi muñeca y se detuvo en el reverso de mi mano, sosteniéndola con cuidado. Tomó el libro y, sin apartar su boca de la parte trasera de mi cuello, lo colocó en su lugar de la balda sin esfuerzo. Al apartarse, su pecho quedó pegado a mi omóplato. Aquella presión breve, su cuerpo contra el mío y su respiración en mi cuello lograron que mi corazón empezase a latir en la base de mi garganta.

—Buenos días, Kher —susurró en mi oído. Su voz bajó, cercana, y el murmullo de su aliento vibró contra mi piel.

Me giré. Le devolví la sonrisa, con timidez, aprovechando para comprobar que no hubiese nadie.

—Buenos días, Qebem.

El azul de su mirada me dejó sin aire. Sentí la saliva secarse en mi boca; el pulso latiéndome con fuerza en el cuello. Cuando inspiró, noté el calor de su aliento rozando la piel de mi oreja y, con su aspiración, una ola de aire caliente, cargada de su aroma, volvió a recorrer mi nuca.

Se inclinó un poco más para mirarme a los ojos. Olí cuero, polvo y un aroma más profundo, seco y amaderado. Sus hombros estaban muy cerca, impidiéndome ver más allá de su amplio cuerpo. Pude notar la tensión de sus músculos bajo la tela, la forma en que la prenda marcaba su torso. Se acercó aún más y su barba rozó la piel del lóbulo de mi oreja izquierda.

—Esta mañana habría sido mucho mejor si no te hubieses escapado de mi cama de madrugada, pero aceptaré que salgas a cenar conmigo hoy, a modo de compensación.

Las yemas de sus dedos paseaban suavemente por la palma y el reverso de mi mano, una y otra vez, hasta que su pulgar acarició el pulso de mi muñeca, dibujando lentas líneas de calor sobre mi piel. La respiración de Qebem se volvió más audible; su pecho subía y bajaba junto al mío. Mis rodillas se aflojaron un poco. Intenté ordenar las palabras en mi mente y obligar a mi boca a decir algo que rompiera aquel silencio cargado de deseo, pero no pude. La sangre me golpeaba sin freno contra las sienes. Mi cuerpo pareció oscilar, casi como un péndulo, en su dirección. Su presencia era una presión continua, un imán que me atraía más allá de mi propia voluntad.

No solo el rostro de Qebem era perfecto: pómulos tallados, mandíbula firme, una hendidura en la barbilla que me parecía perversamente atractiva. Su barba de varios días le añadía una aspereza que me hacía desear rozarla con los dedos; una pequeña cicatriz, junto a la ceja derecha, le añadía un aire casi feroz, y su boca… cuando reía, sentía que todo mi cuerpo se derretía por él.

Llevaba los dos botones superiores de la camisa abiertos; un destello de pecho bronceado quedó al descubierto, y aquel colgante de plata con una piedra negra colgaba de su pecho. Aún me costaba creer que, tan solo unas semanas atrás, los súbditos de Seth me pareciesen una amenaza. Sí, servían al dios del desierto, señor del caos y la guerra, pero… con cada gesto, palabra y forma, me habían demostrado, desde el primer momento de mi llegada, que sus valores y convicciones eran mil veces más firmes que las de los “justos” acólitos de Osiris.

Qebem se movía con pasos medidos, como una mezcla entre soldado y felino. Hablaba sin necesidad de elevar la voz; nunca gritaba, pero tampoco lo necesitaba. Con un pestañeo, una leve inclinación de la cabeza o la tensión de un músculo bajo la clavícula era capaz de transmitir más que con cualquier palabra, y en aquel preciso instante estaba juguetón.

Llevábamos solo una semana y media juntos y, sin embargo, cada día me resultaba más difícil mantener la distancia. Tal vez para él no fuese más que un juego, pero para mí era una luz que quemaba y curaba a la vez, una promesa en medio de las sombras que acechaban mi mente cada noche.

A pesar de haber colocado ya el libro, él no retrocedió, manteniendo la suave presión de su cuerpo sobre el mío. Me miró directamente a los labios y, sin apartar la vista, dijo:

—Estás precioso esta mañana —sonrió—. ¿Sigue en pie la cena de esta noche?

Yo, nervioso y acorralado entre su cuerpo y aquella estantería, solo pude asentir con cierta vergüenza.

Nuestra relación empezó cuando, hacía dos semanas, me pidió, por primera vez, que saliese a cenar con él. Al principio le di largas; no me sentía del todo preparado. Pero Rhe, a quien no se le escapaba nada de lo que ocurría en aquella casa, intervino durante uno de los desayunos, en un momento en el que, extrañamente, nos quedamos a solas:

—No es peligroso.

—¿Cómo? —pregunté, devorando un pastelito relleno de crema; todavía no me acostumbraba a tener siempre tanta comida a mi disposición.

—Te hablo de Qebem —aclaró, con una sonrisita cómplice.

Puede que no se fiase mucho de mí todavía, pero con el tiempo había descubierto que Rhe no era tan mala persona ni tan borde como yo había pensado en un principio; solo se preocupaba mucho por Atenhamadi y no se abriría conmigo hasta comprobar que yo no era una amenaza para él.

—Solo… creo que es un tonteo inofensivo —susurré casi sin voz, mirando a los lados para asegurarme de que nadie escuchase mi vergonzosa declaración.

Rhe abrió los ojos de par en par y, con una enorme sonrisa, respondió:

—Bueno, si decides llevarlo más allá del tonteo, que sepas que es buen tipo.

Se sirvió un poco más de café y su mirada se volvió más seria.

—Hay algunos guardias que solo nos tratan con respeto por miedo a nuestro señor —dijo—, pero si te pillaran a solas, de noche, no dudarían en abalanzarse como aves de carroña.

Esa última parte la pronunció con la dureza de quien habla desde la experiencia; aquel era el punto común que compartíamos los omegas al servicio de Aten: todos habíamos sido víctimas de algún monstruo en el pasado, por desgracia. Entonces me miró fijamente y añadió, con solemnidad:

—Lo he conocido durante años y lo he investigado… No creo que él sea así. Solo te lo digo por si tú ves que quieres… ya sabes.

Encogió los hombros con media sonrisa.

Entonces miró el reloj de la muñeca y se levantó:

—Tengo que preparar la sala de experimentos para la próxima clase de Aten; hoy tocan círculos de invocación sumerios con la profesora Gemhur —dijo con un suspiro, mezcla de aceptación y aburrimiento.

La educación de aquel joven muchacho se parecía mucho a mi idea de tortura.

—No entiendo que tenga tantas clases de magia si ni siquiera tiene poderes; además, ¿acaso es posible saber si los despertará? Pensaba que eso era algo… aleatorio —dije con un suspiro. A veces sentía mucha compasión por aquel adolescente, que pasaba de clase en clase de sol a sol, sin casi salir a ningún otro lado.

Rhe alzó una ceja y sonrió.

—Esas clases le serán muy útiles más adelante. Hay muchas cosas que han salido mal, pero estoy convencido de que Aten será poderoso cuando despierte sus dones. Él no será como nosotros ni temerá las sombras de los callejones. Lo he soñado, ¿sabes?

Negó con suavidad.

—Poco después de llegar a esta casa, cuando solo llevaba unos meses trabajando para Atenhamadi, empecé a notar el modo en que los consortes le miraban… y quizá fuese por egoísmo o miedo a perder a la única persona que me había tratado bien en… bueno, en toda mi vida, pero aquella noche le recé a la diosa Isis para que le protegiese y cuidara. Aquella misma noche lo vi mientras dormía.

—¿En… un sueño? —pregunté, confuso.

—Sí —asintió—. Yo era una golondrina, flotando en el aire; por eso siempre he sabido que Isis me concedió aquella visión. Soñé con Aten en un espacio yermo, rodeado de sombras que intentaban atacarle. ¿Sabes lo que hizo él en mi sueño?

Sus ojos brillaron.

—Les prendió fuego a todas, hasta convertirlas en ceniza al viento. Sé que fue un mensaje de la diosa. Atenhamadi será poderoso cuando despierte; eso lo tengo claro. Todos esos libros que le obligan a memorizar, como castigo o para evitar que tenga una vida propia más allá de estos muros, en unos años serán su arma. El poder y el conocimiento evitarán que nadie le haga daño del mismo modo que nos lo hicieron a nosotros. Hay algunas cosas que aún no sabes, pero es indudable que, cuando despierte, Aten será increíblemente poderoso… hasta entonces, es nuestro deber protegerlo.

—¿Dónde te has ido? —preguntó Qebem, devolviéndome al presente, mirándome con una mezcla de interés y dulzura; esa mirada con la que parecía capaz de destapar todos y cada uno de mis secretos.

—Perdona —sonreí—. Estos días tengo mucho en qué pensar. Sí, me encantaría salir a cenar contigo esta noche.

Escuchamos pasos aproximarse. Qebem volvió a su puesto, en una posición firme frente a la puerta de la biblioteca, justo antes de dedicarme una ligera sonrisa y un suave asentimiento.

En ese momento, Atenhamadi entró en la habitación, seguido de Rhe y Ezra. Pasó la mirada entre Qebem y yo y soltó una pequeña risita antes de acercarse a la estantería y extraer otro de esos pesados tomos en los que Rhe depositaba tantas esperanzas de poder y gloria.

—Bueno —murmuró Atenhamadi con ironía—, al menos alguien se divierte mientras otros morimos sepultados bajo toneladas de apuntes sobre tediosos rituales de magia sumeria.

Vale, pues al parecer, Rhe no era el único que lo había notado.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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