EL DEVOTO - Capítulo 23
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Capítulo 23: ESPEJISMOS EN LA ARENA – ZIGGUR
Intenté concentrarme en el tablero, aunque me resultaba imposible; su poderosa presencia me distraía más a cada segundo.
Aves de plumaje exótico revoloteaban dentro del invernadero, dejando el aire cargado de suaves gorjeos, casi como si celebrasen mi indecisión. Dudaba si avanzar con el peón o seguir mi estrategia inicial —¿atacar o mantener la defensa?
El tablero, labrado con piedras preciosas y engastado en marfil y plata, parecía demasiado hermoso para la batalla que empezaba a gestarse en su superficie. Fruncí ligeramente el ceño y un leve sonido de lucha escapó de mi garganta, casi un rugido contenido y mucho menos feroz de lo que yo pretendía.
Entonces, una risa grave y masculina me llegó desde la cascada artificial. Allí, de espaldas, su figura alta y fuerte se erguía como la de un dios guerrero, esperando con calma a que yo llevase a cabo mi próximo movimiento.
—¿Vas a atacarme entonces? —preguntó con esa voz profunda, densa como humo espeso, atrayente incluso sin esfuerzo. Tras una pausa, añadió con un gruñido cargado de emoción—: Me duele un poco pensar que puedas estar tan deseoso de ir a por mi cuello… aunque, por otro lado… creo que moriría alegremente a tus manos.
Él era intensidad pura, hasta el punto de que nunca tenía del todo claro si bromeaba o hablaba en serio. Toda su gravedad ardía como un fuego que me atraía sin remedio. Ante él era igual que una polilla frente a una fogata. Aunque nunca se lo reconocería, siempre había sentido que yo era quien corría el verdadero riesgo de perecer a sus manos. Al fin y al cabo, él era fuerza bruta, un guerrero disfrazado con ropajes de noble, capaz de partir mis huesos con la misma facilidad con la que se quiebra una ramita.
A pesar de no ver su rostro, ni… ¿recordarlo?, en mi interior sabía que era uno de los hombres más hermosos que vería en toda mi vida. En ocasiones, su belleza masculina me resultaba casi irreal.
—Me distraes a propósito —murmuré con un mohín, volviendo mi atención al tablero. ¿Atacar o mantener la defensa? No podía competir contra él, pero eso no significaba que fuese a dejar de intentarlo. Quizás debía resistir: sabía lo mucho que le costaba iniciar ofensivas en mi contra, incluso cuando se trataba de un simple juego de mesa.
En una ocasión, jugando con este mismo tablero, me destruyó con tal eficiencia y con una expresión tan fría que me descubrí mirándole con un atisbo de miedo. En aquel instante sentí el filo de su auténtica naturaleza, la que parecía ocultar únicamente cuando estaba conmigo. Pero él era demasiado consciente de todos y cada uno de mis cambios de ánimo. Vio aquel pequeño indicio de temor en mis ojos… y, con ello, nació su propio miedo: algo que más tarde me describió como el horror a que dejase de verle como lo hacía. Sintió miedo de mi miedo hacia él.
En aquella ocasión pasó el resto de la tarde abrazándome y susurrando cosas a mi oído, conmigo sentado en su regazo, rodeado por sus brazos fuertes, hasta que aquella voluta de temor se disipó de mi mente. Pero, en el fondo, aquella sombra seguía latente: la sospecha de que algún día dejaría de atesorarme y, en su lugar, decidiría despedazarme como a una de las piezas de aquel tablero.
Después de todo, yo no era más que un juguete recogido de la calle. Una propiedad que podrían vender en cuanto se aburriesen de mí. Era algo temporal, un interés extraño que, por algún motivo, había durado mucho más de lo que cualquiera hubiese esperado. Pero haría bien en no olvidar, ni por un instante, que seguía siendo eso: solo otro juguete en sus manos.
Escuché sus pasos antes de sentir el modo en que, como un depredador, se acercó lentamente por mi espalda. Se inclinó hasta mi cuello e inhaló con fuerza.
—No hay nada que temer, mi amor. Ya tenías ganada esta partida incluso antes del primer movimiento. Tuyos son mi nombre, mis tierras y mi amor eterno. Si lo deseas, puedes cortar mi cuello con tus propias manos: de mi boca no saldrá queja alguna. Soy tuyo.
Mientras hablaba, deslizó la nariz de arriba abajo por la parte trasera de mi garganta, arrancándome escalofríos de placer con el calor de su aliento contra mi piel.
—Solo aspiro a que algún día esos miedos desaparezcan… y tú también seas mío —añadió, con una profunda tristeza contenida en su voz.
Ni podía ni debía fiarme. Él era un maestro en ocultar emociones: lo había aprendido desde niño. Su padre así lo exigía; era parte de su deber, su herencia y su legado.
Entonces, las puertas francesas se abrieron a nuestras espaldas. Mi espalda se tensó de inmediato y él se incorporó con un gesto brusco.
—¡Os he ordenado mil veces que jamás me interrumpáis mientras estoy con mi Ka-en-pet! —tronó su voz, vibrando con rabia.
Bajé la mirada, avergonzado. Junté las piernas y enlacé mis manos sobre el regazo. El movimiento hizo tintinear la tobillera; bajé la mirada a la pieza metálica en un esfuerzo por ocultar la vergüenza que me subía por la garganta. Ojalá, solo por una vez, nos dejasen estar a solas sin aquellas interrupciones. Sabía que él era peligroso, sabía que todo aquello acabaría pronto, pero… anhelaba más que el aire cada segundo a su lado, y aquello era algo que había aprendido a aceptar.
El tiempo pareció detenerse. Columnas de humo comenzaron a desdibujar la escena: su cuerpo protector a mi espalda, la mesa, las plantas, la cascada… incluso los árboles se deshicieron poco a poco, hasta que no quedó paz, ni deseo, ni vergüenza. Solo suaves columnas de arena.
Me desperté con el aliento entrecortado y el rostro cubierto de sudor. El sueño había sido demasiado intenso y, aunque no recordaba el rostro de aquel hombre, un triste anhelo me atenazó el pecho hasta llevarme a las lágrimas. Buscando un contacto que me anclase a la realidad, abracé a Perrito con fuerza. Más lágrimas escaparon, imparables, como si la presa de mis emociones se hubiese resquebrajado de golpe bajo el peso de aquel sueño.
Volví a despertarme tarde, aquella vez a causa de esa extraña creación de mi mente. Me vestí con la túnica azul y bajé a la primera planta, donde escuché a Anne conversando con Magda en tono animado.
Sabía que aquel sueño debía de ser algún tipo de ilusión, quizá inducido por la historia romántica que había pasado horas leyéndole a Arethea. Sin embargo, por algún motivo, no lograba apartar de mi mente aquella extraña expresión que usó el hombre de las sombras: Ka-en-pet.
Negué con la cabeza, decidido a volver a la realidad. Aquella mañana limpiaría el polvo de la tercera planta. Pasé las siguientes horas apartando capa tras capa de polvo, hasta dejar relucientes los pasamanos que daban al patio, sin una sola mota. Después pasé la escoba a conciencia, siguiendo las instrucciones que Magda me había dado el día anterior.
Algo más tarde, ella apareció en lo alto de las escaleras.
—Y yo pensando que por fin estarías descansando un rato —dijo con una sonrisa triste, al tiempo que negaba con la cabeza, inspeccionando con sorpresa el estado en que se encontraba la zona de paso de la tercera planta—. Has dejado esto genial, Ziggur.
Me sonrojé un poco al recibir su elogio.
—Por cierto —añadió, apoyándose en la barandilla—, no llegué a preguntarte anoche… ¿todo bien con la Yaya?
Yo, algo distraído, asentí.
—Sí, muy bien… Si te parece bien, me gustaría seguir leyéndole el libro. Me está gustando mucho la historia —confesé, algo avergonzado de que aquel romance me hubiese atrapado con semejante fuerza.
—Claro, seguro que estará encantada de tener algo de compañía —respondió ella con una sonrisa dulce, inclinando la cabeza levemente, como si el detalle de que yo encontrase paz en la lectura le resultara entrañable.
Luego se encaminó de vuelta a las escaleras.
—Magda… —la llamé antes de que bajase el primer escalón. Ella se giró en mi dirección, todavía con la sonrisa en los labios.
—¿Sí?
—¿Alguna vez has escuchado la expresión…? Seguramente no te suene… —titubeé, sintiéndome algo torpe.
Ella arqueó una ceja con interés.
—¿Qué expresión?
—Algo así como… ¿Ka-en-pet? —terminé, muerto de la vergüenza por haber pronunciado aquellas palabras en voz alta.
—Claro que sí —respondió con una sonrisa tenue, que pareció encenderse y apagarse en el lapso de un solo segundo—. ¿Pero dónde has escuchado tú eso? —preguntó, entre sorprendida y curiosa.
—Creo que lo he escuchado o leído en algún lado… —respondí, deseoso de que me tragase la tierra. ¿Por qué tenía que haberle preguntado? Habría sido mucho más fácil mantener la boca cerrada y…
—Ah… debían de estar hablando de la tragedia más romántica de todos los tiempos —dijo, y su mirada se perdió un instante, como si observase algo en la distancia—. Sí, claro que sé lo que significa. La traducción sería algo así como la fuerza vital de mi firmamento o… mi todo —explicó al fin, con una sonrisa que arrastraba un matiz de nostalgia.
Asentí en silencio. Si ella decía que se trataba de la tragedia más romántica de la historia…, pues claro, debía referirse al libro que había estado leyéndole a Arethea. Aunque ahora mismo no podía recordarlo con claridad, era probable que aquella expresión se me hubiese colado en la mente tras tantas horas de lectura junto a la anciana. Aun así, me deprimió un poco pensar que aquel relato acabase en tragedia. Una parte de mí esperaba, desde lo más profundo de mi corazón, que aquella historia terminase bien. Que algo, por una vez… acabase bien.
Con un gesto agradecido hacia Magda, regresé a mis tareas. No podía cambiar el triste final de aquella historia, pero sí dejar impecable aquel pasillo. Y, por ahora, aquello tendría que ser suficiente.
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