EL DEVOTO - Capítulo 24
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Capítulo 24: PAOLO Y FRANCESCA – ZIGGUR
No en todas las realidades los dioses eran iguales. En la mayoría de planos, únicamente dormían, pero en otras realidades, en universos perdidos, su presencia era más fuerte y consistente. La Gran Unificación no solo plegó las distintas versiones de un mismo ser —lo que enloqueció a muchos—, también fusionó a todas aquellas deidades: creaciones nacidas de milenios de fe, poder y culto. Fue el renacer de los dioses… y el del mundo.
La lucha que vino más tarde fue despiadada. Por primera vez no fueron los hombres quienes batallaron en nombre de sus divinidades. Fueron los propios dioses los que sucumbieron a la guerra, reclamando con ella territorios y fieles.
Se conservan muchos relatos sobre aquella Gran Guerra, aunque todos ellos fragmentados por el paso de los milenios. Cada uno de los nueve grandes territorios resultantes escribió su propia crónica, lo que nos dificulta acceder a una cronología exacta de los hechos. Aun así, todos los grandes relatos coinciden en tres puntos:
Primero: tras la guerra, los dioses dividieron la tierra, separando sus fronteras con nuevos mares, antes de ascender de nuevo a sus moradas celestes.
Segundo: muchos panteones fueron diezmados, revelando que incluso los seres creadores podían ser destruidos.
Tercero: los tres grandes vencedores de aquel conflicto fueron los Panteones Celestial, Védico y Kemético.
Estas tres fuerzas divinas se hicieron con los tres continentes de mayor tamaño: China al este, con el continente de Xaim; India al oeste, con el continente de Urim; y Egipto en Akharam, el continente central. El resto de panteones luchó por los seis continentes menores y las numerosas islas surgidas tras la división de las tierras.
El acuerdo de paz que sellaron las familias vencedoras, llamado la Paz de los Tres Grandes, fue vinculado a la propia eternidad de dichos panteones. No impidió nuevos ataques del resto de poderes celestiales, pero sí consolidó una alianza duradera e inquebrantable, que aún hoy se refleja en la relación entre sus gentes.
Los egipcios fueron los más desafiados. Varios dioses de distintos panteones conspiraron, llegando a asesinar a Horus, heredero de los grandes Osiris e Isis. En respuesta, los hermanos Osiris y Seth unieron fuerzas y masacraron a todos los conspiradores —los grandes dioses Thor, Marduk y Apolo—, ofreciendo sus cabezas como tributo al gran padre Ra: único guardián del sol.
Aún hoy en día, muchos pueblos tiemblan ante la mención del gran Seth, padre de todas las batallas y asesino de dioses, quien derribó panteones enteros junto a sus comandantes de arena y viento. El gran protector de Akharam.
“Sobre el origen de la Cuarta Era”
Año 15346 de la Cuarta Era. Registro 0105 de la Matriarca Mairead del clan Gleann Uaine.
Una vez limpié todo el polvo de la tercera planta, algo que me exigía casi media hora cada mañana, bajé a desayunar algo. Anne estaba emocionada por empezar la escuela al día siguiente y planeaba pasar aquel último día de vacaciones jugando con los niños de la zona. Así me lo dijo Magda con una sonrisa tierna, mientras la pequeña me pedía permiso para llevarse a Perrito. El cachorro me miró con esos ojos grandes, moviendo el rabo a toda velocidad, en un gesto de emoción casi suplicante.
—Por favor —parecían decir ambos.
Asentí, y ambos salieron disparados en dirección a la puerta. No estaba del todo seguro de en qué momento aquel chacal había decidido que mi palabra era ley, pero tampoco me importaba demasiado. Podría apoyarse en mí mientras sintiese que necesitaba a alguien que lo protegiese. Al fin y al cabo, estábamos en las mismas: dos criaturas solitarias, abandonadas en aquel mundo inmenso, buscando —desesperadas— el calor y la compañía de alguien capaz de vernos.
Después de recoger mi desayuno, me encaminé al cuarto de Arethea y pasé varias horas leyéndole. Su mirada perdida seguía flotando en algún punto invisible, pero había instantes —breves como destellos— en los que sus ojos parecían fijarse un poco más en mí, como si no solo reconociese aquella historia, sino también el sonido de mi voz.
Al escuchar ruidos procedentes de la cocina, bajé a ayudar a Magda. Ella únicamente me asignaba tareas sencillas, siempre con instrucciones muy precisas, y no perdía la ocasión de reírse suavemente ante mis torpezas.
—Sí, desde luego podemos estar seguros de que no eras ningún sirviente. Nunca había conocido a alguien que ni tan siquiera sepa cómo usar un cazo… —bromeó, antes de palmearme el hombro con afecto—. Aunque he de decir que aprendes deprisa.
Así comenzó una nueva rutina en aquella casa marcada por el silencio derivado de la vuelta de Anne a la escuela. Durante los dos días siguientes me habitué a colaborar en la cocina para las comidas y cenas, aprendiendo lo básico bajo la paciente guía de Magda. Aunque yo era un absoluto desastre, ella tenía una manera muy dulce de animarme, que logró que incluso mis meteduras de pata pareciesen parte del proceso de aprendizaje, algo que honestamente dudaba.
Cada día pasaba varias horas junto a Arethea, leyéndole nuevos capítulos de aquella historia de amor hasta que el sol empezaba a bajar por el horizonte. En ese momento me ponía mis botas y salía a caminar por las calles de Per-Shedet, recorriendo sus callejuelas y sentándome frente a alguna de las fuentes de las pequeñas plazas que encontré en la parte baja de la ciudad. Al anochecer, antes de cenar en el patio junto a Magda y Anne, aprovechaba para darme una ducha rápida en el baño de la tercera planta. Aquella vida, aunque sencilla, empezaba a volverse apacible. No era el silencioso regazo de las arenas del desierto, pero había algo en esa rutina que me hizo sentir, poco a poco, la esperanza de alcanzar una paz más duradera.
El tercer día, estaba leyéndole a Arethea, en nuestras posiciones habituales, cuando Magda entró en la habitación con una bandeja pequeña. Traía dos vasos de limonada fresca, que brillaban con gotas de condensación bajo la dorada luz de la tarde.
—Si pudieses —me dijo, acercando uno hacia mí—, acerca de vez en cuando el vaso con la pajita a su boca. Si tiene sed, beberá. ¿Verdad que sí, Yaya?
La dulzura de su tono y la forma en que acarició el hombro de la anciana al decírselo me llenaron de una calidez difícil de describir. Pero, al mismo tiempo, me provocaron un nudo de tristeza en el centro de la garganta. La fragilidad de Arethea era un recordatorio constante de nuestra fragilidad y de todo lo que se pierde cuando la memoria se escapa como arena entre los dedos.
Yo solo asentí, mirando a Magda de un modo que intentaba decir más de lo que mis labios podrían transmitir: no te preocupes, yo me encargo. Ella entendió y se retiró, con los hombros ligeramente hundidos.
Seguí leyendo un rato, acercando con cuidado la pajita a los labios resecos de Arethea cada poco tiempo. Al principio, bebía apenas un sorbo, en un gesto mecánico que parecía no nacer de su propia voluntad. Pero en cierto momento, mientras lo hacía, sus ojos parecieron encontrarse con los míos, en una súplica muda.
No sentí que aquello fuese un simple cruce de miradas… había algo más.
El tiempo pareció volverse espeso, como si cada segundo se estirase más de lo debido. Mi pulso, mis latidos e incluso mi propia respiración dejaron de ir a compás con el tiempo. El mundo mismo pareció quedar paralizado por un instante, corto y a la vez eterno. El aire de la estancia se volvió pesado, palpitante. Las pupilas de Arethea, en las que antes solo podía ver vacío, perdidas en un horizonte invisible, se fijaron en mí con una intensidad que me dejó sin aliento.
Mi mano tembló. Sentí la necesidad de dejar el vaso sobre la mesita de madera, a su izquierda. Lo solté despacio, sin apartar ni un instante los ojos de los suyos, como si una fuerza invisible nos anclase en aquel intercambio silencioso.
En su frente, casi como si se tratase de una sombra superpuesta, empecé a ver de nuevo aquel entramado oscuro: raíces que se enredaban como un telar invisible bajo su piel. Aquello era dolor. Aquello era enfermedad.
El aire a nuestro alrededor se volvió neblinoso, denso, como si la estancia misma hubiese quedado suspendida fuera del tiempo. Podía ver volutas de polvo flotar lentamente en torno a nosotros, iluminadas por los haces de luz que atravesaban la ventana. Podía escuchar, con una nitidez casi insoportable, el ritmo de su respiración suave y aquejada, el latido de su corazón, incluso el modo en que el aire mismo rozaba la superficie de su fina piel.
Mis manos comenzaron a arder con el mismo calor que había sentido aquel primer día. Era un fuego que no quemaba, pero que vibraba en lo más profundo de mis huesos. Sentí como si el sol mismo se derramase, líquido, a través de mis venas, concentrándose en la ardiente superficie de mis palmas y en las yemas de mis dedos.
En un gesto que mi cuerpo parecía recordar aunque mi mente no entendiese, alcé las manos y las posé sobre su frente, justo en el lugar en el que aquellas sombras se enraizaban y danzaban. En aquel instante escuché la puerta abrirse a mi espalda y la voz de Magda pronunciar algo. Pero ya no podía escuchar. Todo lo que existía era un imparable flujo de luz que descendía desde lo alto de mi coronilla, atravesando mi cuerpo de carne y hueso como si fuese una antena.
En aquel momento yo no era una persona. Solo me sentí un conducto, un extraño cable entre el cielo y el cuerpo de la anciana Arethea.
Mis manos comenzaron a brillar con una luz dorada que se derramaba con fuerza sobre ella, penetrando lentamente bajo su piel. Al principio fueron destellos leves, como brasas sin fuerza; después, con el paso de los segundos, su cuerpo entero pareció comenzar a irradiar aquel fulgor dorado desde dentro, iluminando su piel con decenas de pequeños soles que palpitaban al ritmo de cada uno de sus latidos.
El calor me desbordaba. La fuerza que atravesaba mis brazos era demasiado grande y, cuando por fin aquella luz se apagó, me sentí vacío, agotado. Caí de espaldas al suelo con un jadeo, sin fuerzas siquiera para mantenerme estable.
—¿Se puede saber qué…? —la voz incrédula de Magda me hizo girar lentamente la cabeza. Oh, seguramente me lanzase a la calle en aquel momento, pero no tuve fuerzas de explicarle que algo en mi interior me había impulsado a aquello, que solo pretendía… ayudar.
Entonces noté que no estaba sola. En el umbral, justo tras ella, Aaliya sostenía una bandeja de bronce cargada de fruta y platos calientes. Pero no me miraba a mí; sus ojos, abiertos de par en par, se quedaron inmediatamente clavados en la silueta de Arethea.
—¿Qué estabas…? —empezó Magda, pero su voz se quebró al ser interrumpida del modo más inesperado…
—Sanar, querida —resonó entonces una voz poderosa que, a pesar de no conocer, sentí que podía reconocer.
Instantáneamente, Magda y yo nos volvimos hacia la butaca. Arethea, consciente y erguida, nos miraba con los ojos claros y firmes, cargados de salud y de… vida.
Aaliya soltó un grito ahogado y la bandeja resbaló de sus manos, estrellándose contra el suelo en un estrépito metálico. Magda se quedó inmóvil, con una expresión de incredulidad y lágrimas agolpándose en sus ojos.
Arethea, con la más absoluta de las calmas, se levantó de su butaca, apoyando primero las manos en los brazos de esta y luego poniéndose en pie como si el peso de la enfermedad nunca hubiera estado allí para empezar. Su túnica blanca y la bata azul con ribetes hacían que pareciese casi que su cuerpo flotaba. Entonces avanzó hacia mí con pasos lentos pero firmes y apoyó una mano sobre su corazón antes de mirarme fijamente a los ojos.
—Gracias, cielo, por sacarme de esa oscuridad. No todas las sombras son tan acogedoras como la arena del desierto, mi niño… y no siempre hay paz en el silencio.
Sentí que la respiración se me cortaba. No solo estaba recuperada: en sus ojos había un brillo consciente que demostraba que también recordaba aquellas revelaciones íntimas que yo le había compartido en secreto.
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