Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

EL DEVOTO - Capítulo 25

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. EL DEVOTO
  4. Capítulo 25 - Capítulo 25: TRES GENERACIONES  - ZIGGUR
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

Capítulo 25: TRES GENERACIONES  – ZIGGUR

Magda soltó un gemido profundo, al tiempo que las lágrimas empezaban a caer, sin control por su rostro. Se arrojó a los brazos de Arethea, que la estrechó contra su pecho mientras deslizaba una mano por su cabello.

—Estoy segura de que lo has pasado muy mal, mi pequeña… pero ya no estás sola. Yo me ocuparé de todo.

La voz de Arethea retumbó como un trueno. Su tono, grave y meldodioso, me recordaba a la piedra, el desierto y el viento. Aquella voz fue como un manto de seguridad, sin dudas ni titubeos. Aquella mujer era una fuerza de la naturaleza que volvía a rugir después de años de silencio.

Por encima del hombro de Magda, Arethea me dedicó una sonrisa cargada de aprecio y dulzura. Fue entonces cuando un pequeño rostro asomó por la puerta del dormitorio, acompañado del inseparable perrito.

—¿Pero qué pasa? —preguntó la voz de Anne.

Sus ojos se abrieron como platos antes de salir corriendo hacia su tía y su abuela, que seguían fuertemente abrazadas.

—¡Yaya! —empezó a berrear, con grandes lagrimones cayendo por su cara.

En ese momento me levanté y, con pasos algo inestables, salí del dormitorio. Aquel era un instante íntimo y, por mucho cariño que les tuviese, o por mucho que me alegrase de verlas reunidas de nuevo, sentí que tenían derecho a vivirlo solas: tres generaciones de mujeres que, tras años de oscuridad, volvían a encontrarse.

Bajé a la planta principal y me dejé caer en una de las sillas de la mesa del patio. Estaba completamente drenado, aunque no podría sentirme más lleno. Esa felicidad, ese amor reflejado en sus rostros, era algo que una parte de mí envidiaba profundamente. Pero, ya que yo no lo tenía, ni esperaba llegar a conocerlo… al menos podría verlo a través de ellas… y eso era mucho mejor que nada.

Arethea trajo consigo una nueva vida. Era casi como si fuese un faro capaz de cubrir de luz todas y cada una de las grietas que atravesaban a los habitantes de aquella casa. Algo que muy pronto se manifestó, de forma literal, en aquella imponente dama dando órdenes como un comandante en la guerra, algo que sólo empeoró tras ser testigo, con sus propios ojos, del estado en que se encontraba la vivienda.

Menos de una hora después de haberse levantado de aquel sillón, ya gritaba con indignación a Magda por el estado de su “jardín”. Yo no había visto ni una sola planta desde mi llegada, por lo que aquella declaración me sorprendió bastante. Más tarde entendí que aquello era, de hecho, el problema. El inexistente vergel, antaño cubierto de vegetación y plantas medicinales que Arethea usaba para fabricar sus remedios, solía estar en el patio de la entrada, en la zona de la fuente. Las grandes cavidades laterales que cubrían uno de los muros no eran adornos, sino antiguos maceteros, completamente secos desde hacía mucho tiempo.

Arethea recorrió la casa durante horas, seguida de cerca por Magda y Aaliya, dictando una larga lista de reparaciones que debían llevarse a cabo cuanto antes. Yo estaba medio grogui tras el proceso de sanación. No tenía claro si aquella mujer había sido siempre tan enérgica, si me había robado toda la energía vital durante el proceso, o si aquello era, por el contrario, una venganza tras más de tres años sin apenas moverse.

Sólo intentar seguirlas con la mirada me resultaba mareante, así que me escabullí de forma discreta, me duché y, sin llegar a cenar, me fui a dormir. Mi cuerpo se sentía pesado, como si mi carne se hubiese transformado en plomo. Bastó con tumbarme para caer profundamente dormido.

Unas horas después alguien llamó a mi puerta, sacándome del sueño.

—Adelante —murmuré, emitiendo un pesado e incontrolable bostezo al tiempo que me estiraba. Mis músculos y huesos parecían agarrotados.

Sentía que una pesada niebla recubría mi mente. Necesitaba dormir más. Nunca me había sentido tan agotado, ni siquiera en el desierto tras todas aquellas horas interminables de caminata bajo el sol y sin agua.

Con una sonrisa radiante, los ojos brillantes y cargada con una bandeja en la que traía una jarra de limonada, dos platitos de comido y un cuenco humeante, Magda entró en el dormitorio. Dejó la bandeja en la mesilla al tiempo que yo me incorporaba en la cama.

—Lo siento mucho, Magda. No me despedí antes de subir, pero… por algún motivo me siento agotado —me disculpé con una sonrisilla honesta, que ella respondió con otra propia.

—Por favor, no te disculpes, faltaría más. Sé que debes estar… ni me puedo imaginarlo. Pero gracias, Ziggur. Nunca podré agradecerte lo suficiente esta oportunidad. Sé que no hemos hablado de esto antes, pero para Anne, para mí… incluso para la Yaya, ya eres familia. Esta será tu casa tanto tiempo como lo necesites.

Entonces señaló la bandeja.

—Ahora deberías comer algo antes de volver a descansar. Te dejaré la puerta cerrada. La Yaya no ha tardado ni medio día en hacer venir a los hijos de todas sus conocidas y ponerlos a trabajar. Dice que la casa está hecha un desastre, así que puede que escuches algo de jaleo…

Lo dijo con una expresión agotada, aunque más feliz de lo que nunca la había visto. Se dirigió hacia la puerta, pero antes de salir volvió a mirarme:

—Gracias, Ziggur. Yo… no solo nos has devuelto a la Yaya, también… la esperanza.Todo será mejor a partir de ahora, lo se.

Con una gran sonrisa, y los ojos cubiertos de humedad, me dedicó un pequeño asentimiento y cerró suavemente la puerta tras ella.

Aquella noche volví a soñar. Me encontraba sentado en el regazo de un hombre. Era muy alto, y sus enormes brazos de guerrero parecían protegerme de cualquier fuerza, visible o invisible, que osase interrumpir nuestro abrazo.

Pasé la mano suavemente por uno de sus fuertes bíceps, hipnotizado por el brillo de su piel morena, y deslicé las yemas de mis dedos sobre un adorno que rodeaba aquella parte de su musculatura: un brazalete de oro con una obsidiana negra en el centro.

Él rozaba mi cuello con la nariz al tiempo que emitía una serie de gruñiditos graves. Me distraía, y mucho, pero me centré en lo que de verdad me preocupaba. Seguí subiendo los dedos hasta alcanzar la herida de su hombro: un corte de espada. Algo inusual en mi guerrero, que nunca era sorprendido por el enemigo.

—Solo ha sido un descuido, cachorro. Al verte sentado, hablando con ese… me distraje por un momento.

Su voz era baja y grave como un licor bañado en miel, pero tan suave y dulce como siempre que hablaba conmigo. No temí sus celos: sabía que nunca me haría daño, aunque detestara que alguien ajeno a nuestro círculo se acercara demasiado a mí. Pasé la mano sobre la herida y mi palma brilló con una luz dorada hasta que aquella ofensa desapareció.

No podía ver su rostro, era como si una neblina lo cubriese, pero mis dedos siguieron hasta rozar su largo cabello oscuro y posar la mano a la altura de uno de sus pectorales.

—Ese entrenamiento es demasiado duro… no me gusta que tengas que enfrentarte a esos seres —respondí con voz temblorosa.

Él soltó un gruñido grave e indignado y me abrazó con más fuerza, empujándome por las nalgas hasta pegarme aún más a su regazo.

—Vaya, cachorro, eso sí que es humillante. Mis celos han provocado algo mucho peor que unas gotas de sangre: ahora mi Atum teme que no tenga la fuerza suficiente para protegerle… Así que creo que en el entrenamiento de mañana deberé pedir que invoquen al doble… para apartar esas extrañas ideas de tu cabecita.

Solté un bufido. Bajo la broma de la superficie, supe que mi comentario había tocado hueso. Eso no era algo nuevo: mis Khepris necesitaban probarme su fuerza constantemente, como si a través de la brutalidad y sus poderes físicos, herencia del padre de los dioses , pudieran demostrarme que eran dignos de mí.

Sabía que no había nadie tan fuerte como ellos, y no quería que se sintiese mal. Pero en lo más hondo de mí, lo único que anhelaba era una vida sin espadas ni pruebas, sin aquellas guerras que nunca entendí. Solo su abrazo, solo la calma de un instante eterno en su regazo.

Con un grito silencioso desperté. Reconocía aquella voz. No era la del hombre del invernadero, pero la había escuchado antes: su sonoridad, la fuerte protección que desprendía, su erótica musicalidad.

Era más baja y grave que años atrás, más madura, pero seguía siendo una voz que conocía: la del hijo mayor del señor, aquel joven que intervino cuando un profesor intentó convencer a su padre de que sería provechoso educarme a base de latigazos.

En ese momento mi corazón se contrajo con una terrible sensación de vacío. Con cada uno de aquellos sueños sentía una nueva puñalada en el alma, como si hubiese perdido lo más valioso de mi vida. El dolor era tan profundo que parecía partirme en dos, y a veces pensaba que mi cuerpo seguía vivo solo para cargar con aquella extra ausencia que, noche tras noche, me devoraba por dentro.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo