EL DEVOTO - Capítulo 26
- Inicio
- Todas las novelas
- EL DEVOTO
- Capítulo 26 - Capítulo 26: SÓLO UN VISTACITO - KHER
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
Capítulo 26: SÓLO UN VISTACITO – KHER
— Absurdo ¿Y no crees que tus protectores tendrán algo que decir al respecto? —preguntó Rhe por quinta. Parecía casi atrapado en aquel bucle, mientras temblaba ligeramente y alternaba la mirada entre Aten y la puerta, como esperando que un enojado señor apareciere se materializase en cualquier instante de entre las sombras. No era frecuente que Atenhamadi se mostrase tan rebelde y decidido; algo más habitual era que Rhe nos mostrase esa cabezonería inflexible suya.
—Me da igual lo que esos tres malcriados tengan que decir, Rhemtiar —respondió Aten, de modo tajante, perdiendo la poca paciencia que le quedaba—. Mira, en unos años me casarán con algún vejestorio que podría ser mi abuelo, así que, si esta es mi única oportunidad para ver hombres guapos y sin camisa, te aseguro que no la voy a desaprovechar para releer un viejo libro de magia, polvoriento que, a estas alturas, podría recitarte de memoria.
El comentario provocó que Abasi, el guardia que vigilaba a Aten en aquel momento, soltara una risa que trató de disimular con una tos.
Rhe llevaba dando la tabarra casi hora y media, desde que Aten anunció que quería ir a ver el entrenamiento de los soldados que tendría lugar en la arena improvisada de la finca.
—Pero tú… no puedes simplemente ir a ver a esos hombres… son solo soldados — articuló, con aspecto muy indignado el cabezón de Rhe, quedándose sin excusas y boqueando ligeramente ante el arrebato del joven.
—Son guapos y van medio desnudos —replicó Aten, alzando una ceja—. ¿O es que a ti no te apetece mirar un poquito, Rhe?
—Son bárbaros, mi señor, no tienen nada por lo que valga la pena perder un sólo minuto de nuestro preciado… —le constestó Rhe, cada vez más rojo y escandalizado.
—Te estás volviendo un mojigato; si sigues así, tu destino no será mucho mejor que el mío —cortó Aten, negando con la cabeza al tiempo que soltaba un pesado y dramático suspiro.
Esa vez Abasi volvió a reír, provocando que un furibundo Rhemtiar se girase en su dirección y, con una sonrisa cargada de veneno, le soltase:
—Seguro que a los señoritos Amón, Aquiles y Seti les encanta saber que el guardia al que designaron para proteger a su Atum se divierte con la idea de que su cargo quiera pasear y mirar como pelean un grupo de hombres semi desnudos.
La risa de Abasi se cortó de golpe. Enderezó la postura y fijo la mirada, con rostro inexpresivo, al frente, mientras tragaba de forma audible .
—¿En serio, Rhe? —replicó Aten, negando con la cabeza—. Deja de amenazar al pobre Abasi. Acaba de ser padre; está muy feo amenazar con chivarse de alguien que ahora está a cargo de un bebé.
—Yo… —reculó Rhe, bajando la cabeza—.
Algo, sin embargo, le hizo levantar la vista como un resorte, indignado. Señaló a Aten con el dedo y los ojos abiertos de par en par.
—¿Y cómo puedes saber tú eso? ¿Ahora también confraternizas con tus guardias? Sabes que eso está terminantemente prohibido, Atenhamadi —acusó Rhe, con un claro filo de pánico en la voz.
—No hablamos directamente —replicó el adolescente, con expresión estoica—. Yo hago las preguntas a través de Ezra, y él le contesta a ella. Lo que verdaderamente me parece feo es que todavía no le hayas felicitado por su paternidad, Rhe; eso no es de ser buen compañero.
Rhe, atrapado en las intrigas mentales de Aten, negó con la cabeza y desvió la mirada hacia Abasi.
—Felicidades por… ya sabes, la paternidad, aunque ni sabía que tuvieses pareja, la verdad —dijo Rhe, forzando la sonrisa.
Abasi respondió con una ligera sonrisa y un asentimiento.
Entonces, con un movimiento casi viperino, Rhe volvió a Atenhamadi y afirmó, tajante:
—Pero eso no significa que puedas ir a ver luchar a los soldados de Seth, Atenhamadi.
Aten, molesto, se dejó caer en un sillón, con los brazos cruzados y la mirada clavada en Rhemtiar. Las pocas veces que actuaba así, como un adolescente rebelde, me daban algo de esperanza. La mayor parte del tiempo no era así; estaba centrado en cumplir con sus deberes y seguir la agenda. Que ni el señor de la casa ni los consortes estuviesen por allí aquellos días parecía haber liberado bastante al joven, o al menos le había sacado un poquito de tu inexpugnable coraza.
Ezra se sentó junto a Aten en el sillón en gesto de apoyo; posó la palma de su mano sobre la de Aten y luego clavó la vista en Rhe. Él devolvió el gesto con una mirada con la que, sin necesidad de palabras, la acusaba de traición. Idaria, con algo más de discreción, se colocó detrás del sillón de Aten y le dirigió a Rhe una expresión triste; él la observó, sorprendido. Tres contra uno.
—¿Tú también? ¿En serio? —preguntó Rhe, claramente ofendido de que ambas mujeres apoyasen una idea que le resultaba tan indecente y descabellada.
—Sería solo ir a dar un paseo —replicó Idaria, encogiéndose de hombros—. Y si ellos están ahí, no creo que haya nada malo en echar un pequeño vistacito, ¿no? Nadie tiene por qué saber nada.
—Déjalo, Idaria —replicó Atenhamadi con dramatismo—. Rhe prefiere que mi existencia se reduzca a ver únicamente el cuerpo de mi futuro marido. Solo podré contemplar la piel suelta y apergaminada del Khepri centenario con el que decidan desposarme; eso me hará más puro, seguro —dijo con ironía—. Y, si no, al menos su cuerpo me dará menos asco, porque me recordará a los libros que me paso leyendo cada minuto del día.
—¿Se puede saber de qué estás hablando ahora? ¿Un Khepri centenario? —respondió Rhe, claramente sorprendido—. No entiendo quién te ha metido esas ideas en la cabeza, pero…
—Fue el consorte Hasani — interrumpió Idaria con un suspiro—. En el último té, antes de su viaje, le dijo a Aten que ya están cerrando su futuro matrimonio con uno de los socios comerciales de Khalid.
Aten miró molesto a Idaria y luego fijó la vista en uno de los estantes de la biblioteca.
—Aten… eso no es cierto… sabes que no tienes que creerte nada de lo que te digan —aclaró Rhe con una sonrisa tranquilizadora—. Ellos te cuidan; no permitirían que nadie…
—Por ahora, Rhe —lo cortó Atenhamadi—. Ellos me cuidan por ahora. Pero recuerda que solo soy una inversión para las finanzas de Khalid. ¿Sabes qué? Olvida el tema. No quiero seguir hablando de esto.
Se hizo un silencio espeso en la sala.
—Está bien —concedió finalmente Rhe con un suspiro—. Pero solo un ratito, ¿vale?
Nada podría haberme preparado para la visión que nos aguardaba en aquella arena.
—Vaya —dejó escapar Aten, con el rostro casi analítico, girando la cabeza de un lado a otro—. Casi no parecen reales.
—Totalmente —respondió Ezra, a quien parecía caérsele la baba mientras mirábamos al grupo de soldados, medio vestidos, que entrenaban sobre la tierra yerma y despejada.
Finalmente, habíamos bajado, pese a las reticencias iniciales de Rhe. Los soldados de Osiris nos miraron mal durante gran parte del trayecto, como siempre que nos cruzábamos con ellos, pero – afortunamanete- fueron reduciendo su número conforme nos acercábamos a la arena, donde solo los devotos de Seth parecían entrenar.
Ocupamos asiento en las pequeñas gradas de madera. Al principio pensé que los soldados se sentirían molestos o cohibidos por tener espectadores, pero extrañamente parecía ser casi lo contrario: se exhibían ante nosotros.
Nos sentamos formando, sin hablarlo, un semicírculo alrededor de Aten. No era que temiésemos por su seguridad, pero tampoco íbamos a dejarle solo o expuesto frente al mayor grupo de Khepri con el que nos habíamos cruzado nunca. Idaria abrió su bolso y sacó una bolsa de papel cargada de finas rodajas de patatas horneadas, que fue pasando de mano en mano.
—Es un entrenamiento, no una película, Idaria —se quejó Rhe, casi sin fuerzas.
—Anda, come y calla —replicó ella, sin apartar la vista de la flexión de los bíceps de dos soldados que en aquel momento se enfrentaban en el centro de la arena.
—Alguien debería pedirles que se quiten la camisa —suspiró Ezra—. ¿No hace mucho calor ahí, bajo tanto sol? Y todos vestidos de negro.
—Por favor, Ezra… —suspiró Rhe con dramatismo—. Si se enteran de esto…
—Rhe, seguramente les dará igual; no van a enfadarse porque mire un poquito. Tampoco es que me odien tanto —replicó Aten con un pequeño mohín.
En ese instante, uno de los soldados, cuya atención parecía fija en nosotros, se quitó la camisa lentamente, a modo de espectáculo, dejandonos ver, con todo lujo de detalles, una definida tabla de abdominales bronceados.
—¡Santo Dios! —suspiraron Idaria, Ezra y Aten, casi al unísono.
Rhe, escandalizado, le cubrió los ojos a Aten con una mano y, negando con la cabeza, murmuró en voz baja:
—¿Es que no tienen ningún tipo de pudor? ¿Mirar así al atum de…?
—No soy el atum de nadie, todavía no —lo cortó Aten, apartando la mano de Rhemtiar con un pequeño guantazo—. Anda, aunque parece que hay alguien que sí ha encontrado lo que buscaba… en estas gradas.
Seguí su mirada: Qebem. Sin camisa, su torso brillaba, cubierto por una fina capa de sudor. Caminaba hacia la arena con paso firme; sus ojos no se apartaron de mí ni un solo instante.
Cada uno de sus pasos parecía retumbar a través de mi pecho. La respiración se me cortó; sentí como mi boca se secaba completamente ante el espectáculo de su cuerpo de guerrero. Mis manos se cerraron con fuerza en torno a la bolsa de patatas hasta que el papel crujió bajo mis dedos. Un extraño pulso me golpeaba en la garganta, al tiempo que un ligero zumbido me llenaba los oídos.
Cuando pasó frente a nosotros, su figura quedó totalmente expuesta bajo el sol: hombros anchos, pecho marcado, abdomen trabajado. No sonrió. Su mirada, fija y directa, lo dijo todo. Olí sudor, cuero y un aroma seco que me pegó a la nuca. Entonces, en un movimiento espectacular, lanzó su espada de madera a varios metros de altura, recogiéndola en el aire con su otra mano.
Instantáneamente me invadió una necesidad brutal y sin filtros. Quería lamerle el pecho. Pasar la lengua por su esternón y seguir aquella brillante gota de sudor hasta sus abdominales, saborear la sal de su piel. Quería abrir la boca contra él, rozar con la lengua cada línea de su torso caliente hasta notar el temblor bajo su piel….
La garganta se me cerró de golpe. Agradecí estar sentado, pues mis rodillas parecían ser de simple mantequilla en aquel momento. Noté cómo mis dedos se tensaban aún más alrededor de la bolsa de patatas. Mi respiración se volvió más corta y agitada. Le deseaba, siempre.
Cada vez que estaba frente a él me sucedía lo mismo. Dejaba de pensar, me convertía en simple impulso: un animal necesitado de calor, y contacto.
Idaria me dio un codazo para sacarme de ese trance; Ezra me miró divertida; Rhe apartó la vista, incómodo. Qebem seguía ahí, sin moverse, mirándome.Nunca había sentido nada igual a la atracción casi animal que Qebem me generaba, pero, por primera vez, tuve claro que no quería que apartase la mirada, nunca.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com