EL DEVOTO - Capítulo 27
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Capítulo 27: UN NUEVO AMANECER – ZIGGUR
Desperté pasado el mediodía, con la sensación de estar completamente recuperado. Los gritos de júbilo que llegaban desde el patio me dieron el último impulso que necesitaba para despejarme del todo.
Curioso por lo que sucedía abajo, salí del dormitorio con mi desgastada túnica color arena: la primera prenda con la que me hice y que, tras días en aquella casa, había pasado a convertirse en mi ropa de cama.
En el patio, tres hombres sonreían y se felicitaban entre sí mientras un chorro de agua brotaba con fuerza de la gran fuente central, llenando la cuenca redonda que lo circundaba y cubriendo de humedad fresca todo el interior. Frente a ellos, Perrito corría en círculos y Anne aplaudía, emocionada por la reparación de la fuente: un símbolo claro del retorno de Arethea.
La mujer, con aspecto orgulloso, se sentaba en la mesa de la terraza sosteniendo una taza de té, mientras Magda revisaba lo que parecía ser un documento —si no me equivocaba, la lista de tareas impuesta por la Yaya—.
Sonreí ante aquella imagen. Todos parecían felices, casi despreocupados, y todo ello gracias a una simple y sencilla fuente.
Desde abajo, Arethea me vio y, con una sonrisita, dijo:
—Buenos días, Ziggur. ¿Te unes a nosotras en esta adorable mañana?
Asentí.
—Me cambio ahora mismo y bajo.
Me vestí con la túnica y unos pantalones azules y —descalzo— bajé con ellas.
En ese momento noté que, al verme, los tres hombres empezaron a susurrar entre sí, señalándome de forma poco discreta, hasta que una dura mirada de la señora de la casa los devolvió a sus quehaceres, que consistían en vaciar de tierra los numerosos maceteros, llenando varias carretillas con la tierra reseca y llena de raíces.
Arethea se quedó mirando mi atuendo antes de añadir, en dirección a Magda:
—Añade a la lista ropa y calzado apropiado para el joven atum. No puede vestir únicamente con túnicas viejas de Wyatt.
—Bien —respondió Magda, que parecía perdida y resignada, como si se hubiese dado por vencida la batalla de réplicas contra la dama de la casa.
—Por mí no se preocupe. Tengo lo que necesito —contesté, sin querer ser una carga mayor, bastante peso debía ser el tener una boca más que alimentar.
—Tonterías. Yo seré quien diga lo que es necesario. Ese privilegio lo otorga la edad, joven Durugatum —replicó ella.
El apodo hizo que Magda empezase a reírse y que yo las mirase a ambas, confuso.
—¿Duru… qué? ¿Me he perdido algo? —pregunté, completamente perdido, aunque sabiendo de antemano que el comentario no era malicioso.
Arethea me sirvió una taza de té con una sonrisa, al tiempo que Magda, en tono casi conspirador, me explicaba:
—Durugatum. Es así como han empezado a llamarte algunos de los ancianos de la ciudad. Significa “omega de ojos violeta” en la lengua del desierto. Por aquí la gente tiende a ser más práctica que original.
Su comentario arrancó una risita de Arethea.
Entonces, frunciendo el ceño y de nuevo centrada en sus tareas, Magda comentó:
—Vale… las macetas estarán listas a mediodía, así que podríamos intentar cubrirlas y el mes que viene comprar las semillas en…
—No —interrumpió Arethea, sin siquiera mirarla, mientras inspeccionaba las paredes vacías del patio—. Cuando acaben con la tierra necesito que aumenten el número de ganchos en los dos muros laterales y que traigan más macetas. Nosotros iremos hoy mismo a la tienda de Nadihja a por las semillas. Nada de esperar al mes que viene.
—Pero, Yaya… el dinero que haría falta para comprar tantas semillas… y además, de Nadihja… —respondió Magda en tono suave, consciente de que era mejor no contradecir demasiado a su abuela.
—Yo me encargaré de eso. Conozco a esa vieja bruja desde antes de que pareciese momificada en vida —replicó Arethea, provocando que se me escapase una risita sorprendida.
—No creo que hablándole así consigas nada de ella, Yaya —respondió Magda, claramente poco convencida con la idea.
—No es mentira. Hasta sus bisnietos usan ya bastón y, además, seguro que tras años sin mis cremas su piel está más seca y cuarteada que el paso de Harud. Estará como loca porque vuelva al negocio.
Aquello logró que Magda casi escupiese el té que acababa de beber y reprendiese a la mujer:
—¡Yaya, por favor!
Arethea, en respuesta, solo se encogió de hombros y aclaró, explicando en mi dirección:
—Siempre me he considerado la persona más honesta de esta casa.
Poco después de acabar el desayuno salimos en dirección a la tienda de Nadihja, aunque no sin que Arethea reparase en mis botas —las mismas que había robado en el desierto— y negase con la cabeza, soltando un bufido de incredulidad.
—Nos lo hace a todos, no te lo tomes personalmente —me aclaró Magda. Luego, con mirada soñadora, añadió antes de reírse:
—Estos años la he echado tanto de menos—- que ya añoraba hasta esos horribles gestos elitistas.
Arethea volvió la mirada en nuestra dirección, alzando una ceja, justo cuando Anne, a gritos y a la carrera, reclamó su atención para que se fijase en… no estoy seguro, alguna de esas cosas que para el resto resultaban normales, pero que para Anne eran alucinantes. Con el paso de los días me había encariñado mucho con aquella niña.
Los últimos días no me había dedicado a explorar aquella parte de la ciudad, la más cercana a los edificios tallados en la ladera de la montaña. Conforme ascendíamos por la cuesta empedrada, Arethea, mirando a ambos lados, comentó:
—Esto está medio muerto, Magda. ¿Por qué hay tan poca gente en las calles?
—Pues verás, Yaya… —empezó Magda, cuando una voz mayor, que golpeó la acera como un trueno, retumbó:
—¡Benditos los ojos!
Me giré hacia aquella voz y vi a cuatro mujeres mayores, con ojos de halcón, mirando fijamente a Arethea.
—Cuánto tiempo, Are. Ya pensaba que nuestro reencuentro sería frente a tu lápida —comentó una de ellas, lo que provocó que el resto se riera sin control.
—No caeré antes que tú, vieja colgada —contestó Arethea mientras se acercaba a ellas y las abrazaba.
—Bueno, antes que nosotras tiene que morir Azize. ¿No has visto lo destrozada que está? —preguntó otra de las señoras, más bajita y arrugada, con aspecto de ansiar un poco de sangre y chismorreo.
—No estás tú para hablar, Olga —replicó Arethea, negando con la cabeza—. Pero no os preocupéis, voy a reabrir mi tienda en pocas semanas. Así dejaréis de parecer papiros viejos abandonados al sol.
Eso las hizo reír.
—Oh, Arethea, no sabes cuánto te hemos extrañado, maldita cerda —dijo otra de ellas mientras se abrazaban.
Yo no entendía nada.
—Aunque parezcan soldados enemigos a punto de combatir —me aclaró Magda—, todas ellas son amigas.
—…Te preguntaría si te sigues acostando con el lechero, Anika —escuché decir a Arethea, mirando a la mujer que acababa de llamarla cerda—, pero viendo tu estado actual dudo que ni siquiera tu marido tenga el valor de acercarse a tu cama.
Todas rompieron a reír, incluida la propia Anika.
Entonces, con un tono mucho más serio, la primera mujer que nos había parado se secó un par de lágrimas furtivas y volvió a mirar a Arethea, como si aún no pudiera creerse lo que veía:
—Pero… yo te vi hace solo un mes, Are. Los últimos años… Cuando Hamka me dijo que te había visto hablando en la terraza… no me lo creí del todo. Pensé que se le habría ido la cabeza. ¿Cómo es posible que estés aquí ahora? Bromeando como hace casi cinco años… No lo entiendo.
El resto de mujeres parecían estar igual de confusas que ella, atrapadas en un extraño límite entre la broma, el insulto y las ganas de llorar a causa de la emoción del reencuentro.
Entonces Arethea se giró hacia mí, arrastrando consigo la terrorífica atención de aquel extraño grupo de mujeres, y dijo:
—Bueno, podríamos decir que ahora hay un sanador en casa.
—Ahhh… —asintieron todas ellas, moviendo la cabeza en consonancia, como si fuese un gesto practicado durante décadas.
—Y dinos, Arethea —preguntó Olga—, ¿de dónde has sacado a semejante belleza y… un sanador, dices?
A lo que Anika se sumó:
—Así que el Durugatum no es solo un omega, sino un atum…. un sanador.
Su tono dejaba claro que no era la primera vez que aquellas mujeres hablaban de mí.
—Pues yo tengo fatal la cadera… quizás… —terció la primera mujer.
—No —cortó Arethea, alzando una mano mientras se interponía entre nosotras—. Él es demasiado blando. Yo me encargaré de las negociaciones sobre sus servicios, una vez la tienda esté abierta.
El tono fue tan rotundo que no admitía réplica alguna.
—No sé si pretende ser tu socia, ayudarte o convertirse en tu proxeneta —me susurró Magda al oído.
Al parecer —y si la mirada de Arethea era un indicador— no lo suficientemente bajo como para que ella no lo escuchase.
Lo peor era que yo tampoco tenía muy claro lo que aquella mujer acabaría haciendo conmigo.
Por suerte, pocos segundos después Arethea les dijo que tenía prisa y que se reuniría al día siguiente con ellas en un bar —al parecer, propiedad del hijo de Anika—, el lugar habitual en el que se encontraban para hablar… y, seguramente, despedazar al resto de la ciudad, si lo que acababa de ver era solo una muestra.
Cada pocos metros, una nueva persona se acercaba a ella para saludarla y mostrarle sus mejores deseos, al tiempo que me dedicaban sus poco sutiles miradas curiosas.
—Atajo de cotillas —replicó Arethea en nuestro camino de subida, lo que me hizo soltar una carcajada.
—No sea así, señora Arethea. Parecen preocuparse por usted, y eso es muy bonito —respondí con una gran sonrisa. Ojalá alguien en el mundo se preocupase así por mí.
—No, querido Durugatum —aclaró ella, entornando los ojos—. Son claramente unos cotillas, a la caza de más información sobre nuestro misterioso atum con el don de Sekhmet.
Entonces, mirando a lo lejos, comenzó a hablar:
—Déjame que te cuente una historia…
—Ya estamos, otra batallita —bufó Magda en bajito, divertida, ganándose de inmediato la mirada iracunda de su abuela.
Arethea volvió la vista al frente, con el cuello alzado, y empezó:
—Cuando yo solo tenía treinta años…
Magda la imitó disimuladamente a sus espaldas, logrando que Anne y yo empezáramos a reír. Entonces, Arethea se giró, y casi como si tuviese ojos en la nuca, le dirigió a su nieta una dura mirada antes de decir:
—Niñata desvergonzada… Como te contaba, Durugatum… Cuando solo tenía treinta años me deshice, discretamente, de algunas prendas de lencería que llevé en mi boda. Me había casado más de una década antes, por lo que ya no eran del todo apropiadas para mí. Cuál fue mi sorpresa cuando, al llegar a la plaza, encontré a un grupo de cuatro mujeres discutiendo sobre si era apropiado deshacerse de aquella lencería, o si debería haber hecho trapos con ella. Ah, recuerdo que incluso una comentó cómo uno de los patrones de mis bragas podría haberse utilizado como ribete para unas cortinas nuevas.
Entonces me miró con ojos cargados de sospecha, y con la voz mucho más grave y baja añadió:
—Aquí todos son unos cotillas. Cinco minutos después de que me sanases ya sabían que estaba en pie, lo que llevaba puesto e incluso lo que cenaríamos aquella noche. Quieren saber de ti. Siempre están ansiosos por saber más… seguramente porque en este desierto no tenemos ninguna cadena de televisión ni radio.
—Eso sí que lo extraño —suspiró Magda, con rostro soñador—. Ver una película, una serie… lo que sea.
—La electricidad está cara y muy limitada. Además, si quieres ver una película puedes ir a la casa de Azize y ya está. Que pague ella, que para algo sigue siendo rica —dijo Arethea, como si aquello fuese lo más obvio del mundo.
Me hicieron mucha gracia sus interacciones: toda la ternura y el afecto fluían por debajo de aquellas pequeñas puyas y réplicas. Pero algo de lo que había dicho Arethea quedó flotando en mi mente, como un recuerdo intentando abrirse paso a través de mi memoria: “El don de Sekhmet”.
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