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EL DEVOTO - Capítulo 28

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  4. Capítulo 28 - Capítulo 28:  LA CUARTA AMANTE - LA PALOMA ROJA
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Capítulo 28:  LA CUARTA AMANTE – LA PALOMA ROJA

El dolor en la rodilla izquierda de aquel apestooso saco de carne se volvía peor con cada paso.

Tras aquella primera reunión con los delegados del Imperio de Ra, le había dado bastantes vueltas al asunto: ¿por qué un hombre que contaba con tantos Atum a su servicio no había recurrido aún a ningún sanador con el don de Sethkhem? Andar con las piernas del señor Grobber, era como moverse sobre dos finos palillos de madera quebradiza e inestable.

Finalmente llegué a una conclusión bastante lógica. El caso de Grobber no era distinto al de tantos otros violadores y abusones violentos: Jamás mostraría su debilidad ante un Atum, ni pediría a alguien “ayuda” a alguien a quien veía tan por debajo de su propio estatus.

Esa revelación me sirvió para entenderlo mejor.

Durante un instante llegué a pensar que la raíz de su maldad era el dolor; pero no. El dolor era solo otra consecuencia del auténtico problema de aquel hombre: el orgullo.

Erexas me había advertido esa misma mañana que el cuerpo de Grobber no soportaría muchas más posesiones antes de quedar completamente inútil.

Debía acelerar mis planes y concluir todas las reuniones y acuerdos pendientes en el menor tiempo posible.

Entraba por la puerta principal de la mansión, tras haber tachado otro objetivo de mi lista, cuando me encontré cara a cara con la Cuarta Dama Grobber, vestida únicamente con un salto de cama color perla, sentada en uno de los divanes del recibidor.

La visión me dejó atónita, no solo por la pose —casi antinatural— con la que intentaba mostrarse atractiva, sino también por el hecho de que aquella prenda resultaría escasa incluso en el sur, así que me extrañó, y mucho, que mantuviese la compostura, sin temblar, a pesar de que debía estar muriéndose de frio. . Sospechaba que, con el clima del norte, la mujer corría el serio riesgo de acabar con una pulmonía.

Ahora era Grobber, no yo, así que recompuse mi expresión fría y distante, y seguí caminando hacia adelante.

—Mi señor —dijo ella, saltando descalza al suelo, en un movimiento que provocó que uno de los tirantes de aquella ligera prenda se deslizase por su hombro—. Os he añorado tanto, tantísimo…

Oh, por favor.

Tuve que contener la risa. Desde el puchero exagerado con que arrugaba los labios hasta la forma en que arqueaba la espalda para resaltar las dimensiones de sus pechos…todo en ella era tan deliberado, artificial y forzado, que no sabía si me daba más asco, o lástima.

—Dime, cuarta amante —repliqué con el tono que usaba aquel hombre cuando no quería hablar, o cuando la presencia de alguien le resultaba insoportable.

En aquel momento, no tenía tiempo para lidiar con ella, o con sus posibles sospechas.

—Llevas casi dos meses sin venir a verme… a mí, o a ninguna de las otras. Ultimamente estás todo el día con esa fea sureña… Ven a mi cuarto esta noche, mi señor. Te añoro tanto…

El hecho de que se metiera con mi aspecto físico, en realidad, apenas me ofendía. Era triste, sí; seguramente la cuarta amante, al igual que las otras tres que seguían vivas, solo temía perder el interés del señor Grobber y, con ello, su forma de supervivencia.

Lo lamentaba, de verdad. Pero empezaba a ser momento de que notasen las señales y se apartasen. El cuerpo del señor Grobber, después de todo, no seguiría demasiado tiempo en este mundo.

—Cuarta amante, ahora no es un buen momento. Si cambio de parecer, te haré llamar. Puedes retirarte.

Entonces el rostro de la chica se transformó.

Pasó de representar a una dulce y necesitada doncella —completamente indefensa— a recordarme más bien a un escorpión: terrible, afilado y amenazador.

—Hay cosas sobre ella que no sabéis, mi señor —añadió la Cuarta Dama.

Me detuve en seco y giré lentamente en su dirección.

Esperaba, por su bien, que aquello solo fuera un cebo.

—Está aquí buscando a alguien —prosiguió—. Alguien implicado en un crimen que sucedió hace más de dos años, en Heliópolis, nada menos.

Solté un suspiro resignado.

Realmente, no quería tener que llegar a esto.

—Acompáñame a mi despacho —ordené con un suspiro cansado.

Sus ojos se iluminaron con el brillo de la victoria. La pobre cotilla confundía estupidez con triunfo.

Pobre corderito malvado: no sabía que acababa de meterse con la loba equivocada.

Un cuarto de hora después, la mujer —que no debía superar los treinta y pocos años de edad— daba vueltas por la estancia sin revelar nada de verdadero interés ¿Era posible que si que se tratase únicamente de un…cebo? Pero sus palabras habían sido demasiado concretas. Heliópolis. Crimen. Hace dos años. Sabía algo, tenía que hacerlo ¿o no?

Ya me planteaba dejar pasar el asunto y poner fin a la conversación sin más incidentes, cuando volvió a hablar:

—Añoro mucho vuestras fiestas, mi señor. Nos divertíamos con vuestros juguetes… La casa antes estaba siempre llena de gente, pero ¿ahora?… Desde que esa tiparraca llegó aquí, ya no somos divertidos…

El mohín exagerado con que pronunció la última palabra me repugnó.

Luego acercó su mano a mi muslo —o al de Grobber, más bien— y dejó que uno de los tirantes de su salto de cama se deslizara todavía más hacia abajo.

—¿Recordáis la noche que jugamos con aquellos tres? —susurró con voz melosa—. La víspera de vuestro cumpleaños, el año pasado.

Cuando terminamos con ellos, hicieron falta seis criados para limpiar las manchas de sangre del suelo y de las paredes… —rió suavemente, casi con ternura, mientras deslizaba su nariz por el cuello de Grobber—. Aún recuerdo sus gritos, sus súplicas. Fue todo tan… excitante.

Aquello me revolvió el estómago.

Entendía que aquella mujer podía haber sido una víctima más de sus abusos, pero ¿participaba también en ellos?

Busqué en su mirada un signo de mentira, un temblor, una grieta.

Solo hallé el brillo enloquecido de sus ojos y el lento movimiento de su lengua recorriendo su labio inferior en una invitación silenciosa.

Estaba pirada. No, peor: estaba tan enferma como él.

Con un carraspeo, y una sensación de asco insoportable, aparté su mano de mi muslo y dije, simplemente:

—Ahora tengo otras cosas más importantes de las que ocuparme. Así que, si no tienes nada que decir, no me hagas perder más tiempo, cuarta amante.

Ella me miró con un ceño fruncido, sorprendida. debía de tratarse de una táctica habitual para ella.

Poco después, recuperando cierta compostura, pareció entender que las alusiones a violaciones y asesinatos múltiples —llevados a cabo durante las célebres orgías de aquella casa— no iban a granjearle la atención del señor Grobber en aquel momento.

Adoptó una pose más rígida, estirando la espalda con un gesto teatral, antes de hablar:

—La novena amante… he registrado sus cosas. Por vuestra seguridad, claro —añadió, apoyando una mano sobre el pecho derecho, como si aquel gesto bastase para transmitir la “honestidad” de su pútrido y negro corazón.

—¿Ah, sí? —inquirí, arqueando una ceja.

—Encontré un informe de vuestra situación económica en su cajón. Poco después pedí al guardia Federmas que la vigilase…

—¿A Federmas? —la interrumpí.

Su rostro y su cuello se tiñeron de un rubor inmediato. Fue algo automático: lo único que aquella actriz consumada no supo ocultar durante todo su pequeño espectáculo en lencería.

—Claro, mi señor… por su lealtad hacia vos —balbuceó, mientras jugueteaba con el dobladillo de la prenda entre los dedos.

¿Federmas? ¿El guardia que, casualmente, fue el único testigo del suicidio de la octava amante hace menos de un mes? ¿Y el mismo que —apenas unas semanas antes— encontró a la tercera amante apuñalada a las puertas de la mansión?

Vaya con la cuarta amante.

Así que no solo se excitaba con el sufrimiento ajeno: sospechaba que ella —junto a su amante, Federmas— tenían algo que ver con ambos sucesos. Honestamente, aquello no era asunto mío, ni parte de mi misión… a menos que sus próximas palabras alterasen la ecuación.

—Prosigue —dije con gesto magnánimo, imitando la expresión concentrada de Grobber.

—Federmas escuchó a los dos raritos que sirven de guardias para la novena amante. Estaban hablando sobre cómo buscaban a un hombre que se oculta en el Imperio de Ra —añadió ella—. Algo sobre intervenir en un trato comercial… y planes para atacar a vuestro sobrino Mattias. Esa mujer es una espía, o algo similar, estoy completamente segura.

¿En serio?

Vale, ni Amran ni Erexas eran precisamente discretos, pero ¿no podían, al menos una vez, vigilar la maldita puerta antes de ponerse a charlar sobre algunos de los puntos clave del maldito plan?

A veces no tenía claro si eran demasiado inocentes… o simplemente idiotas.

Con un suspiro, fingiendo reflexionar sobre el asunto, me giré en su dirección, consciente de que no me había dejado ninguna otra salida.

—Lo que me cuentas es preocupante, cuarta amante —dije, caminando hacia la licorera.

Abrí el pequeño cierre oculto del anillo de mi índice y vacié el contenido del relicario en un vaso antes de servirle dos dedos de licor.

Luego me volví hacia ella, tendiéndoselo con una sonrisa casi amable.

—Necesitaré que me lo cuentes sin dejarte ni un solo detalle.

Entonces me acerqué a la puerta del despacho y presioné el cierre de seguridad.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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