EL DEVOTO - Capítulo 29
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Capítulo 29: FLORES EN LA ARENA – ZIGGUR
Tras casi una hora de saludos y alabanzas al buen estado de salud de Arethea, finalmente llegamos a la plaza de la Media Luna. Se trataba de una gran explanada de piedra, circundada por edificios que parecían encajados en la ladera como si hubiesen brotado de la misma roca.
Desde allí partían distintos conjuntos de escaleras empinadas semi ocultos entre fachadas estrechas y pasadizos arqueados, trepando hasta perderse en las alturas de la montaña. Cada tramo se unía a distintas hileras de balcones y miradores, de los cuales colgaban pequeños jardines verticales suspendidos de las terrazas talladas en la piedra, logrando que el verde destacase entre aquel laberinto ocre del desierto.
Las casas se superponían unas sobre otras, sostenidas por arcadas que servían tanto de cimientos como de calles elevadas. Por debajo, el bullicio llenaba la plaza: tenderetes cubiertos de toldos multicolores, puestos de especias y frutas, vendedores que gritaban sobre la frescura de sus mercancías, y niños correteando entre la multitud.
Mientras andábamos en dirección a la tienda, Magda le explicaba a Arethea:
—Hace unos meses los acólitos de Apofis tomaron Nekhebmar, cortando la ruta de la sal y cerrando todas las vías que la conectaban con el Gran Estado Solar. Desde hace unas cuatro semanas no llegan caravanas de Marukhet… Hace poco vi a Diana, de Urakhem —aclaró en mi dirección, por lo que asentí, prestándole toda mi atención—. Al parecer ellos también han perdido todo tipo de contacto con los principales puertos, aunque mantienen sus rutas de comercio con la Confederación de Zharim, por lo que no están tan…al límite como nosotros. Pero, por lo que me contó, la situación empeora con cada día que pasa, ya que ni siquiera tienen recursos suficientes para alimentar a los mineros de Tal-Demur, que dependen en gran medida de ellos.
—¿Y las tropas del Gran Estado Solar? —preguntó Arethea, más tensa y reflexiva que unos minutos atrás.
—No hay tropas, Yaya —explicó Magda—. Al parecer, los pocos efectivos que han mandado para asistir al ejército de las arenas son Devotos de Osiris.
Arethea soltó un bufido y replicó:
—Esos no merecen ni ser llamados soldados. Anne podría vencer a tres juntos sin demasiado esfuerzo.
El comentario hizo que Anne mirase a su Yaya con el ceño fruncido, como intentando distinguir si aquello había sido un cumplido o un insulto. Yo tampoco lo tenía del todo claro.
—Esos vagos de Zharim no deben ni recordar la ruta hasta aquí —siguió Arethea—. Ya se darán cuenta cuando sus arcas se vacíen sin los beneficios que obtienen de las ciudades del desierto.
Lo dijo con tono conocedor y un tanto malicioso, antes de añadir:
—No es la primera vez que esto pasa, querida. Lo que me extraña es que no haya noticias de los ejércitos del Imperio Solar… o de Sethkhem. Ahora necesitamos a los guerreros de Seth más que nunca.
Sethkhem. Aquel nombre, por algún motivo, me removió algo por dentro. Sentí un cosquilleo en la nuca, un pulso en mis sienes, como si un recuerdo quisiese abrirse paso a golpes desde el interior de mi cráneo.
Magda, pálida como una sábana, no respondió. ¿Estaban hablando del Imperio que había entrado en un estado de aislacionismo? No me extrañaba que Magda temiese contárselo. No debía de ser fácil volver a la vida para descubrir que quizá la mayoría de tus seres queridos podían estar a un solo ataque de perder la suya.
Aquella terrible conversación quedó brevemente aparcada cuando llegamos a la tienda de Nadihja. El negocio se encontraba en una esquina, casi oculto por el resto de edificios, al fondo de la plaza de la Media Luna. La fachada estaba cubierta por un desgastado toldo verde que, en otro tiempo, debió de ser mucho más oscuro, antes de que el sol del desierto dejase sobre él su marca.
Al abrir la puerta, una pequeña campanilla informó de nuestra llegada.
El interior de aquella tienda estaba muy poco iluminado, casi sombrío. El local, con forma de tubo, era como un largo pasillo interrumpido a cada lado por altas estanterías de madera oscura. Sobre ellas se alineaban hileras de frascos de cristal llenos de un líquido amarillento, y dentro de cada uno se apreciaban distintos tipos de semillas, todas ellas sumergidas, con apariencia de encontrarse suspendidas en el tiempo.
No había aroma a hierbas ni perfumes, solo el olor seco del polvo acumulado. En el silencio podía oír incluso el crujido leve de la madera crujir con cada uno de nuestros pasos.
Al fondo, un mostrador de la misma madera oscura esperaba, y tras él, una puerta cubierta por una vieja y deshilachada cortina blanca.
Una gigantesca enredadera, de anchos tallos del color de la ceniza, se extendía por toda la pared del fondo, arrastrando sus tallos incluso hasta el mostrador, casi como si aguardase un descuido para devorar todo aquel local. La visión de aquella rara planta me resultó casi hipnótica.
Magda, al notar mi curiosidad, aclaró en voz baja mientras avanzábamos hacia el mostrador:
—Es una Erehmah. Una enredadera que crece muy rápido, casi sin necesidad de cuidados. La familia de Nadihja sabe cómo extraer su savia y tratarla, para que cualquier semilla bañada en ella brote mucho más rápido que una planta normal. Ese es también el motivo por el que sus semillas son las más caras de la ciudad.
En ese momento, una anciana vestida de gris —a juego con el tono casi blanco de su cabello, recogido en un apretado moño— cruzó la puerta de la trastienda apoyada en un bastón de madera, tan ceniciento que parecía una prolongación de la enredadera que cubría toda la pared del fondo.
Sus dedos y muñecas estaban cargados de pesadas joyas de plata, que resaltaban contra el mate oscuro del bastón y de todo aquel lugar, en general.
—Ah, Arethea… —comentó con una sonrisa y un gesto casi depredador—. Ya me preguntaba cuándo me visitarías.
—Nadihja —asintió Arethea con la cabeza, antes de recorrer a la otra mujer con la mirada—. Estás más vieja… si es que eso es humanamente posible.
Nadihja, sin inmutarse en lo más mínimo, se dejó caer en una butaca medio oculta tras el mostrador. Apoyó el bastón en uno de los brazos de su sillón acolchado, con una tela de color verde bosque, y replicó encogiéndose de hombros:
—Y tú ahora eres más pobre que una rata. Cada una debe cargar con lo suyo.
Arethea simplemente asintió con naturalidad y aspecto casi reflexivo. Eran dos mujeres pragmáticas, sin pelos en la lengua, enunciando lo que ambas consideraban simples hechos.
—Bueno… —añadió Arethea, deslizando un dedo por una de las estanterías—. Por la cantidad de polvo que veo aquí, dudo que lo estés haciendo demasiado bien.
—¿Qué quieres de mí, vieja intrigante? —preguntó Nadihja, estrechando los ojos hasta adquirir una expresión que me recordó al de una serpiente.
—Que me fíes. Y a cambio, un mes de cremas gratis —atajó Arethea.
—Yo no fío, y lo sabes —respondió Nadihja, al tiempo que se pasaba la mano por la piel suelta del cuello.
Los ojos de Arethea brillaron al notar ese gesto.
—Ni te pones crema, por lo que veo… y desde hace bastante tiempo —replicó, ganándose una mirada airada de Nadihja, que soltó de golpe la piel suelta de su rostro, consciente de la debilidad que había revelado.
—Dos meses de cremas y un cinco por ciento de comisión —contraatacó Nadihja.
—Un mes y medio, sin comisión, y te daré tres frascos gratis de suero —devolvió Arethea sin pestañear.
Nadihja empezó a repiquetear el dedo índice contra la superficie de la mesa. Parecía a punto de decir algo, pero al encontrarse con el rostro estoico de Arethea, esbozó al fin la sonrisa que se dedica a un buen adversario.
—Hecho. Pero a precio de venta, sin descuentos.
Ambas mujeres cerraron el acuerdo con un apretón de manos.
Varias horas después volvimos a casa con tres bolsas de tela repletas de frascos: el preparado de Erehmah donde aguardaban las semillas que Arethea necesitaba para poner en marcha su jardín.
—Algunas llevan años nadando en ese líquido —explicó Magda, mucho más animada que antes—. Así que crecerán una barbaridad en tan solo unos días.
Anne y Perrito, que ni siquiera entraron en la tienda al decidir que era mucho más divertido pasarse horas correteando por la plaza, fueron los primeros en cruzar la puerta de la casa. El chillido de alegría de Anne nos indicó que algo había pasado antes siquiera de que atravesáramos el umbral.
Al entrar, con miradas sorprendidas y lo que parecían lágrimas en los ojos, nos encontramos de frente con Wyatt y Hellen, junto a Aaliya, mirando a Arethea como si se tratase de una aparición.
La anciana, con una sonrisa, anunció:
—Sabía que tardaríais poco en llegar. Wyatt nunca se pierde la cena.
Entonces ambos se lanzaron a sus brazos entre risas y sollozos, mientras Magda y yo sonreíamos ante la emoción de aquel esperado reencuentro.
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