EL DEVOTO - Capítulo 3
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
3: FUEGO Y ARENA – SIN NOMBRE 3: FUEGO Y ARENA – SIN NOMBRE Las tres túnicas negras retrocedieron al unísono.
—¿Qué demonios ha sido eso?
—preguntó el primero.
—¿Es una persona?
—soltó el segundo.
—¿Un hechicero?
¿O un no-muerto?
—añadió la primera figura, pero el tercer hombre lo interrumpió con desprecio: —No seas estúpido.
¿Alguna vez has visto a un no-muerto romperle el cuello a un hombre a más de veinte metros?
No me importa lo que sea, porque su vida acaba aquí.
Alzó la mano y creó una bola de calor, como una versión pequeña del hermano malvado de la luna.
Yo ya había soportado demasiado tiempo al grande sobre mí, así que aquella esfera no me dio demasiado miedo.
La lanzó, y yo la recibí.
No, no era como el del cielo.
Este tenía algo raro, un borde de oscuridad, casi pegajoso, que me incomodó.
El orbe quedó entonces flotando sobre mi mano.
Los tres hombres emitieron ruidos extraños, y entonces recordé una palabra que les describía a la perfección: monstruos.
Con esfuerzo, hice que aquella esfera se dividiese en tres, más grandes, más cálidas, más rojas, sin aquella mancha negra, parecidas al orbe que quemaba en lo alto.
Y cuando las lancé, impactaron directamente contra el negro de sus túnicas.
Sus cuerpos brillaron con fuerza, hasta que finalmente dejaron de hacerlo, quedando —por fin— en silencio.
Me desplomé hacia atrás.
Otra palabra llegó a mi interior: cansancio.
Me quedé sentado, sin moverme, hasta que un pequeño ser de cuatro patas se acercó lentamente a mi, me observó durante un tiempo, y finalmente se sentó a mi lado.
Pasó otro ciclo de la luna antes de que pudiera volver a levantarme.
Entonces recordé algo más: antes de salir, hay que vestirse.
Le quité la ropa al hombre vestido del color de la arena.
Una a una, muchas palabras volvieron: túnica, pantalones largos, pañuelo.
Me los puse por orden, envolviendo mi parte superior con el pañuelo, que esperaba me protegiese de la luz de aquella insistente esfera, que en pocas horas volvería a iluminar el cielo.
Y cuando lo hice, algo se iluminó en mi mente.
Ya no eran solo “las partes con las que veía”.
Ahora recordaba su nombre: ojos.
Hacía horas que los restos de aquellas tres figuras de las túnicas negras se habían consumido, dejando tras de sí un polvo oscuro, del mismo color que yo.
Así que podía irme: no harían más daño a nadie.
Después de todo, ya no eran más que arena.
Entonces me fijé en que mi compañero no paraba de mirar, con profunda tristeza, a aquel ser parecido a él, aunque mucho más grande, que descansaba sobre la arena.
Una nueva palabra vino a mi mente: tumba.
Con esfuerzo cavé en la arena, a suficiente distancia de los monstruos, hasta tener un espacio lo suficientemente grande para aquel ser.
Un lugar desde el que pudiese volver a ser arena.
Cubrí su cuerpo con más arena y me preparé para seguir mi camino.
Cuando me disponía a andar, el pequeño emitió un sonido parecido a una protesta y miró las extremidades inferiores de mi cuerpo, antes de volver la vista hacia la parte inferior del muerto al que había quitado la ropa.
—¡Ah!
Botas —pronuncié en voz alta, con una sonrisa, contento de recordar aquella palabra.
Las botas eran parte de la ropa, así que suponía que también las necesitaría.
El muerto no andaría más, al menos por ahora, así que dudaba que fuese a importarle.
Me las puse, notando entonces las grandes heridas que recorrían mis extremidades inferiores.
Eso explicaba por qué dolía tanto cada vez que andaba por la arena, aunque solo era otro pensamiento de fondo: desde que el silencio dio paso al ruido, toda mi existencia se había basado en aguantar el dolor.
Ojalá yo también pudiese volver a ser solo arena.
Mi pequeño compañero y yo empezamos a caminar bajo la luz de la luna, hasta que el orbe cálido del cielo se asomó sobre los montículos de arena.
Pronto volvería a salir.
Seguimos andando durante varios ciclos, en los que Luna reapareció y, volvió a retirarse, seguida por ese pesado que siempre parecía ir tras ella.
En la distancia vimos una gran montaña solitaria.
Montaña.
Era una palabra bonita, que había recordado mientras caminábamos.
Una pared entera de ellas parecía impedir que siguiésemos nuestro camino en aquella dirección, así que decidimos andar en paralelo al muro, a través de la arena.
En cierto momento mi compañero pareció agitarse, no enfadado, ni asustado, ni dolorido.
Parecía algo bueno.
Daba saltitos y me indicaba que le siguiese, al tiempo que esa extremidad suelta, de su parte trasera, se agitaba de un lado para otro.
Lo entendí un tiempo después, cuando llegamos al destino que él señalaba.
Recordé una nueva palabra: verde.
En medio del flujo de arena, empecé a ver ese precioso color.
Al principio muy poquito, pero cada vez más.
Tras subir un trecho por un camino que ascendía, llegamos a un terreno liso, cubierto de verde y de aquel líquido que, nada más despertar, se había derramado desde mis ojos: agua.
La garganta me dolía más y más conforme nos acercábamos, como si ella recordase algo de lo que yo no era capaz, hasta que por fin nos aproximamos a una gran superficie de un azul casi transparente, rodeada de pequeños seres que cantaban suavemente desde lo alto de los… árboles, sí, esa era la palabra.
Bajo aquellos árboles que nos protegían de la luz, disfruté la sensación del agua atravesando mi garganta.
Aquello me hizo ser consciente de lo mucho que la había extrañado, aunque hubiese tardado en recordar su nombre.
El agua era buena, me gustaba.
Por primera vez desde que desperté, sentí algo bueno: algo que no dolía, no daba miedo ni me hacía desear ser únicamente arena.
Mi compañero, imitando mi gesto, metió su parte superior en el agua durante un largo rato y, cuando ambos nos sentimos saciados, llegó la hora de descansar.
Yo me dejé caer en aquel maravilloso manto verde, lanzando piedrecitas para que él las buscase.
Parecía entretenerle profundamente aquella actividad, aunque yo agradecía ser quien las lanzaba y no verme obligado a perseguirlas.
No creía que aquel ejercicio pudiese llegar a divertirme tanto como a él.
Después dedicamos un tiempo a pasear entre el verde y los árboles, hasta que mi compañero encontró un sustento que colgaba de algunos de ellos y generosamente lo compartió conmigo.
Entonces recordé una nueva palabra: sabor.
Mi interior gruñó con fuerza tras el primer mordisco, pero poco a poco se fue calmando.
En el tiempo que yo me comía uno de aquellos regalos de los árboles, mi pequeño compañero había devorado más de los que pude contar.
Y así, con Luna de nuevo sobre nosotros y aquella dulce paz , cargada de la humedad que traía consigo la mezcla del verde y el agua, me tumbé y finalmente pude dormir en silencio.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com