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EL DEVOTO - Capítulo 30

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  4. Capítulo 30 - Capítulo 30: EL BESO DE SEKHMET - ZIGGUR
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Capítulo 30: EL BESO DE SEKHMET – ZIGGUR

Mientras los saludos, explicaciones y reencuentros llenaban la terraza, Magda y yo fuimos a la cocina para preparar la cena: un guiso de pollo con una suave salsa de cítricos y una ensalada fresca.

—Cada vez me siento más cansada —confesó, mientras machacaba las especias en el mortero.

Yo, a su lado, limpiaba la carne. Cada día lo hacía un poco mejor, aunque era consciente de que jamás llegaría a cocinero profesional.

—No me extraña —le respondí, viendo la vorágine en la que llevaba días atrapada—. Estás todo el día cumpliendo encargos de Arethea, además de las tareas que ya tenías antes. Necesitas descansar, Magda.

Lo dije con suavidad, pero con sincera preocupación por la falta de sueño que se le notaba en el rostro.

Cuando terminó con las especias, tomó un cuchillo y empezó a cortar verduras a un ritmo imposible. Sus manos parecían moverse solas, hasta que, en un mal gesto —quizá por el cansancio que la vencía—, la hoja resbaló y se hundió en su piel.

—¡Ay, eso no lo vi venir! —dijo Magda mientras abría el grifo y metía la mano herida bajo el agua.

—¡Titaaaa! ¿Estás bien? —preguntó Anne, que hasta entonces había estado sentada a la mesa robando aperitivos sin ser del todo cazada.

—Sí, cielo, solo es un pequeño corte —respondió Magda con una sonrisa forzada. Pero en su mirada se notaba el dolor.

Me acerqué, tomé su mano y la sostuve con cuidado. Un destello brotó de mi palma, un hilo dorado que iluminó la piel herida. La luz se extendió unos segundos y, cuando se apagó, la herida había desaparecido.

—Woah… gracias, Ziggur —dijo Magda con una sonrisita de alivio.

Anne me miraba con los ojos muy abiertos, fascinada.

—¿Así curaste también a la Yaya?

La seriedad con que lo preguntó me hizo sonreír.

—Sí, pero con tu Yaya tardé un poquito más.

La niña asintió con expresión reflexiva. Al parecer entendía la clara diferencia entre sanar una pequeña herida en el dedo y la enfermedad degenerativa que había padecido su abuela.

Aquella noche, con la alegría del reencuentro y la paz que trajo la vuelta de Hellen y Wyatt, cenamos en la terraza, bajo la luz de la luna y el titilar de las velas. La fuente, recién reparada, llenaba el aire de una humedad suave que refrescaba el ambiente.

Wyatt alzó una botella y anunció con una enorme sonrisa:

—Para celebrar.

Nos sirvió generosos vasos de un licor de Thamret que había traído de su viaje a la ciudad comercial. Solo Anne quedó fuera del brindis.

Al terminar, me descubrí ligeramente mareado, pero más feliz de lo que recordaba haber sido en mucho tiempo.

Entre todos recogimos los platos mientras Arethea y Anne se dirigían al jardín. Había llegado la hora de sembrar las semillas.

—Ha de hacerse bajo la luz de la luna —declaró Arethea con tono solemne.

—Así es —asintió Anne muy seria, con un gesto que la hacía parecer una erudita en botánica más que una niña de apenas nueve años—. Yo te ayudaré, Yaya.

Mientras Arethea sacaba las semillas de sus frascos y las introducía en pequeños montoncitos de tierra en cada macetero, le iba explicando a Anne los usos medicinales de cada planta. La niña asentía con la solemnidad de una discípula, mientras el resto permanecíamos en la mesa de la terraza, bebiendo y charlando.

En un momento dado vi cómo Arethea volcaba el líquido de todos los frascos de semillas en una gran tina de barro.

—Es para mezclarlo con el agua de riego —me explicó Hellen con una sonrisa.

Desde la travesía por el desierto había surgido entre Hellen y yo una buena relación, pero tras presenciar cómo había sanado a Arethea, su reacción fue más intensa de lo que esperaba. Desde la cena no dejaba de rellenarme el vaso de licor ni de pasarme el brazo por los hombros cada vez que encontraba ocasión. No es que me quejara de sus muestras de afecto, pero me hicieron más consciente de lo solo que me había sentido hasta aquel momento. Aquellos gestos de afecto eran la mayor muestra de cercanía humana que recordaba.

Poco después, mientras observaba de lejos el trabajo de siembra, el agotamiento empezó a pesarme. Me despedí y subí a la tercera planta. El calor de los últimos días me había acostumbrado a dormir con la puerta y la ventana abiertas, lo que permitía que el aire y la humedad de la fuente encontraran su camino hasta mi dormitorio.

Estaba a punto de acostarme cuando escuché unos nudillos golpear la puerta entreabierta.

—Adelante —murmuré.

Wyatt entró. Tenía el rostro ligeramente enrojecido, como avergonzado, y bajó la mirada un instante antes de dar tres pasos rápidos hacia el interior de mi cuarto. De repente me levantó en un abrazo que me dejó descolocado.

—Gracias, Ziggur… gracias por salvar a la Yaya.

Los días siguientes se llenaron de trabajo: limpiar, encalar paredes con un material hecho de arena del desierto —capaz de tapar grietas y manchas— y volver a limpiar un poco más.

Arethea cuidaba con mimo de aquel jardín que parecía crecer casi como por arte de magia. Cada pocas horas las plantas parecían alzarse varios centímetros más, y eso me hizo comprender al fin el valor del preparado que había sostenido durante generaciones a Nadihja y a su negocio.

Hellen, Wyatt y yo nos encargábamos de las reparaciones, aunque yo pasaba la mayor parte del tiempo ayudando a Magda en la cocina. Si allí ya demostraba escasa habilidad, mis destrezas físicas y manuales eran todavía peores. Hasta Anne resultaba más útil que yo. Por algún motivo, Wyatt aprovechaba cada oportunidad que tenía para decirme lo mucho que me hacía falta comer más, ofreciéndome cada dos minutos algo de picar, un comportamiento que esperarías de tu abuela, pero que resultaba muy sorprendente en aquel desapegado alfa, ¿quizás fuese algún tipo de costumbre extraña de las tierras monoteístas? No tenía ni idea del motivo, pero sus muestra de agradecimiento empezaban a resultarme algo… sofocantes. Aunque obviamente no diría nada al respecto, pues no quería ser desagradable con alguien que se esforzaba tanto en mostrarme su agradecimiento por haber sanado a su abuela.

Las tareas fueron agotadoras, incluso contando con la ayuda de varios hijos de vecinas y amigas de Arethea. Pero al menos me servían para distraerme, aunque solo un poco, de las imágenes que parecían acecharme cada noche, mientras dormía.

Soñaba con aquellos hombres. Aunque no veía sus rostros, reconocía sus voces: los tres hijos del señor. Aquellos tres hermanos, que por algún motivo sabía que no compartían la misma madre. Ese detalle no me lo contaba nadie: simplemente era algo que…recordaba.

Mi relación con ellos parecía… demasiado estrecha. Y yo mismo no sabía qué pensar. Era común que un alfa o un Khepri tuviese relación con varios omegas y Atums; lo contrario, en cambio, era mucho menos habitual.

Lo que más me inquietaba no eran los vacíos en los sueños —los rostros ocultos, la falta de contexto sobre lo que éramos—, sino lo que implicaban. ¿Había sido yo algún tipo de Atum de servicio? ¿Cómo podía ser tan cercano a aquellos tres Khepris…y a la vez?

El miedo se clavó más hondo cuando entendí lo que sí era claro: había despertado bajo las arenas del desierto, solo y abandonado, sin señales de que nadie me estuviese buscando. Quizás fuesen ellos mismos quienes me habían arrojado allí, dándome por muerto.

Me encontraba tan inmerso en mis pensamientos, barriendo la terraza, que tardé en escuchar los gritos de una sonriente Anne. Volvía de la escuela con un pesado libro bajo el brazo, repitiendo una y otra vez algo sobre “el beso de Setme”.

De pronto se giró hacia mí, me señaló con un dedo, en gesto solemne y anunció:

—¡Ziggur, tienes el beso de Setme!

Yo simplemente parpadeé, desconcertado, y busqué con la mirada a Arethea, que desde su despertar había asumido la tarea de acompañar a la niña cada día a la escuela. Nuestros ojos se encontraron y mi expresión de desconcierto le arrancó una sonrisilla divertida.

—Hoy les han hablado de los dones de los dioses, querido —explicó—. Así que se ha emocionado mucho al descubrir que vive con un Atum que recibió el beso de Sekhmet.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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