EL DEVOTO - Capítulo 4
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4: ANNE – SIN NOMBRE 4: ANNE – SIN NOMBRE Cuando desperté, completamente rodeado por el verde de los árboles y el azul del agua, recordé una nueva palabra: feliz.
Parecía que una imagen intentaba manifestarse en mi cabeza, dos ojos brillantes y una voz… pero al instante mi cabeza crujió con un latigazo de dolor y desterré aquella visión.
No quería sentir dolor.
Acababa de recordar una palabra hermosa: feliz.
Aunque por algún motivo, ignorar aquellos ojos me hizo sentir justo lo contrario.
Aproveché la oscuridad bajo los árboles y la frescura del agua para reposar mientras el orbe cálido del cielo calentaba .
Solo cuando su fuerza comenzó a suavizarse me incorporé y fui a beber junto a mi compañero.
Entonces lo vi.
El agua devolvía la imagen de mi compañero bebiendo: un reflejo.
Y junto a él, el mío.
Me quedé quieto, observándome por primera vez.
No era arena.
Tampoco era como mi compañero: yo no tenía escamas, ni ese brillo azul en mi interior.
Todo mi ser era negro, mate, como endurecido.
No parecía piel, sino una costra, idéntica a los restos que habían dejado las figuras de túnica negra.
No me gustaba.
Solo dos cosas parecían vivas en ese reflejo: mis dos ojos.
Todo lo demás era como si estuviera recubierto de arena muerta.
Emití un gemido.
Y entonces una voz habló cerca de mí.
La voz venía acompañada de dos círculos de color castaño que me observaban desde la parte superior de mi reflejo: ojos también.
—A ver, no estás tan mal… solo pareces un poco chamuscado… por todas partes.
Salté hacia atrás, apoyando mis extremidades en la tierra.
No daba mucho miedo: era pequeña, apenas un tercio de mi tamaño.
Tenía cuatro extremidades, igual que las figuras de antes, y que yo, además de mucho pelo en la parte alta de su cuerpo.
El pelo estaba dividido en dos partes, sujetas hacia cada lado por un fragmento de tela.
Al notar mi atención en aquello, sonrió.
—¿Te gustan mis coletas?
Me las hizo la tía Magda —dijo orgullosa, antes de añadir con poca felicidad—.
Aunque Hellen se quejó, como siempre, porque tardaríamos en llegar al oasis.
Pero me quedan genial, ¿verdad?
La criatura dio un paso hacia mí.
—Por cierto, me llamo Anne, y tengo ya nueve años y medio.
¿Y tú?
¿Cómo te llamas?
Extendió una de sus extremidades superiores hacia mí.
La miré, sin entender qué quería.
—Cuando la gente conoce a alguien nuevo, es costumbre darse la mano y decir tu nombre —explicó con paciencia.
Mano.
Otra palabra.
Esas extremidades servían para tocar y sujetar.
Aquello fue lo que me despertó: el recuerdo de una mano, su caricia.
Torpemente extendí la mía y ella, sonriendo, la movió arriba y abajo.
—¿Y tu nombre?
—insistió.
Me quedé callado.
No sabía qué responder.
Negué con la cabeza.
—¿No te acuerdas?
—preguntó, bajando la voz.
Negué de nuevo.
—A mi abuelita también le pasa —murmuró—.
Aunque dicen que es dumencia, por la edad.
¿Tú eres viejo?
La miré sin comprender.
Ella misma respondió con rapidez: —No importa.
Si no lo recuerdas ahora, seguro que lo harás más adelante.
Hasta entonces puedes ser… —se señaló a sí misma con una sonrisa y luego hizo lo mismo en mi dirección, como si estuviera dibujando un nombre en el aire—.
¿Qué tal Ziggur?
Al fin y al cabo estamos en el oasis de Ziggur.
Además, así no olvidarás dónde estás.
Asentí, y por algún motivo aquella ocurrencia me hizo sentir otra vez feliz.
—Pues un placer conocerte, Ziggur.
Seguro que nos vemos por aquí —añadió, antes de reparar en mi compañero y en los frutos que yacían a sus pies.
Sus ojos se abrieron desmesuradamente y soltó un grito que sonó… feliz.
—¡Ohhh, tienes un perrito!
Aunque nunca había visto a uno que brillase así por dentro… Y parece que habéis recogido higos.
Yo debería buscar algunos antes de que Hellen se enfade conmigo.
Cuanta más fruta llevemos, más dinero tendremos para los próximos meses, ¿sabes?
Recordé también esas palabras: fruta, higos.
Con un gesto torpe, le ofrecí un pequeño montón para que no se ganara una reprimenda después de haberme ayudado tanto.
Ella aceptó con una gran sonrisa y, levantando la mano en señal de despedida, exclamó: —¡Gracias!
Del mismo modo en que había aparecido, aquella feliz criatura desapareció entre los árboles como un torbellino, hasta que una voz sonó en la distancia: —¡Anne, vamos!
Quédate donde pueda verte.
Aquel intercambio me había dejado agotado.
Sonreí a mi compañero —Perrito— y poco después me quedé dormido, arropado por el verde y el murmullo del agua.
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