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EL DEVOTO - Capítulo 5

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  4. Capítulo 5 - 5 AMENAZAS - ZIGGUR
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5: AMENAZAS – ZIGGUR 5: AMENAZAS – ZIGGUR Siguiendo la tónica de lo que parecía ser mi existencia, me desperté cuando el silencio fue reemplazado por ruido.

Ruidos muy altos, entre los cuales reconocí uno al instante: la voz de Anne.

No sonaba feliz.

Sonaba asustada.

Perrito, a mi lado, también lo había escuchado y emitía pequeños ruiditos nerviosos: estaba inquieto.

Me incorporé de inmediato y me dirigí hacia el lugar de donde procedía su voz.

Venía del otro lado del lago, junto a lo que parecía un pedazo de tela clara, alzada al borde del agua.

Allí estaban Anne y dos figuras más, atadas a un árbol.

Cuatro figuras – con túnicas negras- las rodeaban, riendo.

—Seréis adquisiciones maravillosas para el ejército de Apofis en la tierra —dijo uno entre carcajadas—.

Su semilla se extenderá desde aquí hasta todas las ciudades libres de Thamur.

Sus tres compañeros respondieron al unísono, con júbilo: —¡Alabado sea Apofis!

Anne, por cuyos ojos corría agua, temblaba de miedo.

Me vio y, en voz bajita, para que los monstruos no la escuchasen, susurró: —Corre.

Las otras dos mujeres, aunque contenían las lágrimas, no podían ocultar el miedo en sus miradas.

Una de ellas me descubrió y sus ojos se abrieron de par en par, atrayendo sin querer la atención de dos de aquellos monstruos.

—¿Y tú quién eres?

—gruñó uno—.

Parece que podremos rendir culto a nuestro señor con un integrante más para su horda.

¿Verdad, mi señor?

Dos de ellos comenzaron a acercarse a mí con sonrisas torcidas, mientras el tercero alzaba las manos hacia el cielo y recitaba con solemnidad: —Oh, gran señor Apofis, hoy te bendeciremos con cuatro nuevos… —No es tu señor, es mi amiga —lo interrumpí.

El silencio fue inmediato.

Los hombres de negro se miraron entre sí, desconcertados; incluso las dos mujeres atadas y la niña dejaron de forcejear, incapaces de procesar mis palabras.

—¿Qué…?

—balbuceó la tercera figura, bajando un poco las manos.

Yo señalé con la mía al orbe plateado en lo alto del cielo.

—Se llama Luna.

No Apofis.

Es mi amiga, no la tuya, monstruo.

La confusión reinó durante un par de segundos.

Alguno de los encapuchados soltó una carcajada nerviosa, como si creyera que aquello era una burla; otros fruncieron el ceño, indecisos.

Las mujeres se miraban entre sí sin comprender si lo que acababan de escuchar era la divagación de un loco.

—¿Te atreves a interrumpirme con semejantes estupideces?

—escupió por fin la tercera figura, cargada de enfado.

Yo no estaba nada feliz, no sabía que era un Apofis, pero no me gustaba y seguro que a Luna tampoco.

Giré la muñeca, y su cuello respondió con un clack seco que rompió aquel momento de tensión.

Su cabeza cayó hacia un lado, torcida en un ángulo imposible.

Los tres encapuchados restantes se sobresaltaron.

Uno corrió hacia mí y los otros dos en dirección opuesta.

No les di tiempo: conjuré tres orbes cálidos, uno para cada uno de ellos.

Cuando impactaron contra sus cuerpos, una de las figuras alcanzó a lanzarme algo brillante y afilado.

La hoja me cortó el brazo, arrancándome un gruñido de dolor.

Aun así, sus túnicas negras no dejaron de arder, con ese resplandor rojizo que acababa en muerte, iluminando la zona, como brasas danzantes.

Uno de ellos intentó huir hacia el agua, pero Perrito salió de entre las sombras, lanzándose contra él y derribándolo al suelo.

El rojo de su túnica brilló aún más cuando Perrito le zarandeó, incrementando sus gritos de agonía, que se mezclaron con los de sus compañeros, en un coro de voces agonizantes.

Entonces me acerqué a Anne, que me sonreía al tiempo que seguía derramando agua por los ojos, e hice que una chispa de calidez roja destruyese la cuerda que las mantenía atrapadas.

Al instante, una de las figuras adultas se interpuso delante de Anne en postura protectora, y yo retrocedí un paso.

—¿Se puede saber qué…?

—empezó a decir, mientras la que estaba más cerca me gritaba—: ¿¡Quién eres!?

¿¡Qué quieres!?

Anne, adelantándose y poniéndose entre ellas y yo, replicó con firmeza: —¡No le grites!

Es mi amigo… Estaba también descansando en el oasis con su perrito.

Él me dio los higos.

—¡Anne, aléjate de esa criatura de inmediato!

—gritó la protectora—.

Es peligroso, podría ser un no-muerto…o alguno otro de los monstruos de Apofis… ¿O es que no has visto lo que acaba de hacer?

Anne puso los ojos en blanco con un gesto exasperado y extendió las manos hacia los restos humeantes de las cuatro túnicas negras.

—Por los dioses , Hellen, ¡nos ha salvado de ellos!

La otra adulta, más calmada, se inclinó hacia mí y, fijándose en mi brazo, intervino con voz suave: —No es un no-muerto, Hellen.

Mira: le lanzaron una daga, está sangrando.

Se acercó despacio y me hizo un gesto antes de señalar la tela manchada de mi túnica, antes color arena y ahora teñida de rojo.

Daga.

Sí, ahora recordaba esa palabra.

—¿Puedo?

—preguntó, alargando las manos hacia mi manga.

—¡Magda, por dios!

—protestó Hellen—.

De la niña lo entiendo, pero ¿tú?

¿No tienes ningún instinto de supervivencia?

En unas horas llegará Wyatt y no le va a gustar nada de esto.

—Yo me ocuparé de mi hermano, Hellen —replicó Magda, molesta—.

Y no creo que se enfade porque asistamos a la persona que nos ha salvado la vida.

Así que cállate ya un rato, ¿quieres?

Girándose hacia mí, levantó con cuidado la manga de mi túnica.

—Voy a por algo de agua para limpiar la herida, ¿vale?

Me senté en silencio, sin querer molestar demasiado.

Simplemente asentí, y ella me guió hasta una piedra cercana.

Unos minutos después, el ser llamado Magda volvió con un objeto hueco lleno de agua y un trapo limpio.

Se señaló a sí misma y dijo: —Sé que es un poco tarde, pero me llamo Magda.

Y muchísimas gracias por salvarnos.

Cualquier otro habría huido de los súbditos de Apofis… puede que yo incluida.

Su voz se quebró un instante antes de volver a mirarme directamente a los ojos.

—¿Cuál es tu nombre?

Me quedé mirándola, confuso, sin saber cómo responder.

Entonces Anne intervino, trayéndome un higo en la mano.

—No se acuerda.

Creo que tiene dumencia, igual que la abuela —anunció con toda naturalidad—.

Pero hemos quedado en que se puede llamar Ziggur, hasta que se acuerde.

¿Verdad?

—Sí… —contesté mirando a Magda—.

Ziggur es bonito, es muy verde.

Ella me miró con un gesto confuso, aunque no dejó de sonreír.

—Pues entonces será Ziggur.

Y dime… ¿de dónde vienes?

Mientras hablaba, empezó a pasar el trapo húmedo sobre mi herida, haciéndome doler un poco más.

—De la arena —respondí, y al decirlo sonreí.

Ahora recordaba otra palabra nueva: sonreír.

—¿Estás segura de que no es un no-muerto?

Apenas se mueve mientras le tratas la herida —intervino Hellen, atrayendo de nuevo la atención hacia sí.

—Estoy segura al cien por cien de que no está muerto.

Así que cállate ya, Hellen —respondió Magda con firmeza.

—¿Y antes de la arena?

—me preguntó de nuevo Magda, sorprendida al ver la gran mancha negra que impregnaba la tela con la que me limpiaba.

—No… recuerdo —dije, sintiendo que la tristeza me apretaba.

Cada vez que pensaba en ello dolía demasiado—.

Pero había silencio… luego ruido.

Magda bajó la mirada, entristecida, y noté que incluso Hellen parecía suavizar su expresión.

Parte del miedo y la dureza en sus ojos empezaban a deshacerse.

Entonces, con tono aún algo áspero, pero menos agresivo, Hellen preguntó: —¿Y ese cachorro de chacal?

¿De dónde lo has sacado?

Si es que eso lo recuerdas… —¡Es un perrito!

—protestó Anne.

—Eso no es un perrito, Anne —aclaró Hellen, cruzándose de brazos—.

Es una cría de chacal de Anubis.

—Muertos —corregí, mirando a Hellen mientras acariciaba el hocico de Perrito.

Luego añadí—: Los monstruos mataron a la más grande.

Los dos estábamos solos, en la arena.

Como validando mis palabras, Perrito se acercó y apoyó el hocico sobre mi pierna al tiempo que emitía un sonidito lastimero y triste.

Eso bastó para dejar en silencio a Hellen, mientras Magda soltaba una exclamación sorprendida: —Por Isis… es como si estuviese cubierto de sangre seca y ceniza.

No parece solo suciedad… es casi como si lo hubieran horneado vivo.… El paño finalmente alcanzó mi piel, y un escalofrío me recorrió cuando sentí el agua sobre ella.

Entonces todos nos quedamos mirando mi antebrazo.

Bajo aquella capa espesa y oscura —tan pegada que parecía parte de mí, como la costra de una herida interminable— apareció un tono pálido que brillaba suavemente bajo la luz de la luna.

Magda y Hellen intercambiaron una mirada de pura confusión.

—Cariño, ¿te has lavado últimamente?

—preguntó Magda con cautela.

Mi gesto de desconcierto hizo reír a Hellen.

—O sea, que ni no-muerto ni nada… simplemente un guarro.

Aunque eso no explica las bolas de fuego.

La mirada fulminante de Magda bastó para que Hellen cerrara la boca.

—¿Te importa?

—me preguntó Magda con seriedad, sus ojos dudosos mientras subía el pañuelo hasta la parte trasera de mi cuello.

Asentí en silencio, y ella frotó con cuidado hasta soltar un sonido triunfal: —¡Aquí está!

Mira, Hellen: lleva grabado el sello del sol de la tarde en la nuca.

No es un adorador de Apofis.

Este chico es un Atum.

Hellen frunció el ceño y se inclinó a mirar mi espalda.

—Por la diosa… —susurró antes de rozar suavemente mi cuello y apartarse de nuevo.

Magda, aún arrodillada, alzó la mirada hacia ella.

—Con todo lo que lleva encima… sangre, ceniza… parece como si le hubiesen enterrado vivo.

No sé qué habrá pasado, pero debió de ser horrible.

Y dudo que con un pañuelo baste para limpiarlo.

La mirada de Hellen se suavizó del todo.

Negó con la cabeza y, sentándose en el suelo frente a nosotros, me dijo: —No me extraña que mates a los… monstruos… con lo que os hacen a los tuyos.

No entendí bien lo que quería decir, pero el simple recuerdo de los monstruos me hizo estremecer.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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