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EL DEVOTO - Capítulo 6

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  4. Capítulo 6 - 6 UN ATUM - ZIGGUR
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6: UN ATUM – ZIGGUR 6: UN ATUM – ZIGGUR as la Gran Guerra, muchos dioses comenzaron a sentir el peso del cansancio.

Anhelaban regresar a sus moradas celestes y sumirse de nuevo en el sueño divino.

Pero sabían que el mundo, convulso y aún inestable, necesitaba guardianes en la tierra que hicieran prevalecer su voluntad.

El asesinato de Horus, delegado de los Akharam en el mundo mortal, dejó un vacío en el continente que otros panteones trataron de ocupar enviando a sus semidioses, hijos de dioses y mortales, a invadir aquel vasto y rico territorio.

En respuesta, y como muestra de amor hacia su pueblo, devoto durante aquella guerra que duró más de cuatrocientos años, el patriarca egipcio Amon-Ra, con la ayuda de Thot e Isis, llevó a cabo un ritual con el que derramó más de la mitad de su propia sangre.

A través de ella encarnó las fuerzas de los soles de la mañana y de la tarde en distintos linajes de su pueblo.

Así nacieron los Khepri y los Atum.

Estos hijos de Akharam, fuerzas complementarias y profundamente unidas entre sí, heredaron la capacidad de recibir dones divinos.

Su poder reflejaba la presencia de los dioses en la tierra y aseguraba la defensa del continente frente a invasores y conspiradores, que contasen con el favor de otros panteones.

Los Khepri serían la espada de los dioses; los Atum, su escudo.

Movidos por la envidia, muchos dioses intentaron replicar la creación de Amon-Ra.

Ninguno lo logró.

De esos experimentos imperfectos surgieron otros linajes que, bajo la influencia del panteón griego, hoy conocemos en todas las tierras como Alfas —creados como imitación de los Khepri— y Omegas, o falsos Atum.

Al igual que las creaciones del dios Sol de Akharam, los Omegas pueden gestar a la progenie de los Alfas, independientemente de su género, pero al contrario que ellos, no son capaces de albergar, en su interior, más poder del que ostenta un simple mortal.

Los Khepris y los Atums no son sólo hijos de los dioses, su sangre misma constituye su herencia viva, su legado.

“Magia, mito y humanidad: presencia divina en el continente de Akharam” Año 15376 de la Cuarta Era.

Registro 0546 de la Matriarca Mairead del clan Gleann Uaine.

—Mañana por la mañana puedes lavarte en la laguna.

Tenemos un poco de detergente todavía, seguro que se puede hacer algo con tu ropa.

Es mejor esperar a mañana, para que se seque al sol: las noches aquí en el desierto pueden ser muy frías, como ya sabrás —comentó Magda, más sonriente que antes, como si aquello que había visto en mi cuello confirmase que no era un enemigo.

Me había llamado Atum ¿era aquello un tipo de Arena?

—Deberías viajar con nosotros.

Vamos hacia Per-Shedet, allí seguro que hay alguien que pueda ayudarte a encontrar el camino de vuelta a casa.

O al menos podrás descansar hasta que recuperes la memoria.

Hellen, y Anne asintieron a aquella proclama.

A mí no me gustaba viajar solo: me hacía sentir lo contrario a feliz.

Así que asentí también y, en voz alta, pronuncié aquella nueva palabra: —Gracias.

Las tres sonrieron.

Casi como si nada hubiera pasado, Anne empezó a hablarme de Per-Shedet.

Una ciudad en el desierto.

Y entonces un fogonazo atravesó mi mente: grandes calles y rascacielos, aerodeslizador, seda, joyas y Khol…todas aquellas nuevas palabras parecieron asaltar mi mente ¿Venía yo de aquella ciudad?

Mientras Anne hablaba, comimos higos y otra fruta más pequeña que me gustó incluso más: dátiles.

Yo apenas pude con dos dátiles y medio higo antes de sentirme completamente lleno.

Con una sonrisa le pasé la otra mitad a Anne, mientras ella me contaba emocionada historias de seres gigantes que volaban por encima de la ciudad para protegerla durante la noche.

No entendí su alegría: creo que a mí me daría miedo que una criatura de ese tipo me observase mientras dormía.

Pero asentí, porque no quería herir sus sentimientos ni mostrarle mi miedo.

—¿¡Magda!?

¡¿Anne?!

—gritó una voz grave desde la distancia.

Anne saltó de inmediato, agitando los brazos.

—¡Aquí, tío Wyatt!

Una figura muy alta se acercó con pasos rápidos.

Tenía expresión preocupada.

Me sorprendió que alguien tan grande pareciera sentir miedo.

—Menos mal que estáis bien —dijo, visiblemente aliviado—.

No encontraba nada en la ladera sur, y entonces vi las llamas… —añadió, señalando los restos de la tienda de campaña, como la habían llamado, donde uno de los túnicas negras había caído tras mi ataque.

—Estamos bien, Wyatt —respondió Magda, abrazándolo—.

Nuestro nuevo amigo nos salvó.

Me señaló, sonriente y él me miró con precaución, olfateando el aire.

—¿Y tú eres…?

De repente se echó hacia atrás, moviendo la mano frente a su rostro, como si intentase apartar los olores que percibía.

—Me llamo Ziggur —respondí, contento de tener nombre, aunque fuese temporal.

Sonreí ampliamente.

Las tres se echaron a reír a carcajadas, y aquello me desconcertó.

Wyatt me observó con expresión confusa.

—Pues deberías darte un baño, amigo… apestas a muerte.

—¡Wyatt!

—le reprendió Magda, con los ojos muy abiertos.

—Soy un alfa, hermana.

Mi olfato es delicado.

No buscaba ofender —dijo él, levantando las manos.

Pero, por algún motivo, no terminé de creerle.

Intrigado, me giré hacia mi profesora Anne y le pregunté en voz baja: —¿Qué significa “apestas”?

Ella, mirando molesta a Wyatt, me contestó con una gran sonrisa: —Que mi tío es un maleducado… y que bañarte mañana te vendrá muy bien.

Asentí, intuyendo que “apestas” no era nada bueno.

—Disculpa a Wyatt, Ziggur —añadió Magda—.

A veces parece imposible sacarlo de casa sin que suelte alguna inconveniencia.

Yo asentí también, y sonreí al hombre para animarlo.

Pero él me miró con extrañeza.

—¿Se puede saber de dónde habéis sacado a este bicho raro?

Me señalé a mí mismo antes de responder con seriedad: —Creo que no soy un bicho, pero no estoy seguro.

Aunque sé que no soy arena.

Había sido una conclusión importante después de un día entero de reflexión.

Wyatt abrió la boca, sin saber qué decir, mientras Magda y Hellen estallaban en carcajadas.

Me encantaba la palabra risa, aunque no entendí las suyas.

Para mí era un tema realmente serio.

—Es solo una expresión, Ziggur.

Una expresión fea —me explicó Anne en voz baja, dedicando una mirada poco feliz a su tío.

Vale, otra cosa fea.

Entonces no sería su amigo.

No me gustaba que me dijeran cosas feas, aunque no estaba del todo seguro de por qué.

Miré a Anne con seriedad, como si mis ojos le dijeran “gracias por la explicación”, y me alejé un poco más de Wyatt.

El hombre nos observaba con la boca abierta mientras Magda empezaba a contarle todo lo sucedido.

—No puede ser un Atum, sus feromonas se parecen mucho a las de un omega.

Yo lo he olido, y lo único que capto es esa terrible peste a muerte.

Y el alfa aquí soy yo, recuérdalo, hermanita —dijo Wyatt, cruzando los brazos.

Había usado, de nuevo, la palabra fea conmigo.

Ese ser empezaba a caerme muy, muy mal.

—Pues te aseguro que lo es —replicó Magda—.

Pero está cubierto de sangre, ceniza y a saber qué más.

Nos ofreció su ayuda cuando nadie más lo habría hecho.

Así que, ahora, nosotras le ayudaremos.

No hay nada más que hablar.

Magda volvió a sus tareas mientras yo recogía mis cosas al otro lado del lago.

Hellen se sorprendió bastante al ver la cantidad de higos que tenía y le ofrecí un buen montón: no quería que pasara hambre.

Poco después, Perrito y yo nos tumbamos bajo un árbol.

Por primera vez, no estaba solo.

Y eso me hizo sentir muy, pero que muy feliz.

Me desperté con los gritos alegres de Anne, que corría de un lado a otro junto a Perrito.

La luz empezaba a volverse más fuerte.

Me quedé sentado, mirando el vuelo de varios seres que se desplazaban de las copas de los árboles al agua, emitiendo suaves cantos que parecían reverberar a través del aire.

Hellen se acercó sonriendo, tendiéndome una tela blanca alargada y un pequeño rombo del mismo color.

—Buenos días, Ziggur.

—Me ofreció el objeto—.

Toma, es jabón de limón, he encontrado una pastilla de sobra en mi mochila.

Si vas por allí, a la izquierda, encontrarás un rincón agradable y privado.

Te acompaño hasta allí para que me des tu ropa; la lavaremos con la nuestra.

Asentí y la seguí.

Cuando llegamos, se dio la vuelta para darme intimidad.

Me desvestí y dejé la ropa junto al árbol, donde ella aguardaba de espaldas.

Luego avancé con la pastilla en la mano hacia el lago.

Algo en mi interior reaccionó al aroma del jabón, al agua, y a la terrible visión de mi propio aspecto.

Era como si una parte de mí recordara exactamente lo que debía hacer.

Paso a paso me adentré en el agua, sintiendo cómo su frescor atravesaba la dura capa que parecía recubrir cada centímetro de mi cuerpo.

Entonces, casi de forma automática, empecé a frotar en círculos cada parte de mí.

El recubrimiento empezó a desprenderse, poco a poco, como si una costra antigua se deshiciera, liberando mi piel de aquella pesada carga.

Comencé con los brazos, seguí con el vientre, la espalda y las piernas.

Cuanto más frotaba, más sentía el agua correr libre contra mi piel.

Bajo todo aquello descubrí un color muy pálido.

Mientras limpiaba mi tobillo izquierdo, algo duro se soltó de la costra que cubría mi tobillo.

Entre la piel y la suciedad, una forma redonda emergió, fría al tacto.

Froté con cuidado y, poco a poco, apareció una pequeña joya circular: una tobillera de plata, ennegrecida, marcada por quemaduras y por el paso del tiempo.

No parecía una simple joya.

La forma en que se aferraba a mi tobillo, casi soldada a la piel, me produjo un escalofrío.

Algo en mi interior me dijo que no debía arrancarla, que aquello era importante.

Así que, en silencio, la froté lo mejor que pude y la dejé allí, colgando libre en la parte baja de mi pie, antes de seguir con el resto de mi cuerpo.

Al hundir la cabeza bajo el agua y frotar con fuerza, fue cuando me enfrenté a la parte más gruesa de aquella costra: tras varios minutos frotando, noté mi cabello soltarse, después las costras de mi cara comenzaron a quebrarse y caer, hasta que finalmente el jabón tocó directamente mi rostro.

Una enorme mancha roja y negra flotaba alrededor de mi cuerpo, casi como un círculo, así que me aparté unos pasos en el agua, evitando que nada de aquello lograse regresar a mí.

Seguí limpiándome en un trance casi mecánico, hasta que una voz me alcanzó desde la orilla: —Ziggur, ¿todo bien?

—preguntó Hellen.

—Sí… limpiándome —respondí.

—Llevas ahí horas, cielo —intervino Magda con dulzura—.

La ropa ya está seca, te la dejamos junto al árbol, ¿vale?

—Sí, muchas gracias.

Pero no salí todavía.

Tardé mucho más tiempo en asegurarme de que no quedase rastro de aquella costra endurecida, hasta que mi piel quedó casi enrojecida de tanto frotar y mis dedos, arrugados por el agua.

Solo entonces salí del lago, me sequé con la toalla y me vestí.

Antes de regresar, volví a buscar mi reflejo en el agua.

Y esta vez no vi un rostro carbonizado.

Mi piel era clara, pálida; mis ojos brillaban más que nunca, de un violeta claro; mis labios, llenos; mi cabello, liso y claro, caía hasta los hombros.

Observé aquella imagen un largo rato.

No reconocí a la persona que me devolvía la mirada, pero no me asustó.

Seguí contemplando durante un buen rato el reflejo que me devolvía el lago.

Había algo en aquellos ojos, un secreto, casi como si intentara comunicarse conmigo a través de la mirada.

Entonces lo sentí: una marea de palabras que me arrolló.

Colores, partes del cuerpo y decenas de otras palabras que no supe ordenar en aquel instante… un segundo antes no estaban, y al siguiente era como si un torrente hubiese dinamitado en mi mente.

Recordaba la palabra cuello, cabeza, brazos, muñeca… podía nombrar cada parte del reflejo.

El aluvión no cesaba, y cuanto más se acumulaban las palabras, más presión sentía en la cabeza, hasta que tuve que obligarme a dejar la mente en blanco para no romperme.

Cuando regresé al claro, todavía con el agua resbalando de mi cabello, vistiendo mi túnica y pantalones recién lavados, las tres chicas me miraron al mismo tiempo.

Anne abrió mucho los ojos y se tapó la boca con las dos manos.

El ruido que salió de ella fue mitad risa, mitad sorpresa.

—¡Pareces otra persona!

—dijo al fin, saltando de un lado a otro como si quisiera tocarme y no se atreviera.

Magda se quedó quieta, los ojos muy abiertos, mirando de arriba abajo.

Movía la boca como si quisiera decir algo, pero no encontrara las palabras.

Hellen, en cambio, me recorrió con la mirada y soltó un silbido bajo, pero esta vez acompañado de una sonrisilla simpática, casi amistosa.

—Por la diosa… —susurró, con un brillo divertido en los ojos.

Yo no entendía por qué me miraban así.

Mi piel ya no estaba cubierta de ceniza y sangre, sí, y mi cabello claro caía hasta mis hombros, pero seguía siendo yo.

¿Por qué tanto ruido?

Entonces apareció él.

Wyatt.

El alfa.

Me olfateo desde lejos, de forma similar a Perrito, y sus pasos se hicieron más lentos al acercarse.

La primera mirada que me dedicó no fue de sorpresa… fue otra cosa.

Fija y caliente, me hizo apretar los dientes.

Su nariz no dejaba de moverse, como si quisiera aspirar cada parte de mí.

No me gustaba.

Nada.

Me quedé rígido cuando su mirada se posó en mi boca y no se apartó.

Sentí frío en la espalda.

Magda lo notó al instante.

Con un gesto seco, le dio un pequeño golpe en la nuca.

—Compórtate —dijo con tono severo.

Él gruñó algo, pero apartó un poco la vista, aunque no del todo.

Seguía mirándome de reojo, como si no pudiera evitarlo.

Agradecí el gesto de Magda.

Aquella mirada constante me hacía sentir peor que el dolor, peor que el miedo.

Wyatt alzó entonces la barbilla, y murmuró con una sonrisa torcida: —Pues resulta que sí que era un Atum.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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