EL DEVOTO - Capítulo 7
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7: LA VÍCTIMA – KHER 7: LA VÍCTIMA – KHER Las calles de aquella ciudad no parecían pensadas para alguien como yo.
Mis zapatos gastados convertían cada paso, sobre aquel duro pavimento, en una pequeña agonía, aunque el dolor ya era un viejo conocido, bastante fácil de soportar.
Llevaba semanas durmiendo en un banco de piedra del parque público dedicado a Isis.
Me habían rechazado en todos sus templos: ninguno estaba dispuesto a malgastar recursos en un omega inmigrante sin una sola gota de sangre akharamniana.
Dormía a la intemperie, pero al menos las vigilantes de Isis sobrevolaban aquel parque y me mantenían a salvo de posibles agresiones sexuales mientras descansaba.
Casi tres meses antes, poco después de cumplir diecinueve años, sobreviví a aquella terrible noche en la que no solo abusaron de mi cuerpo, sino que además me dejaron en la calle, sin recursos ni amparo.
Como un juguete roto, arrojado a la intemperie con la esperanza de que los carroñeros me devorasen antes siquiera de poder abrir la boca.
Podía estar en la costa de Nuevo Heliópolis, capital del Gran Estado Solar, la ciudad más espléndida que hubiera visto jamás, pero mi situación no era mejor que cuando vivía con mis padres, bajo el dominio de Herasta.
Antes de la agresión trabajaba como sirviente en una poderosa casa de devotos de Osiris.
En el Estado Solar, igual que en el resto de Akharam, los Atum eran tratados como tesoros: los protegían con todos sus recursos.
Pero yo no era Atum, sino un simple omega huérfano, hijo de dos olímpicos masacrados —junto a medio pueblo— durante una de las temidas rabietas de las hijas de Afrodita.
La menor de ellas, Herasta, era una criatura consentida, cruel y con claras tendencias homicidas.
Una zorra diabólica, sí, pero al menos —que yo supiera— no violaba a sus víctimas.
Resulta irónico que fuese gracias a la familia Jharká, y a su primogénito, que empecé a ver con nuevos ojos a la mujer que había asesinado a mis padres y destruido mi familia.
La odiaba con todas mis fuerzas, pero el recuerdo de su tacto, y su aroma, no me acosaba en interminables pesadillas.
Del primogénito de la familia Jharká no podía decir lo mismo.
Llevaba viviendo en Heliópolis desde los diez años.
Dos meses después de llegar conseguí aquel empleo gracias a un amigo de mis padres que emigró al continente central años antes.
Los semidioses no toleraban a ningún traidor a la nación, a los que solían ejecutar en público, de modo que escapar de la isla era un viaje sin retorno, cargado de miedo y peligro, e incertidumbre.
El miedo a los semidioses nos acababa uniendo del modo más extraño: todos compartíamos la sensación de haber sobrevivido a algo que debería haber acabado con nosotros.
En Akharam todo era distinto.
Sus “omegas”, los Atum, no eran simples reproductores sometidos a un propietario alfa: eran poderosos, venerados, algunos de ellos tenían auténtica magia.
Había oído hablar de los túnicas rojas, magos Atum formados en las pirámides de Thot.
Eran la fuerza espiritual de los ejércitos del continente, seres capaces de destruir a Herasta y a todas sus hermanas sin apenas despeinarse.
A pesar de llevar más de nueve años en aquella ciudad, no conocía a nadie fuera de la mansión de los Jharká.
Allí había sido vejado, maltratado e insultado cada día, hasta el momento en que el primogénito de la familia finalmente me violó.
Por terrible que fuera aquella casa, al menos tenía un techo, comida en el plato y un pequeño sueldo que enviar a mi abuela y a mis dos hermanas pequeñas, que seguían viviendo en territorio olímpico.
Tras la agresión solo me quedaron el miedo, la necesidad de esconderme y una ira contenida que acabó resultado demasiado visible para el resto.
Poco después, la señora Eremda, matriarca de la casa, se deshizo de mí.
Intuyó lo sucedido y prefirió proteger la reputación de su hijo, el futuro patriarca: uno de los mayores monstruos con los que he tenido la desgracia de cruzarme.
Eremda no solo me despidió: también se encargó de hacer correr la voz sobre “el sucio extranjero omega que había intentado meterse en la cama de su hijo”.
Con eso me cerró cualquier posibilidad de trabajar en cualquier gran casa de la ciudad.
Y aquel era el único oficio que había conocido desde que cumplí los diez años.
Daba igual si eran olímpicos, akharamnianos o védicos: nadie con poder era de fiar.
Todos usaban su posición para aplastar a los débiles y devorar a quien estuviera por debajo.
Así acabé sin hogar, abandonado, buscando refugio en los templos de Isis, donde también me rechazaron una y otra vez.
No era un Atum, sino un “omega”: un experimento fallido de los olímpicos, creado para imitar la gran obra maestra de Amón-Ra.
Y así terminé en la calle, mendigando por unas monedas para poder comer.
El destino quiso que aquella tarde de marzo, mientras me dirigía al parque de Horus —donde era más fácil que alguien se apiadara y dejara caer algo de dinero— me cruzase con Ezra.
Ella había sido una de las pocas personas en mostrarme afecto durante mi estancia en la casa Jharká, hasta que un día desapareció de repente, sin que nadie diera explicaciones.
En aquel momento comprendí las advertencias que me había dado por aquel entonces, así como el temblor que parecía recorrer sus manos cada vez que alguien mencionaba al hijo mayor de Eremda.
Yo apenas tenía quince años por aquel entonces, pero ahora estaba convencido de que Ezra había sido otra de sus invisibles víctimas.
Cuando nuestras miradas se cruzaron, me abrazó de inmediato, como si pudiera ver y sentir todo lo que me había pasado, como si reconociese el peso que me había hundido, arrastrándome hasta aquella plaza, pidiendo limosnas con la que llevarme un pedazo de pan a la boca.
Ni siquiera fui consciente de mis lágrimas hasta que ella las apartó de mis ojos con ternura.
En sus ojos vi algo que me atravesó: no era compasión ni lástima por un desconocido.
Era un reflejo de lo que yo mismo sentía, el reconocimiento de un dolor por el que ella también había tenido que pasar.
—Llevo semanas buscándote, Kher —dijo con una sonrisa suave—.
Mereo me avisó cuando Eremda te despidió.
Asentí en silencio.
No sabía que el amigo de mis padres seguía en contacto con Ezra, pero me aliviaba verla bien.
Llevaba el cabello largo y cuidado, adornos de plata, y una túnica negra con ribetes plateados.
Ya no vestía como una sirvienta, o al menos no como lo hacían los criados de bajo rango en la casa Jharká.
—¿Cuánto llevas sin comer?
—preguntó, con los ojos ardiendo por una emoción que no alcancé a entender.
—Unos días —admití, avergonzado—.
Pero al menos puedo dormir en el parque de Isis; así no hay riesgo de que… lo que pasó… de que otro… No pude terminar.
—Sí —asintió, con la mirada cargada de furia—, las vigilantes de Isis castrarían a cualquiera que lo intentase.
Ven, vamos a comer algo.
La vergüenza me empujó, por un segundo, a plantearme rechazar su oferta, pero era Ezra: no era cruel ni buscaba placer a costa de mi miseria.
Y el hambre de los últimos días me estaba rompiendo desde dentro.
Acepté.
Fuimos a una cafetería y nos sentamos.
Pidió refrescos —recordaba que me gustaba la gaseosa— y varios platos: más comida de la que había visto en un mes entero.
Me observó en silencio mientras yo devoraba el contenido de todos y cada uno de aquellos platos.
En su mirada había algo que reconocí sin palabras, o mucho me equivocaba, o ella misma se había visto en aquella misma posición.
Parece ser que los supervivientes siempre acabamos reuniéndonos, de algún extraño modo.
Entonces sacó un trozo de papel de su bolsillo y escribió algo con un bolígrafo al tiempo que me decía, con voz suave: —El daño sufrido ya es irreparable, pero no permitiremos que esos cerdos ganen, ¿verdad?
Ahora tengo que irme, pero ven a esta dirección, hoy, a las seis de la tarde.
Te estaré esperando, cielo.
Pagó la cuenta, se levantó y rápidamente se marchó, dejándome solo – de nuevo- con aquel pequeño papel oscilando en mi mano.
¿Sentía esperanza?
No del todo.
Por dentro seguía muerto, hambriento y cansado hasta la extenuación.
Aun así, mi abuela y mis hermanas seguírían esperando noticias mías, quizá todavía aguardaban nuestro reencuentro… o por lo menos el dinero que ya llevaba tres meses sin enviarles.
No podía permitirme rendirme, ni dejarme morir en un callejón cualquiera de aquella ciudad.
A las seis menos cinco llegué a la dirección que me había dado Ezra, convencido de que debía de tratarse de un error.
No se trataba de una “casa”, ni de una mansión como la de los Jharká, aquello era un maldito palacio ubicado en pleno corazón del barrio más caro de la ciudad, una zona dominada por los devotos de Seth.
Me quedé helado.
Si los seguidores de Osiris —el dios de la justicia y la razón— eran capaces de todo lo que me habían hecho, ¿qué podía esperar de los devotos de un dios del caos y la batalla?
Mientras dudaba, uno de los guardias de la puerta se me acercó.
Era alto, de complexión media, en el pecho llevaba la reconocible piedra blanca que identificaba a los devotos de Osiris, lo que me tranquilizó… hasta que noté un brillo lujurioso en su mirada.
Retrocedí un paso.
—Vaya, vaya… qué bien hueles, pequeño.
¿Te has perdido?
—rió con tono chulesco.
Cubierto de polvo, con la ropa sucia y un par de zapatos destrozados, era evidente que pensaban que podrían hacer conmigo lo que quisieran.
¿Quién iba a impedirlo?
—Creo que me he equivocado de dirección —murmuré, retrocediendo otro paso.
El segundo guardia no se movió del sitio, pero a pesar de ello me observó con interés, como un cazador tanteando a su presa.
—¿Y qué buscabas por aquí, pequeño?
Quizá podamos ayudarte… somos muy simpáticos, ¿sabes?
—dijo, lamiéndose los labios, en un gesto que logró arrancar una carcajada de su compañero.
El miedo me atenazó el pecho.
Nunca debería haber ido allí, debería haber sido más listo, más cauto.
—Yo… buscaba a mi amiga Ezra, pero… En cuanto escucharon aquel nombre, sus risitas se apagaron.
Ambos guardias se tensaron y adoptaron una postura rígida frente al muro de entrada.
—¿Has dicho que buscas a Ezra?
—preguntó el segundo guardia, ahora mortalmente serio.
Miró a su compañero y ordenó con voz seca: —Ve a avisar al mayordomo.
El primero asintió de inmediato y se dirigió a la garita, donde contactó con el interior de la propiedad a través de un interfono.
Momentos después regresó, aún más pálido.
—Le… le esperan en la casa.
Para entrevistarlo, está con… el séquito.
Entonces ambos empezaron a mirarme de otro modo, como si hubiesen reculado por completo y quisieran borrar todo lo ocurrido momentos antes.
Yo no entendía nada.
—Mira, perdona si te hemos resultado un poco molestos, es que… ya sabes… pasamos mucho tiempo aquí solos, y eso… —dijo el primer guardia, forzando una sonrisa que no me creí en absoluto.
Eran peligrosos, lo sabía.
Esa fachada no me engañaba.
Pero lo mejor era asentir y sonreír.
—Claro, no pasa nada —respondí.
Eso bastó para que volvieran a parecer tranquilos.
El primer guardia me abrió la puerta y me indicó que lo siguiera.
Cruzamos un largo sendero de piedra tras las altas vallas de la finca, hasta llegar a la entrada de aquel gigantesco palacio de cinco plantas.
Cerca de la puerta principal había más guardias.
Y lo más extraño: algunos parecían devotos de Osiris, mientras que en otros creí ver una piedra negra, símbolo distintivo de los seguidores de Seth.
Nunca había visto una casa donde aquellas dos facciones estuvieran mezcladas.
Decidí achacarlo a mi propio cansancio, al fin y al cabo no estaba —ni de lejos— en mi mejor momento.
Entramos por una de las puertas de servicio y enseguida nos recibió un mayordomo.
Me recorrió de arriba abajo con una mirada cargada de desprecio antes de bufar y soltar un escueto: —Sígueme.
El anciano, vestido con un traje negro impecable, y un broche con una piedra blanca prendida al lado izquierdo de la chaqueta, me condujo hacia el ala izquierda de la propiedad.
Entonces confirmé que mi primera impresión no había sido algún tipo de espejismo: en cada puerta y pasillo había guardias vigilando como halcones, mucho más corpulentos que los del exterior y con aquella gema negra que identificaba a todos los soldados al servicio de Seth.
¿Dónde demonios me había metido Ezra?
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