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EL DEVOTO - Capítulo 8

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  4. Capítulo 8 - 8 ORILLA - ZIGGUR
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8: ORILLA – ZIGGUR 8: ORILLA – ZIGGUR Desayunamos algunas provisiones, aunque seguía algo débil, e incapaz de ingerir demasiado alimento.

Magda me dijo que cuando el estómago se cierra, puede costar volver a abrirlo, que me lo tomase con calma.

En cierto momento Anne vio cómo Perrito salía corriendo detrás de una mariposa, al tiempo que movía el rabo, y la niña salió disparada, entre risas, siguiendo a la carrera cada uno de los pasos del cachorro.

Yo los observaba, con una sonrisa, al tiempo que pasaba la mano por la zona de mi pie en la que colgaba aquella joya que descubrí durante mi baño en las aguas del Oasis.

—Ten cuidado, Anne, no te acerques demasiado a la orilla, que hay zonas muy profundas a ese lado —advirtió Magda, con tono algo serio, sin ser capaz de borrar la sonrisa que se le dibujó al ver a la pequeña jugar de un modo tan feliz y despreocupado.

Orilla.

Ahora recordaba también esa palabra.

Desde el día anterior mi mente parecía encontrarse en un maremoto constante, con un aluvión de nuevas palabras, símbolos y formas que pugnaban por entrar y encontrar su sitio en mi mente.

No estaba seguro de que todas pudiesen tener cabida en el interior de mi craneo.

A ratos el ruido parecía insoportable, y añoraba esos momentos en los que me creía únicamente parte de la arena del desierto.

Resultaba que estar rodeado de otras personas, escucharles e interactuar, me estaba ayudando a reubicarme, a salir —aunque fuese parcialmente— de ese estado de profunda confusión en el que me encontraba al principio.

En un solo minuto junto a ellos, y la parlanchina niña que les acompañaba, estaba recordando más palabras que en días enteros de soledad.

Pero junto a esa progresiva claridad llegaban también emociones negativas, para las cuales también empezaba a tener nombre: ansiedad, angustia, tristeza… Empezaron a asaltarme preguntas que, por momentos, se hacían más difíciles de ignorar.

¿Quién era?

¿De dónde venía?

¿Qué hacía en aquella cueva, en medio del desierto, enterrado vivo?

¿Cuánto tiempo había pasado allí?

Y… la más dura y triste de todas: ¿por qué nadie había ido a buscarme?

Quizás estaba solo en el mundo.

Eso explicaría que me hubiese sentido tan atraído por la idea de ser únicamente arena, un granito más en la inmensidad de aquel desierto, custodiado únicamente por la luna y el orbe cálido.

Pero ahora estaba seguro de que yo no era arena, ni un bicho —como había insinuado Wyatt— ni tampoco cualquier otro tipo de animal.

Era humano, una persona, igual que el resto del grupo que me rodeaba.

Desde que vi mi reflejo en el lago, y todas aquellas palabras vinieron a mí, empecé a ver a mis acompañantes de otro modo.

Ya no eran esos seres abstractos, sino dos mujeres —Magda y Hellen—, un hombre —Wyatt— y una niña llamada Anne.

Sus rasgos ahora me resultaban más comprensibles, claros e identificables, casi como si la existencia de aquellas palabras fuese necesaria para poder explicarme a mí mismo, y entender del todo, el mundo que me rodeaba.

Sin palabras había silencio: la realidad era una compleja bruma sin sentido ni coherencia, algo incomprensible.

Ahora entendía de otro modo, podía aislar y observar cada uno de los elementos de la realidad, sin que fuesen únicamente otro elemento confuso de esa enrevesada amalgama.

Hellen tenía una complexión atlética, con brazos delgados pero firmes y piernas resistentes.

Su piel, de un tono oscuro y uniforme, destacaba bajo la luz del desierto, dándole un aire vibrante y vital.

Su rostro era expresivo, con pómulos altos, nariz fina y recta, además de unos labios llenos y bien delineados que parecían reflejar cada una de sus emociones.

Sus ojos, grandes y oscuros, eran lo más llamativo de su cara: intensos, alerta, capaces de pasar de una mirada dura a otra cálida en apenas un instante.

Llevaba el cabello, rizado y abundante, recogido hacia atrás en una coleta alta, que se agitaba cada vez que giraba la cabeza, reforzando su aspecto de guerrera.

Vestía pantalones cortos de lino y una camiseta de tirantes blanca, sencilla, que dejaba a la vista la definición de sus brazos y hombros.

A cada lado de la cintura llevaba una daga, asegurada con firmeza en un cinturón de cuero desgastado, y la forma natural en que lo toqueteaba, de un modo casi inconsciente, me dio a entender que no las llevaba como un simple adorno, sino que eran una herramienta importante para ella.

Ella y Magda parecían polos opuestos.

Magda tenía una complexión delicada, más pequeña y ligera que la de Hellen, con un aire casi frágil a simple vista.

Su piel era más clara, , con un matiz que se sonrojaba con facilidad bajo la poderosa luz del desierto.

Su rostro estaba enmarcado por mechones rubios que le caían en ondas suaves hasta los hombros.

Tenía los ojos grandes y expresivos, de un azul cristalino que transmitía bondad.

Su nariz era pequeña y recta, con unos labios finos, que parecían dibujar una constante sonrisa, dándole un aire accesible y cálido incluso en momentos de tensión, como cuando Wyatt me insultaba.

Había algo en su expresión que irradiaba dulzura, aunque se percibía cierto cansancio en las líneas tenues de sus ojos.

Vestía pantalones de tela vaquera, algo gastados, junto a una camiseta sin mangas de color claro.

Sobre ella llevaba una camisa de cuadros, ligera, con las mangas dobladas hasta los antebrazos, lo que le daba un aspecto práctico.

Wyatt, por su parte, era difícil de analizar, me caía mal, a secas.

El alfa imponía desde su altura, casi dos metros, con un físico robusto y definido, amplio de hombros y con un torso largo y musculado.

Su piel, ligeramente bronceada, resaltaba aún más la marcada estructura de su cuerpo.

Su rostro lo hacía destacar: mandíbula fuerte, recta, barbilla prominente y labios llenos.

Sus ojos, de un marrón cálido, contrastaban con el conjunto duro de sus facciones.

Tenía el cabello oscuro, liso y algo más largo en la parte superior.

Para ser honestos, era un hombre muy guapo, del tipo que fácilmente atraería miradas en su dirección.

Pero su carácter —el tono arrogante de su voz, sus palabras punzantes, la forma en que parecía creerse por encima de los demás— borraba cualquier posible interés que pudiese llegar a generarme el atractivo de su cuerpo.

Anne irradiaba frescura.

Volvía a llevar aquellas “coletas” hechas por su tía Magda, recogiendo su cabello rubio claro, fino y lacio, en dos grandes secciones que le enmarcaban el rostro.

Sus ojos, de un azul claro casi traslúcido, se abrían con curiosidad constante, observando cada detalle a su alrededor como si fuera la primera vez que viese el mundo.

Tenía el rostro redondeado y una sonrisa constante.

Su piel era clara, con un leve tono rosado, y estaba cubierta aquí y allá de pequeñas pecas que se acentuaban bajo el sol.

Llevaba un vestido sencillo de algodón, una prenda ligera que le daba libertad para correr detrás de Perrito, con unas sandalias desgastadas que se notaba habían pasado ya por demasiadas aventuras.

Su energía parecía desbordar, como si el mundo fuese demasiado grande para que ella se quedara quieta demasiado tiempo en el mismo sitio.

En ese momento Hellen, tras asegurarse de que Anne no pudiese escucharla, se inclinó discretamente hacia el resto de nosotros y, mirando de reojo a Wyatt, que masticaba un pedazo de carne seca, comentó en voz baja: —No paro de darle vueltas a algo que dijeron los súbditos de Apofis anoche… ¿y si realmente están planeando un ataque a gran escala, Wyatt?

El alfa, sin apartar la mirada de Anne que jugaba con Perrito, respondió con calma: —En cuanto estemos de vuelta en Per-Shedet, se lo comunicareis todo a la asamblea de la ciudad.

Ellos decidirán el modo de proceder, como siempre.

No está en nuestras manos hacer nada más, Hellen.

Ella no se relajó.

Sus manos temblaban apenas perceptibles sobre sus rodillas.

—No puedo volver a vivir algo así —dijo, con la voz rota—.

He pasado toda la noche soñando con lo mismo: toda mi familia transformada en esos… zombis.

No puedo volver a huir, Wyatt.

Si ocupan Akharam… Esta vez, Wyatt sí se giró hacia ella.

Sus ojos, oscuros y tensos, buscaron los de su hermana.

—Entiendo tu miedo, Hellen, y créeme, lo comparto.

Nosotros tuvimos que meter un tiro en la cabeza a lo que quedaba de nuestros propios padres, ¿sabes?

Eso no es algo que se olvide.

Ni se supere.

—Hizo una pausa, mordiendo su propio labio antes de añadir—: Pero esto no es Arges.

Allí no teníamos magia, ni bendiciones de dioses antiguos, ni ejércitos de bestias divinas comandados por magos omega, Atum, o como quieran llamarlos… Solo un dios viejo, absoluto, que no movía un dedo por sus fieles, excepto para permitir que su inquisición quemara a supuestas brujas y masacrara pueblos enteros por “falta de fe”.

Magda dejó escapar un gemido apagado.

Wyatt levantó un dedo, endureciendo el rostro: —Un solo mago Atum de Akharam puede destruir más no-muertos en media hora que todos los ejércitos del Arges juntos.

Los guerreros de aquí no son como los nuestros: no necesitan balas.

Sus “alfas”, los Khepri, son capaces de cortar las balas con sus malditas espadas.

No negocian ni hacen tratos con los súbditos de Apofis.

Los aniquilan.

—Se inclinó hacia delante, casi señalándome—.

Míralo a él.

Vuestro Ziggur.

Un Atum pobre que ni siquiera recuerda su nombre, pero lleva grabado a fuego que esos cabrones deben arder.

Aquello resonó en mi craneo, golpeando mi mente con fuerza.

Sin saber por qué, las palabras brotaron de mis labios, casi en un murmullo aprendido desde siempre: —Los Khepri son la espada que defiende el hogar… los Atum, el escudo espiritual de la casa.

Magda y Hellen se volvieron a mirarme, confundidas por aquella declaración.

Wyatt, en cambio, sonrió de medio lado, señalándome con la barbilla como si acabara de darle la razón: —¿Veis?

—dijo, con un gesto triunfal—.

¿Es que no lo veis?

—Sí —dijo Hellen, con gesto serio—, pero ahora mismo el gran ejército de sur nos ignora.

Nos impiden cruzar las fronteras de un imperio que se niega a ayudar al resto del mundo.

Hace ya dos meses que los acólitos de Apofis tomaron Nekhebmar y ya controlan completamente el Golfo de Marukhet, que hasta donde yo sé es nuestra única fuente real de comercio con el oeste y nuestro único punto de comercio con el resto del continente.

Pero aquí nadie parece dispuesto a hacer nada.

Todas sus fuerzas parecen ir al este, mientras esos monstruos nos asedian poco a poco desde el oeste.

El imperio Sethkhem era la fuerza armada de estas tierras, Wyatt, y nos han abandonado… solo por un jodido crimen con el que no tuvimos nada que ver.

—Están de duelo, Hellen —señaló Magda, con la mirada perdida y gesto comprensivo—.

Nosotras dos somos betas, vale, pero… ¿cómo te sentirías si me hubiese pasado eso a mí?

¿Si fuese a mí a la que hubiesen raptado y matado de ese modo?

—Prendería fuego al mundo entero —respondió Hellen, provocando una triste sonrisa comprensiva en Magda.

—Pues ahora imagina lo que sentirías si ese lazo no fuese únicamente de afecto o amor, sino que aquel al que te han arrebatado fuese, algo parecido a la otra mitad de tu alma.

Es una historia de amor muy triste, una tragedia que todos sus súbditos sienten casi como propia… Ese último comentario solo se ganó un gesto despectivo por parte de Hellen, que replicó: —Es fácil estar de duelo cuando tus seres queridos, hijos y ancianos no se ven obligados a huir casi a diario de las hordas de no-muertos.

Entonces Wyatt, limpiándose las manos en los pantalones oscuros tras terminar de masticar su pedazo de carne, añadió al tiempo que se incorporaba: —Mi hermana puede ponerse excesivamente romántica a veces, y sé que esa historia le parece la cosa más romántica y triste del mundo, pero en el fondo tiene parte de razón.

Ese tipo de lazos predestinados entre alfas y omegas son extremadamente intensos y profundos.

Y excepcionalmente peligrosos en este caso concreto, si es cierto tan solo la mitad de lo que cuentan las historias.

Solo esperamos que acaben pronto su luto, recuperen la cabeza y terminen con la ocupación en la ruta de la sal, o acabaremos dependiendo únicamente de los penosos magos de los templos de Zharim y de un atajo de guerreros de tercera, simples devotos de Osiris.

Entonces, señalando hacia la ladera, dijo: —¿Último sorbo de agua y nos vamos de una vez?

Creo que llevamos suficientes dátiles como para pagar tres meses de la medicación de la yaya, quizás incluso suficiente para comprarle también algún regalito a Anne.

No entendí de qué hablaban, pero sus expresiones tristes y enfadadas, además del hecho de que Anne se acercase a nosotros, me dejaron claro que era mejor no hacer preguntas al respecto en aquel momento.

Por lo que había escuchado, una parte de estas tierras —la que contaba con más guerreros— debía de estar negándose a asistir al resto tras algún tipo de trágica disputa amorosa o un problema con algún Atum.

No entendía que alguien pudiese ser tan egoísta como para dejar morir a otros con la justificación de lidiar con su propio dolor… pero aquella parecía ser la triste realidad de la tierra en la que nos encontrábamos.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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