EL DEVOTO - Capítulo 9
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9: LAS DUNAS DE ANHUR – ZIGGUR 9: LAS DUNAS DE ANHUR – ZIGGUR Una hora después abandonábamos el oasis con todas nuestras provisiones.
Yo volví a envolver mi rostro en el pañuelo que había quitado a aquel furtivo que ayudaba a los túnicas negras a cazar chacales.
Todavía tenía algunas lagunas y no recordaba nada sobre mi vida, pero los pensamientos empezaban a hilarse con mayor claridad con cada hora que pasaba, sin que fuese del todo consciente de cómo dichas palabras habían entrado de nuevo en mi cabeza… o quizás es que nunca se habían ido del todo.
Dormir, lavarme, comer y beber habían tenido un claro efecto en mi mente, aunque aún no comprendía del todo cómo había sobrevivido tanto tiempo sin una sola gota de agua en mi solitaria travesía por medio del desierto.
Nuestro grupo bajó la ladera, dirigido por una alegre y animada Anne, acompañada de Perrito.
—Anne, no gastes demasiada energía.
Vamos cortos de agua y no tengo fuerzas como para llevarte encima cuando empieces a cansarte —dijo Magda en ese tono maternal con el que solía hablarle a la pequeña.
—Sí, tía Magda —replicó la niña con voz cansina.
Y aunque no la veía, pude intuir que había puesto los ojos en blanco.
—Tardaremos nueve días, a pie, en llegar al paso de Ziggur —me explicó Hellen con expresión preocupada—.
Solo esperemos que el agua nos dure lo suficiente para ese trayecto, y los seis días más que tardaremos en llegar desde allí hasta Per-Shedet.
Me lo dijo con una mirada cómplice, como si quisiera que entendiese bien las dificultades del camino que nos aguardaba.
—Es un camino largo, y la única fuente de agua es el oasis que estamos dejando atrás.
Así que intenta beber lo menos posible.
Yo asentí, comprensivo.
Pero teniendo en cuenta las condiciones de mi último viaje hasta el oasis, no creía que aquello fuese a suponer un gran problema para mí.
Los siguientes dos días consistieron en caminar a través de las dunas del desierto, descubrir nuevas palabras y escuchar las constantes charlas de Anne en torno a los temas más sorprendentes.
La niña no paraba de hablar, y por lo tanto no cesaba de necesitar más y más agua, por lo que yo simplemente callé, dejé de beber, sonreí a sus historias y esperé que con mis raciones tuviese suficiente para llegar bien a casa.
La noche del tercer día nos quedamos sin… ¿chisquero?
Por algún motivo aquella palabra no terminaba de sonarme.
Habían apilado algunos pedazos de árbol muerto para que nos diesen calor, y Hellen no paraba de pedirme que hiciese algo que yo no acababa de entender, hasta que finalmente Anne intervino y me lo explicó: —Quiere que lances un orbe cálido sobre los pedazos de árbol muerto, a los que solemos llamar leña… o madera.
En ese momento asentí, agradecido a las claras explicaciones de la niña, y seguí sus indicaciones.
Al cuarto día, tras sonoras carcajadas, me explicaron que el “Orbe Cálido” recibía el nombre de sol.
En cuanto lo escuché, esa palabra pareció encajar como una pieza perdida en mi cabeza, un fragmento de un puzzle que por fin reconocía y que cuadraba en el mapa de las cosas.
Aquella noche, Anne y Magda entonaron una canción bajo el fuego.
La música volvió a mí de repente.
No entendía cómo había podido olvidar algo tan hermoso.
Luego me hablaron de un concepto que no recordaba: las canciones de viaje.
Eran melodías para las caminatas largas, con las que, al parecer, se lograba hacer el trayecto más llevadero.
No me sonaban en absoluto, pero pensé que quizá, más adelante, podría recuperar alguna.
Después de todo, yo también debía de ser originario de aquel desierto.
Unos fuertes brazos envolvieron mi cuerpo y me pegaron contra un torso que se sentía como una pieza de acero ardiente, cubierta de seda.
Poco a poco, mi guerrero entró en mí y nos volvimos uno.
Mi boca se abrió en éxtasis y un suave gemido escapó de mi garganta; su boca lo atrapó y lo hizo suyo antes de que escapase de mis labios, del mismo modo en que en que se apoderaba del resto de mi cuerpo.
Sentí la fuerza de sus músculos.
Sus manos me recorrían con amor, reverencia y un deseo imposible de saciar.
Otros labios, distintos pero igual de amados, rozaron mi oído y susurraron promesas que hicieron latir mi corazón.
Aquel poderoso cuerpo me cubría desde el lado contrario.
Estaba con ellos, entre los dos, y me sentía completamente suyo.
Por algún motivo no lograba oír lo que decían.
Un muro de agua, o de arena, parecía interponerse en los pocos milímetros que separaban sus bocas de mi oído.
No oía palabras, pero mi interior las recordaba: amor, lealtad, devoción.
Desperté con una pesada niebla envolviendo mi cabeza: la vaga sensación de no estar solo, el susurro de mis amantes, su juramento.
Aquella noche tardé en recuperarme lo suficiente como para volver a conciliar el sueño.
Desgraciadamente no recibí más visitas, más amor ni más juramentos; no volvió la sensación de plenitud.
En lugar de sentirme lleno —física y mentalmente—, solo hubo soledad, vacío y el frío abrazo de la oscuridad en el desierto.
El sexto día estábamos agotados de caminar bajo el sol.
Atravesábamos dunas sin apenas agua ni cobijo.
Entonces, con la intención de animarnos —aunque con una alegría algo forzada— Wyatt comentó: —Llevamos buen ritmo.
Si seguimos así, en solo tres días llegaremos al paso de la montaña.
—Las canciones de viaje ayudan a no pensar demasiado en todo el camino que aún nos queda —me explicó Anne, mientras se quitaba el sudor de su pequeña frente.
No me gustaba verla pasarlo tan mal, pero no era el único.
La mirada de Magda estaba cargada de tristeza contenida.
—Yo nací en las tierras monoteístas, se llaman Arges, ¿lo sabías, Ziggur?
—me preguntó la niña, animándose al encontrar un tema del que hablar—.
Llevo toda la vida viajando, así que ya soy una experta en ir a sitios que están lejos, y en las canciones de viaje.
Desde hace dos años venimos al oasis cada dos o tres meses.
Las familias ricas de las ciudades de Thamur pagan muy bien por los dátiles y la mermelada de higos que hace la tía Magda, que está riquísima.
Así podemos comprar medicina para la dumencia de la Yaya.
Ojalá esta vez quede algo de mermelada para nosotros.
—Se dice demencia, cielo, no dumencia —corrigió Hellen en tono cariñoso.
Comprendí entonces que aquellos viajes eran para pagar la medicina de un familiar enfermo, y eso me hizo sentir triste.
Magda, que mostraba claros signos de cansancio, empezó a hablarme de aquel personaje misterioso al que no paraban de mencionar: la Yaya.
—No es nuestra abuela biológica —me contó con una sonrisa—.
Es una mujer de aquí, del desierto de Thamur, que nos acogió al poco de llegar, como si fuésemos sus propios hijos.
Perdió a su familia por los súbditos de Apofis y por los ataques raeitas, y nos ha cuidado durante casi una década.
Así que esto es lo mínimo que podemos hacer por ella.
Yo asentí en silencio.
En los últimos días había llegado a conocer mucho más a Magda y Hellen.
Eran pareja desde hacía años y se amaban profundamente.
Se cuidaban con fervor la una a la otra.
Me parecieron personas leales y de fiar.
Seguimos andando durante algunas horas, hasta que algo pareció animar a Anne.
Salió disparada hacia una alta roca rectangular que se alzaba en medio del desierto.
—¡Ziggur, Ziggur, ven a ver la gran lápida!
—me llamó, con una mirada llena de entusiasmo infantil.
Los adultos nos acercamos hasta ella, y Magda, con una risita, me explicó: —Esta es la gran lápida del desierto.
Es uno de nuestros puntos de referencia para volver a casa.
Significa que estamos, finalmente, a menos de tres días del paso.
Siempre jugamos a imaginar a quién se le ocurrió pedir que le enterrasen en este lugar.
—Yo digo que fue un antiguo monarca que buscaba ocultar sus tesoros —intervino Hellen, lanzándose sobre Anne para acribillarla a cosquillas.
La niña empezó a soltar chillidos agudos, mientras Perrito daba vueltas en torno a ellas, empeñado en formar parte del juego.
—No, seguro que fue un gran guerrero del desierto de Thamur —terció Wyatt.
Su tono ya parecía menos a la defensiva, aunque eso no hacía que me cayese mejor.
Yo me acerqué y la miré fijamente.
Era antigua, llena de símbolos que la cruzaban de arriba abajo.
—¿Y tú, qué dices, Ziggur?
—preguntó Magda, con esa dulzura que usaba para incluirme en todo—.
¿Un rey o un guerrero?
Seguí observando la piedra y, sin pensarlo demasiado, respondí: —Ni lo uno ni lo otro: agua.
Un silencio cayó de golpe sobre todos.
Se quedaron mirándome, como si no entendiesen.
Señalé en dirección al suroeste, tal y como indicaba la piedra.
—A dos horas en aquella dirección: Pozo de Anhur.
Nadie habló.
El silencio se alargó hasta que Magda, confusa, rompió la tensión con una risita nerviosa: —Esa ha sido muy buena, Ziggur.
Pero… ¿cómo has sabido que a esto se le llama las Dunas de Anhur?
Fruncí el ceño.
—No… no jugaba.
Digo que la piedra no es una tumba.
Dice que a dos horas por allí —volví a señalar— está el pozo de Anhur, para viajeros.
—No creo que haya ningún pozo en esa dirección, Ziggur —replicó Hellen con una sonrisa comprensiva—.
Puede que sigas un poco confundido.
Magda, en cambio, estaba mucho más seria.
Miró a Anne, que empezaba a mostrar signos preocupantes de deshidratación, y después se volvió hacia mí con gesto tenso.
—¿Dices que está a dos horas de aquí?
—Eso dice la piedra —respondí.
—¿En serio lo estás pensando, Magda?
—intervino Wyatt, con incredulidad—.
¿De verdad vas a fiarte de alguien que hasta hace dos días llamaba al sol “el orbe cálido”?
—me lanzó una mirada cargada de desprecio—.
Si vamos en esa dirección, aunque sea media hora, nos acercaremos demasiado a la frontera con Heliópolis.
Y déjame recordarte cómo reciben allí a los forasteros desde hace un año: no es con simpatía.
Es con el saludo de varias bestias de Seth, que nos despedazarán sin dudarlo.
Entonces Magda se giró hacia él con el tono más serio que le había escuchado hasta el momento: —Lo sé, Wyatt.
Pero estamos bajo mínimos.
Tú cargaste menos cantimploras para este viaje —“vamos bien”, dijiste—, y las dos más grandes quedaron inservibles tras el ataque de los acólitos de Apofis… —se detuvo, asegurándose de que Anne y Perrito estaban lejos, y prosiguió con voz baja—: Ziggur apenas ha bebido.
Ha estado dando todas sus raciones a Anne.
No entiendo ni cómo se mantiene en pie.
Pero estamos al límite, pensaba que podríamos lograrlo pero… Si existe aunque sea la más mínima posibilidad de encontrar agua a tan solo dos horas… vale la pena el riesgo.
Porque llevo casi dos días aceptando el hecho de que muy posiblemente ya estamos muertos, y aún ni lo sabemos.
Algo se quebró en los ojos de Wyatt.
Como si hubiese estado reprimiendo ese mismo miedo.
Se volvió hacia la piedra y murmuró con los labios tensos: —No entiendo una mierda de esto.
Pero esta roca debe tener, al menos, dos mil años… ¿cómo sabemos que el pozo – si es que existe- sigue funcionando?
No pude evitar reírme ante la estupidez de su pregunta.
La risa me salió limpia, ligera, como si no pudiese contenerla.
El resto me miró con desconcierto, esperando una explicación.
Y entonces recité lo que decía la piedra.
—No he entendido ni una palabra, Ziggur.
¿Era eso una lengua antigua, o algo?
—preguntó Hellen.
Encogí los hombros, sin tener ni idea de cómo responder.
Solo señalé la parte inferior de la piedra e intenté traducir al idioma en que estábamos hablando, aunque me costó cierto esfuerzo: —“Un don del dios del desierto, el caos y la guerra para sus… devotos.
Alabado sea Seth.” Terminé con una sonrisa.
Y entonces, mirando a Wyatt con más indignación de la que creía posible en mí, añadí: —Un don de los dioses no se seca, hereje.
Después me giré hacia Magda, sonriendo de nuevo, y señalé en la dirección marcada: —Agua.
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