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El día en que me robé a la Hija del Rey Demonio - Capítulo 10

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  4. Capítulo 10 - 10 Capítulo 10 Persecución literaria y otras formas de romper una biblioteca
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10: Capítulo 10: Persecución literaria (y otras formas de romper una biblioteca) 10: Capítulo 10: Persecución literaria (y otras formas de romper una biblioteca) Lo que nadie te dice de perseguir villanos oscuros por un pueblo embrujado es que, sorprendentemente, requiere mucho cardio.

Y yo, con el físico de alguien que ha sobrevivido a base de pan duro y accidentes mágicos, no estaba preparado para esto.

—¡Ahí van!

—gritó Alice, señalando con su espada hacia el callejón trasero donde la figura encapuchada y Umbra escapaban envueltos en un torbellino de letras flotantes.

—¡No podemos dejarlos huir!

¡Aún no he recuperado la receta de galletas!

—grité yo, porque mis prioridades están bien claras.

Ahyeli y Azreth iban por delante, volando entre casas, esquivando ropa tendida y ocasionalmente asustando gallinas.

Las palabras que dejaban los villanos en su huida flotaban como cenizas negras, grabándose en las paredes, en el cielo…

y en el trasero de una estatua de paladín local.

“Donde las palabras mueren, el silencio manda.” Críptico.

Dramático.

Muy de villano que lee demasiada poesía maldita.

Finalmente, los acorralamos en el lugar más obvio para una batalla épica: la vieja biblioteca abandonada de Lynthe.

O al menos, lo que quedaba de ella.

El edificio era una reliquia arqueológica con moho, telarañas y olor a libro que ha vivido demasiado.

—No hay salida —dijo Alice, alzando su espada mágica con chispas de autoridad.

—No mientras esté el protagonista —dije yo, tratando de sonar heroico mientras recuperaba el aliento…

por quinta vez.

La figura encapuchada se volvió hacia nosotros.

No hablaba, pero su aura lo decía todo: “Tengo un plan malévolo, probablemente innecesariamente complicado, pero estéticamente impresionante.” Umbra se expandió, como una sombra líquida que crecía a base de desesperación y tinta antigua.

La temperatura bajó.

Las letras del entorno comenzaron a levitar, como si todo el conocimiento atrapado en ese edificio quisiera huir.

Y entonces comenzó la batalla.

Alice vs el Encapuchado: hechizos cruzados, golpes de espada, insultos creativos.

Alice luchaba como una bailarina asesina, y el encapuchado respondía con ataques oscuros que formaban versos malditos cada vez que golpeaban el suelo.

—¡Verso mal estructurado!

¡Ese no rima!

—le gritaba Alice con más indignación gramatical que mágica.

Yo y Ahyeli vs Umbra: nuestra pelea fue más…

interpretativa.

Ahyeli lanzaba ráfagas de luz celestial, que Umbra absorbía como si fueran caramelos amargos.

Yo me limitaba a correr, lanzar bolas de fuego dudosas y gritar: —¡Esto no estaba en el manual de aventureros nivel principiante!

Azreth ayudaba atacando por los flancos con su agilidad dracónica y ocasionalmente lanzando libros con precisión ofensiva.

—¿Le arrojaste un diccionario?

—pregunté.

—¡Las palabras son poder!

—respondió Azreth, muy orgulloso.

En medio del combate, el encapuchado murmuró un último conjuro.

El suelo tembló, los libros comenzaron a gritar (sí, gritar, no pregunten), y un portal oscuro se abrió justo en el centro de la biblioteca.

—¡Está escapando!

—grité, pero ya era tarde.

El encapuchado, Umbra y la biblioteca entera desaparecieron como si nunca hubieran estado allí.

Solo quedó un remolino de polvo, un silencio profundo…

y el aroma persistente de libro viejo abandonado.

Y entonces, todo volvió a la normalidad.

La gente de Lynthe dejó de escribir compulsivamente en sus brazos.

Los recuerdos volvieron.

La receta de las galletas de la abuela Gertrudis reapareció como por arte de magia pegada en la puerta del horno.

—¿Se llevaron la biblioteca entera?

—dije, mirando el hueco donde antes estaba.

—Sí.

Y lo peor es que ni siquiera me dejaron terminar el libro que estaba hojeando —respondió Alice, cruzada de brazos.

—¿Qué libro?

—“Cómo controlar a tu Luzdrake sin que destruya tu cocina.” —Ah.

Nos sentamos al borde del cráter donde la biblioteca solía estar.

Azreth roncaba con la boca abierta.

Ahyeli me ofreció un canto suave para relajarme.

Y Alice…

me lanzó una mirada seria.

—Esto no termina aquí.

Han robado más que palabras.

—¿Mi dignidad también cuenta?

—No.

Esa la perdiste cuando intentaste atacar con un estante.

—Era una buena táctica… hasta que se me cayó encima.

Nos reímos, cansados pero vivos.

El portal se había llevado a los enemigos.

Pero también nos había dejado una pista: ese conjuro, esa energía, no era humana… ni demoníaca.

Era de otro mundo.

Y yo tenía la sensación de que, muy pronto, nos tocaría cruzar más portales.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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