El día en que me robé a la Hija del Rey Demonio - Capítulo 100
- Inicio
- Todas las novelas
- El día en que me robé a la Hija del Rey Demonio
- Capítulo 100 - 100 Capítulo 100 La boda del fénix y el ladrón
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
100: Capítulo 100: La boda del fénix y el ladrón 100: Capítulo 100: La boda del fénix y el ladrón Nunca pensé que un día como hoy llegaría, estar aquí, con un traje tan elegante que temo moverme y romperlo… y con la certeza absoluta de que no hay escapatoria.
Es mi boda.
Mi boda con Ahyeli.
La casa está llena de gente.
Los aventureros del gremio, vecinos, curiosos, y hasta el elfo fisicoculturista—sí, ese que podría aplastar una roca con un pectoral, —que no deja de llorar mientras la líder del gremio de Drakna, Céfira, le soba la espalda como si fuera su terapeuta.
—Es… tan hermoso… —solloza él.
Y no sé si habla del amor o del pastel.
Alice corre de un lado a otro, nerviosa, asegurándose de que todo esté perfecto.
Ella se encargó de enviar las invitaciones, incluso la de su padre, bajo su identidad secreta de Tony Silver, el famoso comerciante, con el que se infiltraba entre humanos.
Lástima que no pudo venir.
Su madre tampoco pudo venir.
Nos envió una carta disculpándose, diciendo que “asuntos importantes” lo retienen en su reino.
Pero dejó un regalo: pagó toda mi deuda por el terreno.
No lo voy a negar, casi lloro… hasta que recordé que no sería muy digno hacerlo antes de casarme.
La abuela de Alice tampoco pudo asistir, pero nos envió una caja enorme llena de amuletos: de buena suerte, de fertilidad (por alguna razón, muchos de esos), de protección, de prosperidad… y uno que parece brillar cada vez que me pongo nervioso.
No estoy seguro si es mágico o si detecta el pánico masculino.
El sacerdote anciano de la Iglesia de la Iluminación llegó temprano.
Es un tipo alegre, además sabe del secreto de Ahyeli, pero lo mantiene con elegancia: “La novia, poseedora de la sagrada habilidad de transformarse en un ave de luz.” Qué poético.
Más poético que decir “fénix que puede quemarte si la haces enojar”, claro (aunque ya sabemos que es pacifista).
Cuando entró Ahyeli, casi se me detiene el corazón.
No por miedo esta vez.
Por pura, absurda, radiante felicidad.
El vestido (regalo de la madre de Alice cuando se enteró que no se decidió por ninguno de la tienda), era blanco con reflejos dorados, ligero, como si la luz misma lo envolviera.
Lunito caminaba delante de ella con una cestita de flores, tropezando cada tres pasos, y la gente murmuraba cosas como “qué ternura” y “ese cachorro va a incendiar algo”.
Y entonces llegó el momento.
Los votos.
El sacerdote nos pidió que habláramos desde el corazón.
Gran error, porque a mí nadie me avisó que el corazón no viene con guion.
Ahyeli fue la primera.
Su voz temblaba, pero sonreía.
—Víctor… cuando te conocí, eras un ladrón torpe que me hacía reír.
Me hiciste sentir que era útil, también que no debía tener miedo, me apoyaste en las más absurdas decisiones que tuve pero también no pensé que también robarías algo más… —me miró directo a los ojos, —mi corazón.
Prometo seguir tus pasos, cuidarte cuando tropieces y reírme contigo incluso cuando no entienda tus chistes.
En voz baja me dijo —Y si alguna vez renaces de tus errores, como yo renazco del fuego, prometo estar ahí para ti… siempre.
Silencio.
Yo tragué saliva.
Muy fuerte.
Y hablé.
—Ahyeli… cuando te conocí, pensé que eras una pesadilla con alas.
Alguien que me traería solo problemas, me molestabas con tus asuntos sobre tener hijos.
Luego descubrí que eras peor: una mujer que me hacía querer quedarme quieto y no moverme, tal vez porque tú método de cacería se base en el movimiento.
—Las risas del público ayudaron a romper la tensión —Prometo no robarte más que sonrisas.
Prometo intentar no arruinar las cosas, aunque, bueno… ya sabes que eso no se me da muy bien.
Y si alguna vez caes, estaré ahí para levantarte, aunque sea torpe y llegue tarde.
Porque si algo aprendí… es que no hay tesoro más grande que tú.
No suelo ponerme sentimental, pero cuando la gente aplaudió, sentí el pecho tan lleno que pensé que se me iba a escapar el alma.
El sacerdote levantó su báculo y sonrió.
—Por el poder que me otorga Lumen, la diosa de la luz y la paciencia de los aventureros presentes… los declaro marido y mujer.
—Y ahora… —añadió, con una sonrisa traviesa —puede besar a la novia.
Ahyeli fué la que tuvo la iniciativa, me jaló de la cabeza y me tomó del cuello muy fuerte antes de que yo pudiera reaccionar y me besó.
Fue largo, cálido, como si el mundo entero se detuviera por un instante.
Escuché aplausos, risas, silbidos.
Y un elfo enorme gritando “¡Que viva el amor, maldita sea!” Ese fue el momento exacto en que entendí algo: por todas las locuras, heridas, explosiones y sustos que me trajo esta vida… este momento valió la pena.
Valió cada segundo.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com