El día en que me robé a la Hija del Rey Demonio - Capítulo 14
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- Capítulo 14 - 14 Capítulo 14 Reparaciones recuerdos… y rugidos
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14: Capítulo 14: Reparaciones, recuerdos… y rugidos 14: Capítulo 14: Reparaciones, recuerdos… y rugidos El día era perfecto.
El tipo de día que solo los bardos románticos y los pasteles de boda logran describir con justicia.
El cielo despejado, el viento tibio, y un claro del bosque lo bastante bonito como para ser fondo de pantalla.
Ahyeli volaba en círculos sobre el claro, lanzando pequeñas ráfagas de luz que explotaban en colores como si tuviera fuegos artificiales en las alas.
Azreth, por su parte, la perseguía a toda velocidad mientras sujetaba en la boca lo que parecía ser…
un calcetín.
De quién era, nadie quería saberlo.
—Se ven felices —dije, recostado en el pasto, con los brazos detrás de la cabeza y el alma al 70% de relajación.
—Lo están —respondió Alice, de pie junto a mí, mirando hacia el cielo como si buscara algo entre las nubes—.
Aunque nosotros tenemos trabajo.
—¿Trabajo?
¿Y si fingimos que no escuchamos eso y seguimos acostados hasta que anochezca?
—Víctor…
—dijo con esa voz que indica que la amenaza está a un hechizo de distancia—.
Necesito que me ayudes a reparar “La Saeta”.
Tragué saliva.
—¿La…
qué?
—La Saeta.
Esa extraña antena lanzarrayos que estaba en la torre central del castillo de verano.
¿Recuerdas?
La robaste cuando todo se derrumbó.
—¡No la robé!
Solo…
la salvé del olvido con intenciones puramente económicas.
—¡La ibas a vender a un comerciante de pociones para que la usara como tostadora de pan a distancia!
—¡Innovación!
¡Tecnología al servicio del desayuno!
Alice me miró con esa mezcla de paciencia forzada y resignación que solo ella ha perfeccionado.
—Sácala del cubo mágico.
Suspiré y metí la mano en mi confiable cubo de almacenamiento, ese que no tiene fondo y del que he sacado desde galletas hasta una armadura entera (una vez accidentalmente saqué un banco de madera… no quiero hablar de eso).
Después de unos segundos de forcejeo con el espacio interdimensional, la saqué.
Ahí estaba.
La Saeta.
Un mástil metálico con múltiples cristales incrustados, cables que chispeaban cada tanto, y una punta que parecía diseñada para derretir lunas.
Era tan elegante como peligrosa, y tan incomprensible como un manual de magia escrito por gatos.
Alice se agachó frente a ella y comenzó a revisar sus runas.
—El núcleo de foco está intacto.
El canalizador de energía necesita alineación.
Y el emisor… Víctor, ¿por qué tiene una calcomanía de “Explota Fácil”?
—Eso venía así.
Es decoración original.
Mientras ella ajustaba el mecanismo principal, yo sostenía el cristal amplificador y fingía saber lo que estaba haciendo.
—¿Y por qué quieres repararla?
—pregunté finalmente.
—Porque si esa tal Umbra vuelve… o si el encapuchado regresa, necesitamos toda la ayuda posible.
Esta cosa podía derribar un dragón.
—¿¡Un dragón!?
—En teoría.
Nunca lo probamos contra uno…
—Vaya…
Alice giró los ojos.
Justo cuando estábamos a punto de terminar, cuando el último engranaje encajó en su lugar y los cristales comenzaron a brillar con una suave luz azulada…
El cielo rugió.
Y no de forma poética.
No de forma metafórica.
RUGIÓ.
Un estruendo aterrador, como el crujido del mundo mezclado con la furia de mil huracanes.
Las hojas de los árboles temblaron.
El suelo vibró.
A lo lejos, desde el norte, sobre la silueta de Ciudad Ilustre, una figura gigantesca descendía desde las nubes.
Un dragón.
No uno de esos bebés lindos que escupen fuego del tamaño de una vela de cumpleaños.
Un monstruo.
Escamas oscuras como ónix, alas más grandes que cualquier nave voladora, y ojos que brillaban como estrellas caídas del cielo.
—¿Eso es lo que yo creo que es?
—pregunté, señalando lo obvio.
—Sí —respondió Alice, con voz firme.
—¿Y no querrás decirme que es solo un glifo volador con problemas de autoestima?
—No, Víctor.
Es un dragón real.
Y está atacando la ciudad.
Apunté con La Saeta, como si entendiera su propósito, zumbó con energía.
El cristal comenzó a brillar intensamente.
Azreth y Ahyeli dejaron de jugar.
Se posaron cerca de nosotros, serios, alertas.
—¿Activamos la Saeta?
—pregunté, sintiendo la adrenalina subir.
Alice me miró, sus ojos reflejando la luz del cristal.
—No aún.
Vamos a la ciudad.
Tenemos que ayudar… y ponerla a prueba.
Y así, mientras el dragón rugía sobre Ciudad Ilustre y las alarmas mágicas comenzaban a sonar como locas, nosotros corrimos de regreso.
Con una antena laser mágica.
Un fénix en forma de chica.
Un mini dragón cleptómano.
Y cero sentido común.
Perfecto.
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