El día en que me robé a la Hija del Rey Demonio - Capítulo 21
- Inicio
- Todas las novelas
- El día en que me robé a la Hija del Rey Demonio
- Capítulo 21 - 21 Capítulo 21 Carruseles concursos y códigos de honor
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
21: Capítulo 21: Carruseles, concursos y códigos de honor 21: Capítulo 21: Carruseles, concursos y códigos de honor Después de una semana vendiendo cachivaches mágicos y baratijas robadas (ejem, adquiridas sin consentimiento) del castillo de verano, por fin tocaba el premio mayor: el Festival del Héroe.
Según los carteles pegados por toda Ciudad Ilustre, hacía 21 años exactos que el Héroe había salvado a la ciudad de una infracción de ratas (no, no invasión, lo del cartel estaba mal escrito), una legión de ratas mágicas que habían escapado de la mazmorra.
Desde entonces, cada año celebraban con puestos de comida, juegos, competencias físicas y apuestas ilegales disfrazadas de “actividades culturales”.
En otras palabras: el paraíso.
—¿Estás seguro de que esas estatuillas que vendimos no estaban malditas?
—preguntó Alice mientras caminábamos por la calle principal abarrotada de gente.
—Técnicamente, las maldiciones solo se activan si dices “abracadabra” tres veces mientras bailas sin pantalones —respondí, con la confianza de quien claramente se está inventando la regla.
—Me siento extrañamente tranquila con eso, aunque aun no me convence —murmuró Alice.
Ahyeli, por su parte, no podía estar más feliz.
—¡Amo!
¡Amo!
¡Mire, un carrusel!
¡Con caballos reales!
¡Y están vestidos como unicornios!
¡POR FAVOR, VAMOS!
Y sí.
Había un carrusel.
Con caballos reales.
Disfrazados de unicornios.
Un espectáculo tan ridículo que hasta el propio Héroe se hubiera reído desde su trono etéreo.
—Por todos los atracos… —murmuré, mientras Ahyeli ya arrastraba a Alice directo hacia la fila.
Diez minutos después, las dos estaban montadas en caballos relinchantes que giraban con una solemnidad ofendida.
Ahyeli reía como niña en su primer festival, mientras Alice… bueno, tenía cara de que si uno de esos caballos se atrevía a lanzarla al lodo, lo convertiría en bistec.
Y ahí estaba yo, como todo un caballero… sujetando tres mochilas, cinco bastones, un huevo misterioso (otra historia), y una botella de jugo de uva que probablemente era vino fermentado por el diablo.
Después del paseo en equinos rotatorios, llegamos a la zona de apuestas, un círculo ruidoso de gente alrededor de una mesa de madera gigante donde el “gran juego del año” era nada menos que… Vencidas.
—¡Diez monedas por ronda!
¡Quien gane tres veces seguidas se lleva la copa del Héroe de Acero!
—gritaba el presentador con voz dramáticamente exagerada.
Yo, por supuesto, retrocedí, nada bueno sale de que tu ave mágica intente medirse contra montañas de músculos con voz grave.
—Ahyeli, eso no es buena ide— —¡Inscríbame!
—gritó ella, alzando su manita al aire.
—¡¿QUÉ?!
—¡Confíe en mí, amo!
¡Soy frágil, pero aguanto!
—Esa frase puede terminar en una demanda.
Y entonces, contra toda lógica biológica y leyes físicas, Ahyeli empezó a ganar, uno tras otro.
Guerreros, bandidos reformados, herreros con brazos como troncos… todos fueron vencidos por una chica de metro cuarenta con plumas brillantes y una sonrisa adorable.
—¡Y ahí va el campeón de la Montaña Quemada!
¡Derrotado por un ángelito de voz hermosa!
—anunció el presentador, al borde del colapso.
Para cuando le ganó al elfo fisicoculturista del gremio, el público coreaba su nombre.
—¡AH-YE-LI!
¡AH-YE-LI!
¡AH-YE-LI!
—Ya no es mi familiar —dije cruzado de brazos—.
Ahora es una deidad.
El elfo, aún con el brazo temblando por el esfuerzo, le sonrió con elegancia.
—Tenéis fuerza, noble dama.
Y belleza.
Permitidme invitaros a una cena de batidos proteicos.
—No, gracias, el único batido que me interesa es el del amo con miel y durazno.
Yo escupí el jugo, Alice me golpeó con la mochila y el público aplaudió.
Después de eso vino la zona de comida.
Y ahí Alice entró en su verdadero terreno.
—¿Cuánto es el récord del concurso de comida?
—Cuarenta y ocho empanadas.
—¿Con o sin salsa?
—¿Importa?
—Mejor así —dijo Alice, ajustándose el cabello como quien se alista para una guerra santa.
Diez minutos más tarde, el récord era de cincuenta y seis empanadas, y Alice estaba en primer lugar, sin una mancha en la camisa.
Una mujer legendaria.
—Creo que me enamoré un poco —murmuró un noble de paso.
Ya con los bolsillos llenos, los estómagos aún más llenos y el corazón contento, yo me alejé un poco.
Había demasiadas monedas sueltas en tantos bolsillos abiertos… la tentación era fuerte.
Pero cuando vi a Alice y Ahyeli riendo juntas, a Azreth dándoles vueltas volando en círculos, a la gente feliz, a los niños corriendo entre luces mágicas… Saqué unas monedas del bolsillo.
Y se las di a un grupo de niños vagabundos que no tenían para comprar ni una fritura.
—¿En serio no vas a robar hoy?
—me preguntó una voz interior.
—Hoy no.
Soy ladrón… pero tengo principios.
Y mientras me alejaba para reunirme con mis chicas, sonreí.
Hoy éramos solo tres amigos en un festival ridículo celebrando una guerra contra ratas mágicas.
Y eso, por muy absurdo que suene, era suficiente.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com