El día en que me robé a la Hija del Rey Demonio - Capítulo 23
- Inicio
- Todas las novelas
- El día en que me robé a la Hija del Rey Demonio
- Capítulo 23 - 23 Capítulo 23 El laberinto la bruja y el minotauro
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
23: Capítulo 23: El laberinto, la bruja y el minotauro 23: Capítulo 23: El laberinto, la bruja y el minotauro Una nueva mañana en Ciudad Ilustre, una nueva aventura y yo solo quería dormir cinco minutos más.
Pero claro, cuando en tu grupo tienes a una princesa demonio mandona, una fénix emocionalmente inestable y un zorro-dragón hiperactivo que se come tus calcetines… el descanso es un lujo que no puedes pagar.
Estábamos en la posada, desayunando panecillos mágicos (saben a lo que más deseas… en mi caso, tortillas con sal) cuando una empleada del gremio llegó corriendo.
—¡Se les requiere de inmediato en el gremio!
¡Es urgente!
—¿Qué hiciste ahora?
—me preguntó Alice sin dejar de masticar.
—Nada… esta vez…
creo.
Llegamos al Gremio de Aventureros de Ciudad Ilustre, y había caos absoluto, aventureros gritando, otros escondidos debajo de las mesas, unos desmayados, y uno abrazado a una planta llorando por su vida.
Y en el centro de la escena, de pie frente al mostrador, estaba la fuente del pánico: Un enorme minotauro de tres metros, con músculos como columnas de mármol, un hacha tan grande como una puerta y cuernos que podrían servir de antenas parabólicas.
Y la elfa recepcionista, absolutamente tranquila, lo miraba con cara de “ya he visto peores”.
—Bienvenido al Gremio de Aventureros —decía ella, con voz monótona—.
¿En qué puedo servirle?
El minotauro bajó la mirada con timidez.
—Eh… buenos días… quería… quería pedir ayuda… por favor… Sí, tal como lo oyen, el monstruo que parecía sacado de una leyenda de destrucción, carne y tripas, tenía voz de borreguito tímido.
Alice y yo nos miramos con la misma expresión: esto huele a misión secundaria con giro emocional raro.
Nos explicaron la situación: el minotauro se llamaba Molgrak, vivía en un antiguo laberinto que su familia había construido hace siglos, y un día, una bruja llegó, le lanzó un hechizo de sueño, y cuando despertó, ¡ella se había apoderado de todo!
Se negaba a irse, había redecorado el lugar con cortinas rosas, y usaba sus trampas para hacerle bullying al pobre Molgrak.
—¡Puso alfombras con flores!
—lloró el minotauro— ¡Y le puso nombre a mi hacha!
¡Ahora se llama Rosita!
—…Eso es imperdonable —dije, con toda la solemnidad posible.
La recompensa era 10 monedas de oro.
Nadie más quiso aceptar.
Nosotros, como buenos locos sin amor por la vida, dijimos: “¿por qué no?” El laberinto estaba a las afueras de la ciudad, entre colinas neblinosas, Molgrak nos acompañó hasta la entrada, que tenía una guirnalda de bienvenida y un cartel que decía: “Prohibida la entrada a bestias con patas de cabra, excepto para visitas guiadas.” —¿Puedo… puedo esperarlos aquí afuera?
—preguntó Molgrak.
—Tranquilo, Rosita está en buenas manos —le dije, levantando su hacha.
Él lloró.
No sé si de emoción o de nostalgia por su dignidad perdida.
Dentro del laberinto, todo era confuso y ridículo, en lugar de trampas mortales, había cosas como: Un campo de flores que te hacía estornudar canciones infantiles, un espejo que te mostraba a ti mismo, pero con peinados vergonzosos, una sala donde flotaban almohadas que te abofeteaban con suavidad.
Después de esquivar una emboscada de peluches encantados (no me pregunten), encontramos a la bruja.
Era una mujer de unos cincuenta y tantos, con túnica color vino, rizos alocados y una copa de vino en una mano.
Estaba sentada en un trono hecho de calaveras falsamente intimidantes (eran de plástico, según Ahyeli).
—¿Qué quieren?
—dijo con voz harta— Estoy reorganizando el feng shui de este lugar.
—¿No te parece que invadir la casa de un minotauro es un poco… ilegal?
—preguntó Alice.
—¡El lugar estaba abandonado!
¡Yo lo vi primero!
¡Derecho de bruja sin propiedad establecida!
—¡Le pusiste moño a su hacha!
—grité yo.
—¡El moño es adorable!
La pelea comenzó.
Ella lanzó un hechizo que convirtió el suelo en mantequilla.
Yo me caí de espaldas, Azreth me usó como patineta, Alice activó su barrera de fuego, y Ahyeli, en su forma humana, invocó un canto lunar que reflejó los hechizos de la bruja.
La bruja sacó una escoba.
Alice la partió con una patada, yo lancé a Rosita (el hacha) y Azreth lanzó fuego en espiral, combinándose con la magia de Ahyeli en un remolino brillante.
¡BOOM!
Bruja derribada.
Trono destruido.
Cortinas rosas… chamuscadas.
Paz restaurada.
—¡Está bien, está bien!
¡Me rindo!
—lloró la bruja— Solo quería un lugar bonito para vivir… ¡yo no tengo casa desde que se me quemó la cabaña en la Aldea de las Sorpresas Fatales!
Molgrak apareció en ese momento, jadeando, nos miró, luego la miró a ella, luego a su laberinto medio destrozado y suspiró.
—Si… si quieres… puedes quedarte.
Pero sin moños ni trampas humillantes.
Ella lo abrazó llorando.
Él también lloró.
Nosotros… aplaudimos incómodamente.
Volvimos al gremio con las 10 monedas de oro.
La bruja nos regaló unas porciones mágicas de “sopa de reconcilio emocional”, que servían para curar y reducir el drama en un grupo.
(Spoiler: no funcionan con Ahyeli).
Y así terminó otra aventura más: Con monstruos que no lo son tanto, brujas ocupando casas ajenas, y mi trasero con quemaduras por caer en una trampa de sopa caliente.
—¿Crees que algún día tengamos una misión normal?
—pregunté mientras comíamos pastel de regreso a la posada.
—¿Con nosotros?
—dijo Alice— Nunca.
—¿Podemos adoptar a la bruja también?
—preguntó Ahyeli, lamiéndose una cuchara— Tiene buena sopa.
—¡NO!
Y así terminó el día.
Con más caos, pero también más oro.
Y con Rosita, el hacha, libre al fin de su moño rosa.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com