El día en que me robé a la Hija del Rey Demonio - Capítulo 31
- Inicio
- Todas las novelas
- El día en que me robé a la Hija del Rey Demonio
- Capítulo 31 - 31 Capítulo 31 El secuestro artístico y la furia plumífera
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
31: Capítulo 31: El secuestro artístico y la furia plumífera 31: Capítulo 31: El secuestro artístico y la furia plumífera La fotografía fue uno de esos regalos ambiguos que dejó el Héroe antes de morir trágicamente, junto con el manual para fabricar máquinas de café y bombas mágicas de agua, también entregó a este mundo los planos para las cámaras fotográficas mágicas.
Lo que jamás sospechó (o quizás sí, el tipo era raro) fue que un día, años después, esas cámaras serían usadas no solo para capturar momentos importantes… sino también para tomar fotografías “artísticas” de muy dudosa ética y mucho menos ropa.
Era una tarde soleada en Ciudad Ilustre.
Ahyeli caminaba alegre por las calles, tarareando una canción sobre galletas y acariciando cada gato que encontraba.
En su forma humana, seguía teniendo esa aura de inocencia mágica que, combinada con su fuerza monstruosa y completa falta de malicia, la convertía en el blanco perfecto para… estafadores con frases elaboradas.
—Señorita, ¡usted!
—gritó un hombre de traje elegante y sonrisa sospechosa—.
¿Le han dicho que tiene la belleza de una diosa celestial?
—Sí —dijo Ahyeli, con total sinceridad—.
Mi amo me lo dice todo el tiempo.
—¿Le gustaría convertirse en musa de una obra de arte atemporal?
—¿Cómo una estatua?
—No… algo mucho mejor.
¡Una fotografía!
¡Un retrato mágico que capturará su esencia para siempre!
—dijo el sujeto mientras hacía una reverencia teatral digna de un pésimo actor de teatro ambulante.
Ahyeli dudó.
Pero el tipo la convenció porque le dió una galleta.
Y, por alguna razón, la galleta era de chispas de brillantes de chocolate (su favorita), eso fue todo lo que necesitó.
En menos de diez minutos ya estaba dentro de un edificio abandonado con paredes forradas de cortinas baratas y un cartel que decía “Estudio L’art Sensualé”.
Azreth, mientras tanto, había ido a buscarla porque le olía raro que no estuviera merodeando como un colibrí curioso cerca de Alice, Víctor o las pastelerías.
Cuando preguntó y nadie sabía dónde estaba, su instinto de zorro-dragón se activó.
Voló por la ciudad siguiendo su aroma y, con un chillido agudo de alerta, aterrizó en el techo de un edificio sospechoso.
Escuchó voces.
Luego risitas.
Luego: —¿Así?
¿Solo con las plumas?
¿Es realmente necesario?
Azreth reventó la puerta con una explosión.
—¡AHYELI, QUE CREES QUE HACES!
Los “artistas”, tres sujetos con cámara mágica, una cortina roja y un fondo de paisaje tropical pintado con crayones, giraron con la cara congelada delatoramente.
Ahyeli, sentada en una silla tapizada con lentejuelas, llevaba puesta… una corona de flores y una túnica sospechosamente translúcida.
—¿Azreth?
¿Qué pasa?
Estoy ayudando a hacer arte… —¡Eso no es arte!
¡Es contenido ilegal, degradante y condenado por al menos tres gremios y cinco religiones!
—gritó el zorro alado, encendido en furia.
Ahyeli parpadeó.
—¿No es arte?
—¡NO!
—Yo le quería regalar de mi arte al amo…
Hubo un silencio, luego, el aura a su alrededor cambió.
La explosión fue tan intensa que las cortinas salieron volando por la ventana, una de las cámaras cobró conciencia y se suicidó, y uno de los “artistas” se tiró al suelo gritando que ya había cambiado, que ahora se dedicaría al bordado.
Ahyeli, envuelta en fuego lunar, los miraba con ojos brillantes.
—¡Solo mi amo puede verme sin mis plumas!
—¡Ni siquiera él lo consideraría hacerlo!
—gritó Azreth, que empezaba a reconsiderar muchas cosas de su vida.
Uno a uno, los pervertidos fueron atados con sus propias extensiones de telones, y Azreth los cargó de las orejas (literalmente) hasta el gremio, donde el elfo fisicoculturista solo suspiró.
—Otra vez este tipo de casos.
Qué tiempos para estar vivo… Cuando era un jovenzuelo aventurero no pasaban estas cosas…
Como agradecimiento por impedir la distribución ilegal de imágenes artísticas no autorizadas (y por destruir una red de estafa de “arte alternativo”), Ahyeli y Azreth recibieron una suculenta recompensa: monedas de oro, una caja de galletas de las que tanto le gustan y un cupón para la tintorería mágica.
Víctor, al enterarse, molesto solo dijo: —¿Qué hacías sin ropa con extraños?
—¿Arte?
—respondió Ahyeli, todavía confundida.
—Te he dicho muchas veces que no debes confiar en extraños que te ofrezca dulces y otras cosas…
—terminó de regañar Víctor.
—Vamos a tener que tener una charla muy larga… —dijo Alice.
Y así terminó el día: con justicia, galletas, y una advertencia firme de Azreth, que la cuidaba como a una hermana pequeña.
“NO FIRMES NADA SIN LEER.
NO ENTRES A EDIFICIOS CON CORTINAS SOSPECHOSAS.
Y NO TE FÍES DE HOMBRES QUE OFRECEN GALLETAS A CAMBIO DE ARTE.”
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com