El día en que me robé a la Hija del Rey Demonio - Capítulo 37
- Inicio
- Todas las novelas
- El día en que me robé a la Hija del Rey Demonio
- Capítulo 37 - 37 Capitulo 37 La gema el niño rico y el desastre anunciado
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
37: Capitulo 37: La gema, el niño rico y el desastre anunciado 37: Capitulo 37: La gema, el niño rico y el desastre anunciado Nunca pensé que lo peor de un trabajo de escolta no sería una emboscada, ni asesinos encapuchados, ni siquiera el hecho de que cargábamos algo que en manos equivocadas equivalía a una bomba capaz de borrar ciudades enteras del mapa.
No, lo peor fue aguantar la voz chillona de Wallace durante las primeras tres horas del viaje.
Pero me adelanto.
La misión El gremio nos reunió temprano en el salón principal.
Alice estaba de mal humor (como siempre, supongo que eso no se aclara nunca), Ahyeli andaba con su huevo inútil como si fuera su bebé de porcelana, y Azreth parecía tan emocionado como si le hubieran pedido barrer establos.
Yo, por supuesto, sonreía porque alguien tiene que darle estilo al grupo, ¿no?
La recepcionista del gremio —con ese tono frío que te hace sentir más prescindible que un tenedor en una sopa— nos explicó la misión: —Deben escoltar a Wallace Nivellen hasta la ciudad de Nova Lux.
Porta una gema de protección encargada por el rey en persona.
No debe caer en malas manos.
Adivinen qué pensé.
Exacto: Esto es una trampa con moño rojo.
Cuando dijeron “gema que puede proteger ciudades enteras”, mi cabeza automáticamente tradujo: piedra brillante que cualquier lunático con ganas de dominar el mundo querrá robar.
Y cuando agregaron “no debe caer en malas manos”, escuché: prepárense, porque definitivamente va a caer en malas manos.
Wallace apareció en escena con una túnica blanca, bordada en dorado, más joyas de las que yo veré en mi vida, y un aire de “soy mejor que todos ustedes porque mi sopa lleva más carne”.
Nos miró como quien observa a cucarachas domesticadas y soltó: —¿Ellos son mi escolta?
A lo que yo, muy amablemente, respondí: —Sí, alteza.
También hacemos shows de circo, lavamos ropa y cantamos serenatas.
¿Quiere ver el paquete premium?
Alice me clavó la mirada asesina de siempre, pero juro que Azreth casi sonríe.
Camino a Nova Lux El viaje comenzó bien… si consideras “bien” como aguantar a un chico rico que preguntaba cada media hora si su peinado seguía perfecto o si su túnica tenía polvo.
Ahyeli intentaba mantener la calma, acariciando su huevo como si eso fuera una terapia antiestrés.
Alice lo ignoraba con esa maestría que solo ella tiene, y Azreth simplemente caminaba en silencio, como una sombra peligrosa lista para decapitar a cualquiera.
Yo, por mi parte, intentaba hacer conversación: —Oye, Wallace, ¿y esa gema cómo funciona?
¿La frotas tres veces y aparece un dragón?
—Ignorante —dijo él, mirando al frente como si hablaba con el viento—.
Es una obra de arte de generaciones de mi familia.
Requiere un círculo mágico preciso y la sincronización con los guardianes de la ciudad.
—Ajá, o sea, magia de enchufe, conectas, prendes y listo —resumí.
Alice me dio un codazo tan fuerte que casi escupo un pulmón.
La emboscada Todo marchaba según lo esperado (léase: aburrido como sermón de abad) hasta que el aire se volvió más pesado.
Los pájaros dejaron de cantar.
Azreth se tensó.
Y Wallace, por primera vez, cerró la boca.
Entonces ocurrió.
Sombras negras descendieron de los árboles, figuras encapuchadas con máscaras de hueso.
Eran miembros de La Orden de los Lamentos.
Los había escuchado nombrar en rumores de taberna: fanáticos obsesionados con traer “la purificación del dolor” o algo igual de deprimente.
—Entréguennos la gema y el niño vivirá —dijo uno de ellos.
Yo levanté la mano: —Pregunta rápida, ¿si entregamos al niño pero nos quedamos con la gema también vale?
Alice: Zas, otro codazo en las costillas.
Lo siguiente fue caos puro.
Azreth se lanzó contra los encapuchados como un relámpago oscuro, Ahyeli invocó barreras de luz que se quebraban bajo los ataques, y Alice liberó un aura demoníaca que me puso los pelos de punta.
Yo… bueno, hice lo que mejor sé hacer: sobrevivir con estilo.
El problema es que eran demasiados.
Y mientras luchábamos, uno logró atravesar la defensa y clavarle una hoja maldita a Wallace en el abdomen.
El chico cayó con un grito que me heló la sangre, y en ese instante, la gema desapareció de su cofre protector.
Un encapuchado la levantó hacia el cielo y gritó: —¡El lamento será eterno!
Y desaparecieron en la oscuridad como cucarachas cuando enciendes la luz.
El desastre anunciado Wallace sangraba como si quisiera pintar el suelo de rojo.
Alice intentaba cerrar la herida con magia, pero era demasiado profunda.
Azreth rugió de furia, y Ahyeli lloraba con su huevo en brazos mientras conjuraba sanación tras sanación.
Yo estaba en shock.
No porque Wallace estuviera al borde de la muerte, sino porque tenía razón: era inevitable que todo saliera mal.
Lo montamos en la carreta improvisada y corrimos a Nova Lux.
Nova Lux Si la ciudad anterior era un pueblo con pretensiones, Nova Lux era todo lo contrario: una joya en medio del desierto.
Torres brillantes, calles limpias, y guardias con armaduras que parecían recién salidas de un desfile.
Cuando llegamos con Wallace desangrándose, el gremio local nos recibió entre gritos y órdenes desesperadas.
Lo llevaron a la clínica, donde los mejores sanadores trabajaron en él mientras sus padres aguardaban afuera, pálidos como fantasmas.
El padre, un mago de barba blanca y túnica azul, nos miró con ojos que mezclaban furia y miedo.
—¿Dónde está la gema?
Silencio.
Hasta que yo, siendo el idiota de turno, dije: —Mala noticia: ya no la tenemos.
Buena noticia: tampoco la tienen ustedes, así que técnicamente estamos empatados.
No me pregunten cómo sobreviví a la mirada de Alice en ese momento.
El gremio concluyó lo obvio: alguien de la propia familia Nivellen había filtrado información a La Orden de los Lamentos.
Y ahora, con Wallace inconsciente y la gema perdida, estábamos metidos en un problema que olía peor que calcetines de ogro mojado.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com