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El día en que me robé a la Hija del Rey Demonio - Capítulo 38

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38: Capítulo 38: Fuga de datos.

38: Capítulo 38: Fuga de datos.

Despertar después de que Wallace, el niño rico con exceso de ego y falta de sentido común, finalmente saliera de su siesta forzada fue… raro.

No porque me preocupara mucho por él (spoiler: no lo hacía), sino porque cuando abrió los ojos, lo primero que dijo fue: —Lo siento.

Y sí, se estaba disculpando.

Conmigo.

Con Alice.

Con Ahyeli.

En serio, pensé que me había golpeado en la cabeza más fuerte de lo que recordaba, porque escuchar al heredero de la familia más pesada de esta región pedir disculpas era más extraño que ver a Ahyeli perder una apuesta contra el huevo.

Claro, los padres también hicieron su parte.

Muy teatrales, inclinando la cabeza y soltando excusas como si fueran caramelos: que Wallace estaba nervioso, que la presión de la gema, que bla, bla, bla.

A ver, no es como si no lo entendiera: cargar con un objeto experimental que el clero usaba como escudo portátil y ahora convertido en “gema ultrasecreta versión de lujo” no es algo sencillo.

Pero de ahí a tratarnos como sirvientes de tercera… bueno, eso sí que fue gratis.

Por cierto, ¿mencioné que todo esto empezó porque alguien filtró la información de que la gema existía?

Ajá.

Misteriosamente, la familia de Wallace era la única que sabía de ella.

¿Casualidad?

Yo no creo en esas cosas.

Es como cuando Alice dice “no estoy enojada”: si tienes media neurona, sabes que lo peor apenas empieza.

Ahora, mientras todos nos recuperábamos de la tensión del drama familiar, alguien, y digo “alguien” porque aún no tengo nombre, rostro ni dirección, decidió que era buen momento para jugar al ladrón en modo sigiloso.

El taller de la familia de Wallace, que normalmente huele a aceite, metal y dinero, estaba siendo saqueado con un nivel de prisa que haría palidecer a cualquiera que haya corrido al baño después de un mal desayuno.

La figura, claro, no era un ladronzuelo común.

Ni borracho ni desesperado.

No, era alguien con estilo, no tanto como el mío.

Una túnica negra, bordada con un símbolo que sabrias al verlo de inmediato, pertenece a la Orden de los Lamentos.

Sí, los mismos fanáticos que creen que llorar fuerte es un método de purificación espiritual.

(Al menos es lo que yo creo que hacen y si me preguntan, su verdadero poder es causar jaquecas a cualquiera que los escuche por más de cinco minutos).

Los testigos que vieron al sujeto huir del lugar dijeron en la descripción que corría rápido: saltó por el techo del taller como si la gravedad fuera opcional, con las pertenencias apretadas contra el pecho y sin mirar atrás.

Como buen ladrón que soy, sabía que un escape dramático es tan importante como el robo en sí.

Y ahí estábamos nosotros hace un par de días.

Custodios accidentales de una gema experimental, con un noble adolescente que aún procesaba que había sido idiota, con padres que trataban de hacer control de daños, y ahora con la sombra de un traidor rondando.

Me dirán: “Víctor, ¿y qué hiciste?” Pues lo de siempre.

Fingir que no me afecta mientras por dentro me estoy preguntando si esta historia no podría haber sido un poco más simple.

No sé, algo como “Encuentra al ladrón, recupera la gema, recibe una recompensa decente y vete a casa a dormir”.

Pero claro, la vida nunca coopera.

Ah, y casi lo olvido: el traslado de la gema.

¿A pie?

Sí.

¿Suena absurdo?

Totalmente.

Pero era la manera más segura de no llamar la atención.

Porque, claro, nadie sospecha de un grupo pequeño caminando con cara de “no estamos escondiendo nada valioso”.

No, señor.

Mucho más sospechoso sería tener una caravana blindada con guardias brillando como feria de pueblo.

Y en eso… tenían razón.

En fin, habían pasado un par de días desde el traslado y todo parecía medianamente tranquilo.

Wallace no estaba muerto (puntos para él), Alice no había explotado de furia (todavía), y Ahyeli seguía tratando de adivinar si el huevo algún día eclosionaría o si era una cruel broma cósmica.

Yo, por mi parte, disfrutaba del lujo de no estar sangrando en ese momento.

Lo cual, créanme, ya es todo un logro.

Pero ahora, con la Orden de los Lamentos metida en el tablero, las cosas se ponían… interesantes.

Y por “interesantes” me refiero a peligrosas, raras y con una probabilidad altísima de que alguien terminara empalado, probablemente yo.

Porque si algo he aprendido, es que cuando las túnicas negras con símbolos raros aparecen en la historia, nunca vienen a vender flores o a dar abrazos

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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