El día en que me robé a la Hija del Rey Demonio - Capítulo 39
- Inicio
- Todas las novelas
- El día en que me robé a la Hija del Rey Demonio
- Capítulo 39 - 39 Capítulo 39 A la sombra de un hermano
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
39: Capítulo 39: A la sombra de un hermano 39: Capítulo 39: A la sombra de un hermano A veces pienso que mi vida se resume en un largo desfile de problemas que no pedí y revelaciones que no necesitaba.
Y justo cuando creía que la trama no podía volverse más telenovelesca, alguien decide añadirle el ingrediente estrella: la traición familiar.
Porque claro, ¿qué sería de un heredero sin un hermano mayor resentido?
Es casi un cliché universal.
Todo empezó con la investigación sobre la fuga de información de la gema.
Los guardias del gremio estaban tan desesperados por encontrar un culpable que interrogaban hasta a los ratones del almacén.
(No es broma: vi a uno de los soldados discutir con una ardilla sobre “qué sabía”.
La ardilla lo mordió, ganó la discusión y se fue).
Mientras tanto, Wallace había vuelto a la vida después de su siesta dramática.
El chico se disculpó con su escolta (o sea, con nosotros) y hasta sus padres lo hicieron, como si las disculpas pudieran borrar los gritos, la arrogancia y la mirada de “soy demasiado importante para respirar el mismo aire que tú”.
Le creí a medias, porque el arrepentimiento y Wallace no parecían pertenecer a la misma especie.
Pero lo verdaderamente jugoso vino después.
En el taller de la familia, alguien había entrado en plena noche para recoger cosas, con tanta prisa que dejó la mitad tirada en el suelo.
Lo único que sabíamos era que salió por el techo, envuelto en una túnica negra con el símbolo de la Orden de los Lamentos.
Sí, esos mismos lunáticos que creen que la destrucción es un hobby saludable.
Lo gracioso es que nadie sospechaba aún lo obvio.
Todos miraban hacia los aprendices del taller, hacia los empleados más nuevos, incluso hacia el pobre tipo que solo hacía café.
Yo, en cambio, vi los huecos: piezas faltantes, planos arrancados, herramientas caras desaparecidas.
No eran cosas que cualquiera reconocería como valiosas… salvo alguien de la familia.
Y fue entonces cuando la verdad nos golpeó: el hermano mayor de Wallace.
El tipo siempre fue la sombra invisible en la casa, demasiado correcto, demasiado silencioso.
De esos que sonríen en las cenas familiares mientras por dentro hacen listas de razones para odiar al mundo.
Resulta que hace años escuchó a sus padres decir que dejarían todo a Wallace.
Todo, y como buen aspirante a villano con complejo de segundo lugar, guardó ese veneno en el corazón hasta que encontró la manera de usarlo.
Por casualidades del destino (o porque el universo adora el drama), contactó con alguien de la Orden.
Y desde entonces, cada pequeño detalle sobre las gemas, cada secreto del taller, cada esquema de fabricación fue filtrado gota a gota.
No era un robo al azar, era un trasplante quirúrgico de conocimiento al enemigo.
La joya del asunto: había tomado cosas del taller para iniciar su propio taller del lado de la Orden.
Porque claro, nada dice “soy un genio incomprendido” como traicionar a tu familia y convertirte en proveedor oficial de lunáticos encapuchados.
Recuerdo que Wallace se quedó helado al escuchar el nombre de su hermano.
No lo gritó, no lloró, no se desmayó (aunque habría sido entretenido).
Solo apretó la mandíbula como si quisiera romperse los dientes.
Sus padres, en cambio, parecían desmoronarse frente a nosotros.
Yo, honestamente, solo pensaba: felicidades, familia Nivellen, acaban de ganar el premio a la mejor novela trágica del año.
—No lo entiendo —murmuró Wallace, más pálido que de costumbre—.
¿Por qué él?
Yo lo admiraba, era mi ejemplo a seguir, mi maestro.
Yo habría querido decirle la verdad sin anestesia: porque envidiarte era lo único que le quedaba.
Pero me mordí la lengua.
Lo que sí dije fue: —Porque la envidia es el único veneno que nunca se acaba.
Y tu hermano… bueno, parece que lo bebió como si fuera vino barato.
Silencio.
Pesado, incómodo, de esos que incluso Alice respetó.
Y créanme: que Alice no meta un comentario sarcástico en un momento así es un milagro divino.
El rastro de la fuga era claro: el hermano se había ido, llevándose con él no solo información, sino los secretos de fabricación de las gemas mágicas.
Y si esas cosas caen en las manos equivocadas, que ya lo hicieron, porque la Orden es las manos equivocadas, entonces pronto tendremos un mercado negro de escudos de energía y explosiones mágicas a domicilio.
Y yo, Víctor, el pobre ladrón que solo quería vivir tranquilo, me encontraba una vez más en el centro del desastre.
A veces pienso que la gema no es el verdadero problema.
El verdadero problema son las personas que la desean.
Y ahora ese problema tiene nombre, apellido y un árbol genealógico bastante incómodo.
Lo peor de todo es que esto recién empieza.
Porque si un hermano puede traicionar así… ¿qué nos espera del resto del mundo?
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com