El día en que me robé a la Hija del Rey Demonio - Capítulo 40
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40: Capítulo 40: Dragón inesperado.
40: Capítulo 40: Dragón inesperado.
No sé qué esperaba encontrar al volver a Ciudad Ilustre, pero definitivamente no era eso.
Uno piensa que regresar a la posada después de una misión fallida (sí, porque nos asaltaron y perdimos una gema que podría volar media nación, pequeño detalle) debería sentirse como volver a casa: camas mullidas, comida caliente y cero amenazas de muerte.
Pero conmigo nunca funciona así.
Siempre hay algo esperando, agazapado, listo para hacerme sentir como el protagonista de una obra mal escrita.
Esta vez el “algo” resultó ser la dueña de la posada.
Me interceptó en la entrada con esa sonrisa sospechosa que solo tienen las ancianas que saben demasiado.
—Alice tiene un paquete en su habitación —dijo con un tonito que sonaba más a “hay una bomba mágica en tu almohada” que a “paquete”.
Alice se encogió de hombros y subió a ver.
Yo me quedé abajo, porque los “paquetes misteriosos” no son mi especialidad.
Mi especialidad son las trampas, las cerraduras y las huidas estratégicas.
Ahyeli, en cambio, subió con ella, porque si existe algo más imprudente que una fenix con complejo de hermana mayor, aún no lo conozco.
Aunque ella se quedó esperándome al final de la escalera.
No pasó ni un minuto cuando escuché un grito.
No de terror, sino de alegría.
Y ahí sí, mi instinto ladronesco dijo: algo raro pasa.
Así que subí con la sutileza de un ladrón (léase: golpeando cada escalón con las botas porque ya no me esfuerzo en ocultar mi presencia).
Toqué la puerta, acompañado de Ahyeli, que venía corriendo con el huevo en brazos como si fuera un tesoro real.
—¿Alice?
¿Ya abriste tu “paquete” o explotó y deberíamos salir corriendo?
La puerta se abrió y lo vi.
Bueno, la vi.
Una mujer impresionante, de cabello oscuro con reflejos que parecían escamas al sol, ojos dorados como brasas y un aura tan pesada que juro que la madera de la posada crujió a su alrededor.
Su simple presencia gritaba: “puedo freírte de un solo soplido”.
Y entonces Alice, radiante como nunca la había visto, dijo: —Víctor, Ahyeli… les presento a mi madre.
Silencio.
Yo pestañeé un par de veces, asegurándome de no haber escuchado mal.
—¿Tu… qué?
Ahyeli, en cambio, soltó una risita y se inclinó con su teatralidad habitual.
—Un honor conocer a la señora madre.
Ah, y este es mi hijo, suyo y de Víctor —levantó el huevo como si presentara a un príncipe heredero.
Yo: —¡¿QUÉ?!
Alice: —¡¿CÓMO QUE HIJO?!
La señora dragón (porque ahora que la veía bien, no cabía duda de que tenía sangre de dragón hasta en las pestañas) simplemente se rió.
Una risa grave, cálida, peligrosa.
Como si nos estuviera observando desde un trono.
—Vaya, qué grupo tan entretenido tienes, hija.
Y yo ahí, preguntándome si debía sentirme halagado o marcado para morir en la categoría de “posibles yernos no deseados”.
El resto del día fue una montaña rusa.
Almorzamos juntos y, para mi sorpresa, la madre de Alice no solo aprobaba nuestras locuras, sino que parecía disfrutarlas.
Se rio cuando Alice negó con vehemencia ser madre del huevo, se rio más cuando Ahyeli insistió en que sí, y se rio a carcajadas cuando yo intenté desmarcarme de esa conversación.
En un momento incluso tomó el huevo en brazos, lo alzó con ternura y dijo: —Me recuerda a cuando Alice era pequeña… aunque aclaro, no nació de un huevo.
Alice casi se atraganta con su sopa.
Yo también, pero de la risa.
Por la tarde la charla se puso más seria.
Le contamos lo ocurrido con la gema, la Orden de los Lamentos y la traición del hermano mayor de Wallace.
La expresión de la madre se endureció como piedra.
—Entonces el peligro no solo amenaza a mi familia, sino a todo el reino demoníaco —dijo, más reina que madre en ese instante.
Yo asentí, aunque por dentro pensaba: claro, porque necesitábamos más presión en nuestras vidas.
La noche llegó rápido.
Cada uno se fue a su habitación: Ahyeli con su huevo (obviamente), yo con mi insomnio y Alice… bueno, Alice con su madre y el zorrito dragón, Azreth, hecho bolita a los pies de la cama.
Más tarde Alice me contó que esa noche le confesó a su madre cómo había sobrevivido al ataque del castillo: encerrada en mi cubo mágico, junto a muebles y pertenencias que yo intentaba robar.
Sí, el secreto salió a la luz: soy ladrón.
Pero, según Alice, lo dijo con una sonrisa.
Agregó que yo era un ladrón con principios, alguien que ayudaba aunque refunfuñara, alguien en quien confiaba más que en nadie.
Cuando me lo repitió, tuve que fingir que no me importaba, que era un detalle más en la lista de cosas incómodas que me pasan.
Pero la verdad… sí me importó.
Mucho.
Esa noche, mientras en su cuarto la madre de Alice le cantaba en draconiano una nana de su infancia, yo estaba en el mío.
Ahyeli también cantaba, en su idioma, al huevo que protegía.
Me lo confesó con la voz quebrada: esa canción se la había enseñado su madre antes de morir.
No sé qué me dio, pero la abracé.
Y entre su canto y mi torpeza, terminamos durmiendo así, con la melodía flotando en la habitación como un conjuro contra las pesadillas.
Al amanecer, la posada amaneció más silenciosa de lo normal.
Alice bajó sonriente, pero con los ojos un poco rojos.
La madre se despidió de todos con la dignidad de una reina y la calidez de una madre.
—Gracias por cuidar de mi hija —nos dijo a Ahyeli y a mí.
Luego miró a Azreth con una sonrisa peligrosa—.
Y tú, pequeño dragón… si no la proteges bien, te convertiré en tapete para la oficina de mi marido.
Azreth chilló y se escondió detrás de Alice.
Yo, por supuesto, casi me muero espoerando una amenaza para mí.
Y entonces ocurrió algo imposible de olvidar.
Se alejó caminando, elegante, hasta que en el horizonte, su silueta se transformó en la de un dragón majestuoso.
Desplegó sus alas, rugió en draconiano —una bendición para nosotros, dijo Alice— y voló rumbo al reino demoníaco.
La vi perderse en el cielo azul, y por un momento… me sentí pequeño.
Muy pequeño.
Porque si la madre de Alice era así de increíble… ¿qué demonios podía esperar del futuro?
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