El día en que me robé a la Hija del Rey Demonio - Capítulo 41
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- Capítulo 41 - 41 Capítulo 41 Más valioso que una joya el huevo
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41: Capítulo 41: Más valioso que una joya, el huevo.
41: Capítulo 41: Más valioso que una joya, el huevo.
Lo peor de tener un huevo inútil viajando con nosotros es que, aparentemente, todo el mundo piensa que es algo valioso.
¿Por qué?
Ni idea.
Es negro con manchas, redondo y perfectamente común.
No brilla, no flota, no ruge en las noches (aunque con Ahyeli abrazándolo a veces sí parece que ronronea).
Y sin embargo, ese huevo nos ha traído más problemas que todos los monstruos juntos.
La historia comenzó una mañana cualquiera en el mercado, cuando Azreth estaba practicando sus poses heroicas frente a un charco de agua (sí, a falta de espejos, los charcos sirven).
Alice lo miraba como si le estuviera creciendo un tercer cuerno en la frente, y Ahyeli… bueno, Ahyeli acunaba su huevo como siempre.
Yo, por mi parte, solo intentaba desayunar sin pensar demasiado en lo lamentable de mi vida actual.
Fue entonces cuando apareció.
Un ladrón, de los de manual.
Capucha raída, pasos sigilosos, y esa clásica aura de “estoy a punto de robarles algo y huir como si fuera lo más inteligente que he hecho en mi vida”…
Y lo fue.
Porque en un abrir y cerrar de ojos, ¡zas!, el huevo desapareció de los brazos de Ahyeli.
—¡¿EH?!
—gritó ella, como si le hubieran arrancado un hijo.
—¡Mi huevooo!
—su voz sonó tan desgarradora que hasta me dio lástima… por el ladrón.
Obviamente, salimos corriendo detrás del sujeto.
Y cuando digo “obviamente”, quiero decir que Alice y Azreth corrieron, mientras yo intentaba no escupir mi desayuno en plena persecución.
El rastro del ladrón Lo peor de los ladrones no es que te roben.
Lo peor es que tienen energía infinita, el tipo corría como si se hubiera desayunado seis cafés y un par de cohetes.
—¡Más rápido, Víctor!
—me gritó Alice.
—¡Oh, sí, claro!
¡Déjame solo activar mi modo maratón, princesa!
Pero lo seguimos.
Entre callejones, sobre muros, esquivando tenderos que nos gritaban por volcar sus mercancías.
Yo no sé cómo alguien puede robar un huevo y además hacer parkour al mismo tiempo, pero este hombre podía.
—¡Es mío, es mío!
¡Este diamante negro es mío!
—lo escuchábamos gritar, como un niño con juguete nuevo.
—¡Es mío, devuélvelo!
—respondía Ahyeli, con la misma desesperación.
Llegó un punto en que lo perdimos de vista.
—Genial… —bufé, apoyándome contra una pared—.
Nuestro glorioso huevo acaba de desaparecer para siempre.
Pero claro, Alice no se iba a rendir.
Sacó un mapa (no me pregunten de dónde lo sacó, yo juraría que llevaba vestido sin bolsillos) y empezó a analizar las rutas de escape más probables.
Azreth juraba que podía oler “la esencia del mal” del ladrón (en realidad olía a sudor, pero déjenlo con su fantasía).
Y Ahyeli… bueno, Ahyeli solo lloraba por su huevo.
Pistas falsas y sufrimiento real Pasamos horas persiguiendo rumores.
Un niño dijo haber visto a alguien con un saco misterioso.
Un anciano juró que oyó un “crac” sospechoso en un callejón.
Incluso una señora nos aseguró que el ladrón había huido al desierto, montado en un camello invisible.
Obviamente, todas eran mentiras.
Lo peor fue la pista del “crac”…
Ahyeli se angustió muchísimo.
Terminamos revisando un callejón oscuro lleno de ratas, y cuando Alice, con toda solemnidad, abrió un barril… lo que encontramos fue un queso podrido.
—Perfecto —dije, tapándome la nariz—.
De huevo mágico a queso maldito.
La progresión lógica de nuestra aventura.
Azreth insistió en que siguiéramos.
Yo empecé a pensar que ese huevo se burlaba de nosotros.
El escondite del ladrón Finalmente, y tras muchas vueltas, logramos encontrar un rastro real.
Una niña nos dijo que había visto a “un hombre extraño con un huevo” entrar a una casa abandonada en las afueras.
Perfecto.
Lo malo es que la casa parecía salida de una película de terror barata: ventanas rotas, tablones crujiendo, y un letrero que básicamente decía “si entras aquí, tu cordura se queda en la puerta”.
Avanzamos con sigilo.
O bueno, al menos esa era la idea, porque Azreth se tropezó con la primera piedra que encontró y armó un escándalo.
—¡Shhh!
—le chistó Alice.
—No fue mi culpa, se me atravesó —susurró él.
Yo estaba a punto de hacer un comentario sarcástico, cuando escuchamos un ruido.
Un sollozo.
Nos acercamos lentamente y, en la penumbra de la sala principal, lo vimos.
El ladrón.
No estaba celebrando su botín.
No estaba planeando vender el huevo al mejor postor.
No.
Estaba en un rincón, en posición fetal, llorando como un niño castigado.
—¡Aléjenlo de mí!
—gritaba, con los ojos desencajados—.
¡ALÉJENLO!
Yo parpadeé.
—… ¿Qué demonios?
Seguimos la dirección de su dedo tembloroso.
Y ahí estaba.
El huevo.
En el suelo.
Perfectamente quieto.
Inofensivo como son todos los huevos.
O al menos eso parecía.
El huevo maldito El ladrón estaba fuera de sí.
Cada vez que su mirada caía en el huevo, chillaba como si viera a la mismísima muerte encarnada.
—¡Es horrible!
¡No lo toquen!
¡Está… está mirándome!
—se encogía más y más contra la pared.
—… ¿Mirándote?
—repetí, ladeando la cabeza—.
Hermano, es un huevo.
No tiene ojos.
Pero no, el tipo seguía gritando.
“Me susurra”, “se ríe de mí”, “no puedo escapar de su mirada”… —Bueno —dije, cruzándome de brazos—, felicidades, Ahyeli.
Tu huevo ahora provoca traumas psicológicos.
Ella, por supuesto, lo abrazó de inmediato como si nada pasara.
—Tranquilo, huevito, yo te protegeré.
Y ahí fue cuando el ladrón chilló más fuerte que nunca.
La entrega a las autoridades Decidimos que lo mejor era entregar al ladrón a las autoridades locales.
No tanto porque fuera un criminal, sino porque claramente necesitaba atención médica urgente.
Lo llevamos a empujones hasta la guardia de la ciudad, y en todo el trayecto no dejó de balbucear: —¡Quítenmelo de encima!
¡Está aquí, me sigue!
¡No dejen que me toque!
La guardia nos miraba con cara de “qué clase de circo es este”.
Cuando intentaron interrogarlo, fue imposible.
Cada vez que veía el huevo, entraba en crisis.
Gritos, temblores, súplicas.
Y nosotros parados ahí, con cara de “no sabemos qué está pasando, solo queremos recuperar nuestra… ¿mascota?”.
Finalmente, los guardias lo encerraron, y a nosotros nos dieron las gracias por capturar a un ladrón.
—¿Gracias?
—murmuré, mirando el huevo—.
No, no, gracias a ti, huevo.
Eres la mejor trampa psicológica jamás inventada.
Epílogo del desastre Esa noche, cuando por fin volvimos a descansar, no pude evitar mirarlo.
Estaba ahí, reposando en las manos de Ahyeli como si nada hubiera pasado.
Tranquilo.
Inofensivo.
—Sabes que eres un problema con patas… digo, con cáscara, ¿verdad?
—le susurré al huevo.
Por un instante, y lo juro por todos los dioses, creí escuchar un pequeño “crack” en su interior.
Como un golpecito.
Me quedé helado.
—… No.
No.
Mejor finjo que no escuché nada.
Porque si ese huevo realmente está vivo, entonces estamos perdidos.
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