El día en que me robé a la Hija del Rey Demonio - Capítulo 42
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- Capítulo 42 - 42 Capítulo 42 Cuando tu desayuno termina babeado por una manticora
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42: Capítulo 42: Cuando tu desayuno termina babeado por una manticora 42: Capítulo 42: Cuando tu desayuno termina babeado por una manticora Un mes.
Un maldito mes había pasado desde el robo del huevo.
Para cualquiera, eso podría sonar como “meh, bastante tiempo para olvidarse de un objeto inútil que nunca eclosionará y que encima pesa como si llevaras un yunque en la mochila”.
Pero no para nosotros.
Porque cada mañana, durante los últimos treinta días, habíamos tenido la misma rutina: despertar, desayunar, y ver a Ahyeli abrazar ese huevo como si fuera un osito de peluche que merecía todas las bendiciones del mundo.
Yo ya había aceptado, con el alma resignada de un héroe que no pidió serlo, que el huevo era básicamente un mueble portátil.
Un adorno sin utilidad que nos acompañaba a todas partes como un tercer integrante incómodo del grupo.
Y justo cuando creía que ya nada podría sorprenderme, me acordé de él.
Del ladrón.
El mismo tipo que había intentado robarnos el huevo y que terminó tan mal de la cabeza que, según rumores que corrían en la taberna, se mordió las muñecas hasta desangrarse en su celda.
No cuchillo, no magia, no conspiración.
Mordidas.
Como si se hubiera querido convertir en el conejito más triste del reino.
Y lo peor: no dejaba de atormentarme el recuerdo de aquella noche.
Ese instante en que me pareció escuchar un leve sonido proveniente del huevo, como un golpecito.
Pero nadie más lo oyó.
Nadie.
¿Casualidad?
¿Sugestión mía?
¿O había algo dentro del huevo riéndose de mí desde entonces?
Spoiler: era la tercera.
Estábamos desayunando.
Alice devoraba panecillos con mantequilla como si fueran su combustible oficial, Ahyeli jugueteaba con una cuchara y yo intentaba fingir que no me importaba tener pesadillas con ladrones suicidas y huevos parlantes.
Todo normal, hasta que Ahyeli, con su tono de niña que siempre arruina la paz en el peor momento, soltó: —Víctor, Alice… el huevo… ¡el huevo se está moviendo!
Yo escupí el sorbo de leche que acababa de tragar.
—¿Qué?
—alcancé a decir, con la garganta ardiendo.
Alice la miró como si le hubiera dicho que un dragón estaba bailando danzón en la mesa.
—No bromees con eso, Ahyeli.
—Ella frunció el ceño, pero se inclinó de todas formas.
Y entonces lo vimos.
El huevo, inmóvil durante varios meses, estaba… temblando.
Como si se hubiera aburrido de hacernos creer que era un adorno y quisiera unirse al desayuno.
Ahyeli, emocionada, lo colocó sobre la mesa.
Y allí comenzó la verdadera pesadilla matutina.
El huevo empezó a brillar.
No un brillo bonito, mágico y cálido como el que tienen las gemas de los cuentos.
No.
Era un resplandor que me obligaba a taparme los ojos, como si alguien hubiese decidido meter el sol dentro de un cascarón.
Para empeorar todo, el maldito huevo empezó a crecer.
—Oh, no… no, no, no… —murmuré mientras me echaba hacia atrás en la silla.
Cinco veces su tamaño original.
¡Cinco!
Pasó de ser un huevo grande a convertirse en el primo lejano de los avestruces, pero más luminoso y mucho más perturbador.
Cuando alcanzó ese tamaño absurdo, el brillo se detuvo.
El huevo quedó en posición vertical, como si de repente quisiera lucir elegante en medio de la mesa.
Y fue ahí cuando aparecieron las grietas.
Crack.
La primera grieta corrió por la superficie.
Y luego otra.
Y otra.
Y entonces… ¡boom!
El huevo no se abrió de forma civilizada.
No.
Decidió salpicarnos a todos con líquido amniótico.
Una sustancia viscosa, pegajosa, con olor a “desastre culinario mezclado con zoológico abandonado”.
—¡¿Pero qué demonios…?!
—grité mientras trataba de limpiarme la cara con un mantel.
Alice chilló indignada, mirando cómo su desayuno perfecto ahora parecía sopa enlodada.
—¡Víctor, está en mi pan!
¡MI PAN!
—me gritó como si yo hubiera sido el culpable.
El huevo, mientras tanto, se abrió por completo.
Y de entre las cáscaras y el charco viscoso, apareció la criatura.
Un cachorro.
Pero no cualquier cachorro.
Un cachorro de manticora.
Pequeño, con ojos brillantes, una melena todavía húmeda y un par de alas que parecían de murciélago recién desplegadas.
Tenía una cola con la punta en forma de aguijón y, a pesar de lo adorable que intentaba parecer con sus ojitos grandes, todo en él gritaba: “Algún día mataré pueblos enteros”.
Yo me quedé congelado.
Alice también.
Pero el cachorro no nos miró a nosotros.
Miró a Ahyeli.
Y con un chillido agudo y extraño, se arrastró hacia ella, reconociéndola como su madre.
Ahyeli, por supuesto, estaba al borde de las lágrimas de la emoción.
—¡Es… es mi bebé!
—exclamó, abrazando a la criatura aún cubierta de baba como si fuera lo más tierno del universo.
El resto de los comensales no lo vio igual.
Un silencio helado recorrió la sala durante un segundo.
Todos miraban al cachorro de manticora, y yo podía leer en sus rostros la misma palabra: peligro.
Y entonces llegó la estampida.
Gritos, sillas cayendo, mesas volcándose, platos rompiéndose.
Los clientes corrieron hacia la salida como si alguien hubiera gritado “¡gratis oro en la plaza central!”.
Algunos lloraban, otros pataleaban, y uno incluso intentó trepar por la ventana en vez de usar la puerta.
La escena era un caos absoluto.
Mientras tanto, el cachorro, sin importarle que había provocado un pánico colectivo, se dirigió directamente hacia mi taza de leche.
Y empezó a beberla, feliz, como si nada más en el mundo importara.
Yo lo observaba, empapado en baba, leche y miedo.
—Genial… —murmuré con sarcasmo—.
Mi desayuno ahora es el biberón de una manticora.
Exactamente lo que soñaba cuando decidí unirme a esta loca aventura.
Alice, a mi lado, estaba tan pálida que parecía un fantasma.
—Víctor… —dijo con la voz temblorosa—.
Dime que estoy soñando.
Dime que todo esto es una pesadilla, que el huevo nunca existió y que seguimos teniendo un desayuno tranquilo.
La miré fijamente.
—¿Quieres la verdad?
—le respondí.
—Sí.
—No.
Esto es real.
Y ahora tenemos un cachorro de manticora como compañero de viaje.
Mientras Ahyeli acariciaba al pequeño monstruo y lo llamaba “bebé lindo”, yo me hundí en mis pensamientos.
El ladrón había muerto de forma horrenda.
Yo había oído algo dentro del huevo aquella noche.
Y ahora… ahora todo tenía sentido.
Ese huevo no estaba vacío.
Nunca lo estuvo.
Era un cachorro de manticora esperando el momento perfecto para arruinarme la vida.
Y lo había logrado justo en medio del desayuno.
Suspiré, resignado.
—Supongo que lo único peor que perder el apetito… —murmuré— es darme cuenta de que nuestra familia acaba de aumentar con un monstruo carnívoro que algún día querrá comerme.
El cachorro levantó la cabeza, con la leche chorreándole del hocico, y me miró directamente a los ojos.
Yo retrocedí un poco en mi silla.
—Sí, sí, está bien, chiquitín.
Puedes beber mi leche.
Pero si intentas morderme las muñecas como el ladrón hizo con las suyas… —me estremecí—, te juro que te convierto en abrigo.
Alice me dio un codazo furioso.
—¡Víctor!
¡No digas eso delante de él!
—¿Qué?
¿Ahora también tengo que ser políticamente correcto con un monstruo bebé?
El cachorro estornudó.
Y un poco de baba voló directamente a mi panecillo, el único que no se había ensuciado.
Lo miré.
Miré el panecillo.
Y luego a Alice.
—…Sí.
Definitivamente somos una familia feliz.
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