El día en que me robé a la Hija del Rey Demonio - Capítulo 43
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- Capítulo 43 - 43 Capítulo 43 El cachorro más raro del gremio
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43: Capítulo 43: El cachorro más raro del gremio 43: Capítulo 43: El cachorro más raro del gremio Había pasado un mes desde que Lunito apareció en nuestras vidas.
Un mes entero en el que descubrí que nada podía ser más raro que compartir la mesa con un cachorro de manticora que creía que la sopa era agua bendita para bañarse y que si se le dejaba solo, intentaba dormir en la alacena de los platos.
Lo más sorprendente no fue que la gente de la ciudad se acostumbrara a su presencia en tan poco tiempo, sino que parecían encantados.
Ya nadie huía gritando al verlo, ni rezaban a los dioses como si vieran al diablo.
Muy al contrario, ahora la posada estaba más llena que nunca.
—¡Una manticora real!
—decían los viajeros—.
¿De verdad podemos verla de cerca?
Y, por supuesto, Lunito recibía a todos con un movimiento del aguijón, que ya tenía una pequeña coraza forjada a la medida para evitar accidentes, cortesía de mí.
Sí, yo, el tipo que había jurado que jamás cuidaría a un monstruo.
El registro inesperado Si alguien preguntara en qué momento mi vida dejó de tener sentido, probablemente señalaría el día en que Ahyeli registró a Lunito en el gremio como parte del grupo.
—Es más seguro así —dijo con una sonrisa inocente mientras rellenaba los papeles.
Yo estaba demasiado ocupado comiendo pan duro como para reaccionar a tiempo.
Cuando levanté la vista, el registro ya estaba sellado, con los nombres bien claros: Padre: Víctor.
Madre: Ahyeli y Alice.
—¿¡Qué demonios hiciste!?
—golpeé la mesa.
—No podíamos dejarlo sin tutores —respondió Ahyeli como si hablara de un niño de carne y hueso—.
Y, admitámoslo, tú eres su padre, no deberías negar así a tu hijo.
Alice estaba roja como un tomate.
—¡Nadie me consultó nada!
—exclamó—.
¡Yo no tengo hijos!
—El documento dice lo contrario —Azreth comentó entre carcajadas, mostrando los colmillos mientras agitaba la cola—.
¡Felicidades, nueva familia numerosa!
Yo sentí cómo me daban ganas de esconderme bajo la mesa.
Ahora ya no solo eramos un grupo raro.
Éramos el grupo más extraño de todo el gremio.
El aguijón blindado El mayor problema de tener una manticora bebé en casa era, sin duda, el aguijón venenoso.
Aunque Lunito estaba bien educado, bastaba un mal movimiento y alguien podía terminar empalado (al menos ese sujeto logró llegar al hospital).
Así que no tuve otra opción: fui al herrero.
—Necesito una coraza especial —le pedí—.
Para un aguijón.
El herrero me miró con la ceja arqueada.
—¿Un aguijón de escorpión?
—Digamos que… algo más grande.
Cuando le mostré el tamaño real, casi se le cayó el martillo de la mano.
Al final, consiguió forjar un armazón ligero de metal con runas grabadas, para mantener el veneno controlado.
Lunito se lo dejó poner sin protestar, moviendo las orejas de pura emoción, como si lo hubieran vestido con un juguete nuevo.
La primera palabra Las sorpresas no paraban.
Una mañana, mientras desayunábamos, Lunito estaba sentado en las piernas de Ahyeli, con el hocico metido en una rebanada de pan con miel.
De repente, levantó la cabeza, nos miró y soltó un gruñido extraño.
—¿Qué fue eso?
—pregunté.
Gruñó de nuevo, más fuerte, y todos lo escuchamos claro: —… pa… pa… La cuchara se me cayó de la mano.
—¡Dijo papá!
—exclamó Ahyeli con una sonrisa.
—Eso no fue papá —protesté, aunque sentí un calor incómodo en el pecho—.
Fue un gruñido cualquiera.
—Yo diría que sí fue papá —intervino Alice, tapándose la boca para no reírse.
En ese momento, Azreth casi se muere de la risa, revolcándose en el suelo.
—¡Confirmado!
—gritaba—.
¡La manticora te reconoció como su padre!
¡Esto es oro puro!
Desde ese día, el apodo quedó grabado a fuego.
Cada vez que entraba a la posada, Lunito corría hacia mí, gruñendo algo que sonaba sospechosamente a “papá”.
La fascinación del gremio El jefe del gremio también se unió al club de fans del cachorro.
Al ser un elfo su curiosidad era insaciable.
Venía a la posada casi todos los días con la excusa de pedir un aperitivo, pero todos sabíamos que era para jugar con Lunito.
—Jamás había visto algo así —murmuraba, acariciándole la panza mientras Lunito rodaba como un gato doméstico—.
Una manticora dócil, feliz, vinculada a un grupo humanoide… Esto augura grandes cosas.
Yo fruncía el ceño.
—¿Grandes cosas como qué?
El elfo me miraba con esa sonrisa críptica que me sacaba de quicio.
—Las mantícoras nacen con una maldición, ¿sabes?
Todos guardamos silencio.
—Una maldición que suele condenarlas al odio, la locura y la destrucción.
Pero este cachorro… no parece estar marcado por ella.
Es como si estuviera… libre.
Sentí un escalofrío recorriéndome la espalda.
Porque, en el fondo, sabía que en los cuentos sobre las maldiciones siempre tenían un alto precio escondido.
La vida con Lunito Con el tiempo, convivir con él se volvió parte de la rutina.
La posada estaba más animada que nunca.
Los clientes nuevos venían solo para verlo, y los habituales ya no podían imaginar el comedor sin el cachorro dormido en la alfombra.
A veces se subía a la mesa y había que apartar los platos para que no los tirara, otras, intentaba esconderse en la cocina, detrás de los barriles.
Pero nunca hacía daño a nadie.
Ahyeli lo trataba como a un hijo.
Alice, aunque lo negara, se preocupaba demasiado cuando el cachorro se metía en líos.
Y yo… bueno, yo ya me había resignado.
Éramos una familia.
Una familia muy rara, sí.
Pero familia al fin y al cabo.
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