El día en que me robé a la Hija del Rey Demonio - Capítulo 49
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- Capítulo 49 - 49 Capítulo 49 Un ladrón y sus sentimientos
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49: Capítulo 49: Un ladrón y sus sentimientos 49: Capítulo 49: Un ladrón y sus sentimientos Dormí un rato.
Bueno, “dormí” es un decir.
Más bien me revolqué en la cama como si estuviera luchando contra un calamar invisible.
Cada vez que cerraba los ojos, veía a Ahyeli sonriéndome… o llorando… o lanzándome un sartén a la cabeza (que en retrospectiva, merecí varias veces).
Me levanté porque sentía que la habitación se me venía encima.
Y, sinceramente, porque ya no podía seguir huyendo de la realidad con la excusa de “mañana lo pienso”.
Así que fui a buscar a Alice.
La encontré despierta, como si me hubiera estado esperando.
Sentada, con los brazos cruzados, pero no con esa pose de “te voy a gritar hasta dejarte sordo”, sino tranquila, casi como… una hermana mayor que ya sabe lo que traes en la cabeza antes de que lo digas.
—¿No duermes?
—pregunté, rascándome la nuca, porque obvio, mis habilidades sociales a medianoche son impecables.
—¿Y tú?
—me respondió.
Suspiré, me senté frente a ella y… solté todo.
Lo que me había dicho el clérigo.
Lo que me estaba carcomiendo por dentro.
Lo que sentía y lo que no entendía, palabras y más palabras.
Creo que hasta mezclé cosas que ni venían al caso, como la vez que me tropecé en el mercado y Ahyeli se rió media hora.
Alice me escuchó en silencio, sin interrumpir, sin poner cara de burla.
Y eso, viniendo de Alice, fue un milagro digno de escribirse en las memorias de Victor el ladron.
Cuando terminé, ella me miró con seriedad.
—Víctor… ella en verdad te quiere.
La frase me dio en el pecho como un puñetazo.
—Me lo ha dicho muchas veces —continuó—.
Aún cuando la rechazas, aún cuando finges no entender sus insinuaciones… ella sigue ahí, haciendo sus locuras para ganarse tu corazón.
Yo abrí la boca para responder con alguna excusa barata, pero Alice me cortó con la mirada.
—Y veo que por fin lo ha logrado —añadió, sonriendo apenas—.
¿Sabes cuánto tiempo llevamos viviendo en esta ciudad?
—Un año —murmuré.
—Exacto.
Semanas más, semanas menos…
que ella ha invertido en conquistarte.
Yo miré al suelo, sintiéndome el imbécil más imbécil del mundo.
—Oye —Alice se inclinó un poco hacia mí—, no es tan raro ese tipo de relaciones.
Mi tío es draconiano y su esposa una fénix.
Mi madre es draconiana y mi padre del reino demoníaco… incluso podría jurar que tengo algún primo humano escondido en algún lugar.
Me quedé mirándola, sin saber si reír o llorar.
—Genial —dije al final—.
Si alguien me pregunta, puedo resumir mi vida como “el chico que pensaba demasiado si lo que sentía era correcto mientras todo el mundo a su alrededor tenía romances mitológicos”.
Alice bufó, pero su tono fue suave.
—Si vas a hacer algo, deberías darte prisa.
Porque cada vez que ignoras a Ahyeli, la lastimas.
Me dolió.
Porque era verdad.
—Se sincero con ella, Víctor.
Créeme, es más comprensiva de lo que parece.
Y ahí fue cuando sentí que me quedaba sin excusas.
Regresé a mi habitación.
No sé si alguna vez has sentido que tus piernas caminan solas, como si ya supieran que es lo que debes hacer.
Yo estaba así.
Abrí la puerta.
Ahyeli estaba sentada en la cama, arrullando a Lunito.
Él ya medio dormía, con esa carita que parecía sacada de un cuento… aunque probablemente soñaba que se comía una pastelería entera.
Cuando ella me vio, se levantó despacio.
—Oh, ya regresaste —dijo, con esa voz suave que usaba solo cuando estaba con Lunito.
Yo no pensé.
Simplemente la tomé por los hombros.
Ella se tensó un segundo, como si esperara que le dijera otra tontería… pero en vez de eso, la abracé.
—Perdóname —le susurré, con la voz temblando más de lo que quería admitir—.
Por cómo te he tratado.
Ella no dijo nada.
Solo se quedó quieta.
Y yo… yo sentí que me derrumbaba.
Pensaba en lo sola que debió sentirse de pequeña, ella, solo quería una familia.
—Hoy hablé con un clérigo… y con Alice —continué, sin soltarla—.
Y entendí muchas cosas.
Esa noche, con Lunito ya dormido, fue nuestra.
No para besos ni escenas de novela barata, sino para hablar.
Hablar como dos personas que por fin dejan caer todas las máscaras.
Hablamos hasta que las velas se consumieron.
Yo le conté lo que me atormentaba.
Ella me dijo lo que sentía, lo que había sentido desde siempre.
Nos reímos de algunas de sus “locuras”, lloramos un poco en silencio, y por primera vez no hubo gritos, ni burlas, ni regaños.
Solo nosotros.
Y mientras veía cómo la última vela se apagaba, me di cuenta de algo.
Había pasado tiempo huyendo de lo obvio.
Un tiempo gastado en excusas, y ahora, con un simple abrazo y palabras que costaron demasiado en salir, ese peso que cargaba… se volvió más ligero.
Claro, aún soy Víctor.
Y seguro mañana meteré la pata de alguna forma.
Pero esa noche, por primera vez en mucho tiempo, pudimos hablar de lo que nos importaba.
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