El día en que me robé a la Hija del Rey Demonio - Capítulo 5
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- Capítulo 5 - 5 Capítulo 5 Magia Desastres y Familias Raras
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5: Capítulo 5: Magia, Desastres y Familias Raras 5: Capítulo 5: Magia, Desastres y Familias Raras La mañana amaneció fresca, y con ella, mis esperanzas de no incendiar nada más, o al menos, no con tanta gravedad.
Alice, con su típica expresión de “soy paciente, pero no estúpida”, estaba lista para la siguiente ronda de entrenamiento.
Ahí estaba Azreth, el zorro-dragoncito, cómodamente acomodado en su rincón favorito, probablemente pensando en qué travesura hacer en los próximos cinco minutos.
>Hoy vamos a trabajar en canalizar tu energía mágica —anunció Alice, como si fuera la mejor profesora de magia en todo el universo y yo su alumno más perdido—.
No se trata de lanzar bolas de fuego como si fueras un pirotécnico en un festival de verano.
La magia es un flujo, un arte…
—hizo una pausa dramática, como si esas palabras fueran una revelación de sabiduría ancestral—.
Algo que debes sentir.
Yo la miré y solo pude pensar: “Perfecto, otro día más tratando de sentir algo que no siento ni cuando veo a mi ex llegar con otro”.
>¿Sentir la magia?
—pregunté con cara de “¿en serio?”—.
¿No puedo simplemente gritar palabras raras y que salgan llamas?
Porque, honestamente, eso era lo que mejor me estaba saliendo.
>Claro que no, novato —respondió ella con una sonrisa que parecía más bien una advertencia—.
La magia es como…
¿has sentido alguna vez que tu estómago se revuelve cuando ves a alguien que te gusta?
—Suspiró, como esperando que yo tuviera al menos un indicio de sensibilidad—.
Bueno, pues algo así.
Pero sin los sudores ni el sonrojo.
Intenté cerrar los ojos, respirar profundo y concentrarme en mis manos.
Fácil decirlo, difícil hacerlo cuando mi mente estaba repasando si había dejado la estufa encendida en la posada.
Después de varios intentos y más respiraciones falsas que reales, sentí un cosquilleo leve, un calorcito que parecía la versión mágica del café de la mañana.
>¡Eso!
—exclamó Alice con entusiasmo—.
Ahora, intenta moldear esa energía en algo sólido.
Respiré profundo, junté todas mis fuerzas (y la paciencia que me quedaba) e intenté crear algo tangible.
El resultado fue una chispa que, si bien no iba a incendiar un castillo, por lo menos no quemó mis dedos…
esta vez.
>¡No está nada mal!
—dijo Alice, con ese brillo en los ojos que parecía peligroso—.
Pero recuerda, todo es cuestión de práctica.
Y de no quemar a los transeúntes, claro.
En ese momento, Azreth brincó sobre una roca cercana y, para mi sorpresa, habló.
No con gruñidos ni ladridos, sino con voz baja, seria, y un poco sarcástica.
>Victor, debo decir que tu manejo del fuego es…
emocionante.
Me recuerda a un incendio forestal en pleno verano.
Solo que con más caos y menos bomberos.
>Gracias por el ánimo, Azreth —respondí, sintiéndome un poco menos orgulloso—.
¿Qué se supone que significa eso?
>Significa que estás mejorando, pero aún eres un desastre ambulante.
Y Alice…
bueno, digamos que ella guarda más secretos que un gato con internet.
>¿Secretos?
—pregunté intrigado—.
¿Qué clase de secretos?
>Por ahora, solo sigue entrenando —dijo el zorro-dragoncito con tono misterioso—.
Y trata de no prender fuego a más cosas, ¿vale?
El reino no está listo para tu “talento”.
Esa noche recordé lo que nos ocurrió antes de llegar a la ciudad, justo en el primer pueblo, pensándolo bien fue algo gracioso…
molesto…
pero gracioso.
Desperté con un ligero peso sobre el brazo derecho y la sensación incómoda de humedad en la manga.
Abrí los ojos con ese presentimiento terrible que uno tiene cuando algo no está bien, como cuando sales sin ropa interior en invierno o cuando te das cuenta de que usaste una poción de reducción de daño para matar una cucaracha.
Ahí estaba ella, la princesa demonio, Alice La pesadilla con cuernos y carácter explosivo, dormida.
Abrazada a mi brazo.
Y babeando.
>¡AAAAH!
—grité con un salto digno de medalla olímpica, sacudiéndome como si me hubieran lanzado un hechizo de combustión espontánea.
>¿Qué rayos te pasa?
—gruñó ella, medio dormida—.
¡Estaba teniendo un sueño hermoso donde te empalaban por secuestrador!
>¡¿Y por qué me usas de almohada demoníaca?!
>Tienes la temperatura corporal ideal —dijo dándose la vuelta y cubriéndose con la capa del saco de dormir como si fuera la reina del drama.
Suspiré.
Ya era oficial.
Este viaje iba a matarme de una manera u otra.
Desayunamos pan duro y queso viejo.
Bueno, yo desayuné eso.
Alice lo olió con el mismo entusiasmo con el que uno huele una rata muerta y dijo: >¿Qué clase de tortura medieval es esta?
>Desayuno de héroes —respondí con la boca llena—.
Y de ladrones con presupuesto limitado.
>¡Esto ni siquiera tiene mantequilla!
>Ni siquiera tiene esperanza, y sin embargo aquí estamos.
Nuestro siguiente destino era el pueblo más cercano.
O al menos, ese era el plan.
Pero claro, llevar a una princesa demonio disfrazada de humana normal es tan fácil como disfrazar a un grifo como gallina.
>No te separes de mí —le dije mientras bajábamos la colina—.
Y por todos los cielos, no abras la boca si no es necesario.
>¿Por qué?
¿Acaso los humanos no pueden soportar una voz melodiosa y real?
>Es por cosas como esa que no vas a durar ni cinco minutos sin llamar la atención.
Entramos al pueblo con nuestras capas cubriéndonos hasta la nariz.
Yo ya había estado allí antes, en mis buenas épocas de recolector de bolsillos distraídos.
Pero ahora era distinto.
Había rumores de guerra, y los soldados del reino se paseaban por la calle principal con cara de “hoy tengo ganas de arrestar gente”.
>¿Dónde están las estatuas parlantes que sirven vino?
—susurró Alice mientras pasábamos por un puesto de fruta.
>Eso no existe aquí.
>¿Y este olor?
¿Qué es eso?
>Gente pobre haciendo sopa de pescado con más agua que pescado.
>Increíble.
¡Qué barbarie tan fascinante!
La vendedora del puesto la miró raro.
Yo sonreí torpemente y apreté el paso.
En la taberna, mientras yo escuchaba rumores, ella se distrajo hablando con un gato.
Sí, un gato.
>¿Por qué este gato me mira raro?
>Porque probablemente notó que tienes más poder mágico que el consejo entero de la ciudad.
>¡¿Y cómo lo sabe?!
>Es un gato.
¿Tú crees que solo maúllan?
Pero entonces escuché algo que me hizo detenerme en seco.
>…dicen que buscan a una chica con cuernos, pelo blanco y actitud de pesadilla, recompensa generosa, muy generosa.
Me giré hacia Alice.
Ella también había escuchado, se encogió un poco bajo la capa.
>Ups…
creo que se corrió la voz.
>Corre —dije.
Y corrimos.
Tres cazarrecompensas (al menos eso creo que eran por que como se veían parecían bandidos o algo así) nos alcanzaron en el callejón.
Uno de ellos tenía una red.
Otro, un collar de inhibición mágica.
El tercero…
una flauta.
¿Por qué siempre hay uno raro?
>Entréguenla —dijo el del collar—.
No queremos hacerte daño, chico.
>¡Él me secuestró!
—gritó Alice.
>¡¿Qué?!
—la miré con los ojos como platos—.
¡¿Ahora haces equipo con ellos?!
>Shh —susurró—.
Cállate niño…
Sus ojos se encendieron por un instante con un brillo carmesí.
Alzó una mano y murmuró algo en un idioma que sonaba como si una tormenta tuviera hijos con un volcán.
Y entonces…
¡BOOM!
Un estallido mágico lanzó a los tres tipos contra la pared.
El del collar se quedó colgado como trapo mojado.
>¿Desde cuándo puedes hacer eso?
—pregunté, impresionado.
>Desde siempre.
Pero estaba esperando que lo merecieras.
>¿Y ahora lo merezco?
>No.
Pero estaban arruinando mi paseo.
No nos quedamos por más tiempo y mejor decidimos venir la ciudad sin más dilación.
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