El día en que me robé a la Hija del Rey Demonio - Capítulo 50
- Inicio
- Todas las novelas
- El día en que me robé a la Hija del Rey Demonio
- Capítulo 50 - 50 Capítulo 50 Grandes dudas grandes promesas
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
50: Capítulo 50: Grandes dudas, grandes promesas 50: Capítulo 50: Grandes dudas, grandes promesas Voy a confesar algo que me ha estado atormentando estos últimos días, aunque suene raro: la palabra boda.
Sí, boda.
Maldita palabra que se me metió en la cabeza desde aquella vez que… bueno, desde que se habló demasiado del tema.
No es que esté pensando en casarme, ¿eh?
Que quede claro.
Yo soy un ladrón profesional, no un novio desesperado.
Pero cada vez que Alice abre la boca para mandonearme o Ahyeli sonríe como si me hubiera domesticado, esa campanita llamada “¿y si tal vez…?” empieza a sonar dentro de mi cráneo como si fuera una alarma de incendio.
Y no, no pienso admitirlo.
Pero claro, cuando me obsesiono con una tontería, mi cerebro no se conforma y me lanza otra duda que nunca antes se me había ocurrido: ¿cuántos años tienen Alice y Ahyeli?
O sea, llevo meses con ellas y nunca me lo había preguntado.
Alice siempre se comportó como una princesa adolescente mandona… con coronita incluida.
Ahyeli, en cambio, parecía adulta, digo, adulta tomando en cuenta que es un ave legendaria que lanza fuego y se roba mi paz mental, aunque pensando en como se comporta a veces es como una niña.
Yo en cambio apenas tengo veinte, no soy ningún viejo, pero… ¿qué tal si había una diferencia escandalosa?
Pobre mortal de apenas veinte añitos, ¿qué hago en medio de estas dos?
El problema era: ¿cómo diablos les preguntaba sin sonar como un completo irrespetuoso?
“Disculpe, señorita, ¿usted cuántos siglos tiene?” Sí, claro, súper casual.
Mientras mi cerebro hacía maratón con esos pensamientos, me encontré caminando con Lunito y Azreth, acompañando a las chicas en un día de compras, sí, yo, el valiente aventurero, reducido a cargar bolsas y hacer de perchero humano mientras ellas se detenían en cada escaparate.
Y lo peor: veían vestidos de novia.
—Mira, este sería perfecto para ti, Ahyeli —dijo Alice con una sonrisita diabólica.
—No, no, ese es más de mi estilo yo creo que , yo creo que Víctor preferiría el azul con detalles plateados —replicó Ahyeli, como si no se diera cuenta de que me estaban torturando.
Yo casi me atraganto con mi propia saliva.
—¡¿Podemos no jugar a “vestir a la novia” mientras estoy aquí presente, por favor?!
Obviamente nadie me hizo caso.
Lunito estaba entretenido metiéndose en las bolsas de Azreth y este último solo se reía por lo bajo.
Bola de babosos.
Yo, detrás, con una expresión entre ¡me muero!
y ¡trágame tierra!
Intentaba no hacer contacto visual con nadie.
“Víctor, eres fuerte, sobreviviste al castillo, la mazmorra y a cosas raras, tú puedes sobrevivir a esto”, me decía.
Pero no estaba tan seguro.
Pasamos así la tarde, entre risas, bromas y yo sudando frío cada vez que una tela blanca ondeaba en mi dirección.
Cuando por fin se acabó el suplicio, nos sentamos en un parque.
El sol caía lento, y yo decidí que era ahora o nunca.
Tenía que preguntarles.
—Oigan, chicas… —empecé, y ya sentía que se me estaba secando la garganta—.
Es que… yo… bueno… nunca les he preguntado… ¿qué edad tienen?
Alice arqueó una ceja.
—¿Por qué?
¿Te preocupa estar saliendo con menores, Víctor?
—¡No, no!
—dije, casi atragantándome—.
Es solo… curiosidad.
—Tengo veinte —dijo Alice, con una sonrisa como si algo le estuviera causando gracia.
—Veinte también —respondió Ahyeli, con esa calma que indica que la pregunta ni le importó.
Silencio.
Un silencio que me golpeó como ladrillazo.
—¿QUÉ?
—grité, atrayendo la atención de medio parque.
Eran de mi edad.
¡Las dos!
¡De mi maldita edad!
Aquí me tenías, creyendo que una era una niña caprichosa y la otra casi una anciana sabia disfrazada de jovencita… ¡y resulta que compartimos la misma maldita cifra en la ficha de cumpleaños!
Bueno, pues no está mal.
Me levanté de golpe y salí corriendo, dejándolas a ambas confundidas.
Lunito y Azreth ni por enterados de la situación.
No sé cuánto corrí, media hora, quizá más.
Lo suficiente para que la gente me mirara como si hubiera robado un anillo de compromiso.
(Bueno, técnicamente estuve cerca de eso).
Cuando regresé, jadeando y con el corazón al borde de la huelga, llevaba en mis manos dos pequeños paquetes.
Obviamente los compré, no pienses mal.
Las chicas me miraron raro, pero antes de que dijeran algo, hablé: —Chicas… no sé cuándo son sus cumpleaños.
Y tampoco tenía idea de qué regalarles según su edad.
No quería ser irrespetuoso contigo, Alice, y contigo tampoco, Ahyeli.
Pero encontré esto.
No es gran cosa, pero… quiero que lo acepten como señal de que las aprecio.
Saqué los dos collares.
Simples, bonitos, con un pequeño cristal en cada uno, nada caro, nada extravagante, solo algo que sentí sincero.
Se los entregué, y luego me ofrecí a ponérselos yo mismo.
Mis manos temblaban más que la primera vez que robé un bolso.
Alice, la princesa demonio que siempre había recibido montañas de regalos lujosos, se quedó en silencio.
Por primera vez parecía que no tenía palabras que decir.
Y cuando me miró, noté algo diferente en sus ojos: brillo genuino.
Como si este fuera el primer regalo sincero que alguien le daba, uno que no venía de sus padres ni de la etiqueta real.
Ahyeli, en cambio, no ocultaba nada.
Sonreía de oreja a oreja, como si el sol se hubiera quedado pequeño al lado de su alegría.
Yo solo me crucé de brazos, fingiendo que no me importaba, mientras mi cara ardía más roja que un tomate.
—Eso es todo.
No se acostumbren.
Pero en el fondo, sabía que acababa de cavar mi propia tumba.
Porque a partir de ese momento, esos collares ya no eran simples adornos: eran promesas silenciosas, promesas que decían que las protegería aunque yo no estaba seguro de poder cumplir.
Y lo peor de todo: creo que a ambas les encantó.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com